DeportesLa abismal diferencia entre el Diez y el "Chiqui"

De la pureza del fútbol de Maradona a la impunidad de los de traje

Mientras que las selecciones nacionales saborean las mieles del éxito, de la prosperidad, son marca registrada y un vergel para las arcas de calle Viamonte, el fútbol "de la casa" se cae a pedazos por sospechas, fallos antojadizos, torneos inmirables con tres decenas de equipos en Primera, reglamentos manipulados para favorecer a amigos, transmisiones paupérrimas y pases de facturas a las voces disidentes.

Mariano  Fradejas
por Mariano Fradejas 3 Noviembre de 2025
3 Noviembre de 2025
Tapia
Tapia .

En tiempos de agitación política y social, donde el fútbol doméstico no es precisamente la válvula de escape ideal, las manchas que ensucian día a día la pelota en la Argentina escandalizarían al gran Diego Armando Maradona, quien allá por 2001, en la tarde de su despedida del fútbol, remarcaba la necesidad de mantener al trozo inflado de cuero esférico inmaculado.

Aquella épica frase del 10 eterno que se convirtió en emblema y bandera simbolizaba la pureza del juego, la esencia más sana, la resiliencia del deportista frente a las adversidades, y la imperiosa prédica de que los negocios, los intereses y aquellos nocivos factores externos que rodean al juego/espectáculo no dañen el espíritu del deporte más lindo del mundo.

El Diego, como la pelota, sin dudas miraría con tristeza cómo el deporte que tanto a él como a miles sacó de la pobreza y la marginalidad, en nuestro país hoy está a millones de años luz de la nobleza del potrero. Y tal vez lloraría, como lo hizo en aquella memorable velada, por cómo su blanca pelota se ha convertido en una puja de intereses políticos, en un carnaval de favores dirigenciales, en un constante manto de sospecha arbitral que atenta contra la lealtad y la nobleza del juego, y observaría con justo encono cómo los muchachos “de traje” se encargan semana a semana de quitarle prestigio, competitividad, seriedad, credulidad y hasta pasión al fútbol que él tanto supo defender, tanto adentro como afuera del gigante pan rectangular de verde césped.

Sin embargo, hay una lógica no soslayable que diferencia el pensamiento del -para muchos- mejor futbolista de todos los tiempos, hoy leyenda viva en la eternidad, y estos señores de traje encarnados en el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino Claudio “Chiqui” Tapia, su “segundo” Pablo Toviggino y demás secuaces. 

Y esa abismal diferencia se sustenta el don de gente de quien, simplemente, se equivoca y pide perdón. 

Y es que situando en contexto, al afirmar que “la pelota no se mancha”, en aquella cálida tarde en la Bombonera de ese 10 de noviembre de 2001, Maradona le pedía perdón al fútbol. Sí, a aquel fútbol al que tanto bien le hizo, y al que agigantó al máximo en el mundo, le pedía perdón por sus errores del pasado, por sus batallas personales, por cómo sus debilidades podrían afectar al deporte más maravilloso, y cómo su ejemplo pudo haber sido nocivo para miles de pibes.

Del otro lado del mostrador, la arrogancia, la soberbia, la omnipotencia, el cinismo y la impunidad de quienes hoy manejan el fútbol, jamás le permitirían la osadía de pedir perdón a la pelota y a millones de fanáticos por despedazar el fútbol argentino y reducirlo a su mínima expresión cada fin de semana.

Quizás como nunca antes, es tan apabullante y superlativo el contraste entre el mejor momento de las selecciones nacionales argentinas de la historia (campeón del Mundo de Mayores, Bicampeón de América, campeón Intercontinental y subcampeón mundial Sub 20), con el de un fútbol argentino paupérrimo, escasamente competitivo, sin emociones, sin brújula, con toneladas de equipos apilados en Primera con el afán de devolver favores y, como si fuera poco, sospechado y megaescandaloso, con arbitrajes alevosamente tendenciosos prácticamente a diario, y con decisiones antojadizas y a dedo para beneficiar a los nuevos equipos del poder. 

Así como en el pasado se recuerda cómo el antes humilde Arsenal de Sarandí, el equipo creado por Julio Humberto Grondona, corría con el “caballo del comisario”, la protección y la ayuda al equivalente de estos tiempos es mil veces más grotesco. Si bien en el caso del equipo del ferretero de Avellaneda devenido en amo y señor del fútbol su empuje externo era innegable, también es cierto que tuvieron que pasar 23 años desde la asunción de Grondona como presidente de la AFA para que su institución del Viaducto consiga el ansiado ascenso a Primera. 

Luego, llegaron títulos locales y hasta una Copa Sudamericana para el Arse, pero el capricho del “jefe” no dejó de ser perpetrado a largo plazo.

El caso de Barracas Central, el club propiedad exclusiva del totalitario Chiqui, fue menos disimulado: en apenas dos años, su Guapo experimentó una maratónica asunción de categorías, desde la B Metropolitana a la Primera Nacional, y en menos de dos años a la Primera División, con sistemáticas y constantes ayudas arbitrales.

Hoy en Primera, el “ayudín" es mucho más grotesco, tanto para Barracas como para los amigos del yerno de Hugo Moyano, quien lleva ocho años haciendo y deshaciendo a su antojo en el ya vapuleado fútbol argentino que perdió toda credibilidad. Y entre ellos asoman Deportivo Riestra, que arribó a Primera un año después, también con ayudas injustificables de los pitos. 

Pero como el “Chiqui” de San Juan es fiel y leal con sus “brothers”, el amparo del seno afista también armó en estos últimos tiempos un caparazón protector para clubes como el Rosario Central de Gonzalo Belloso y Ángel Di María, el Argentinos Juniors de su fiel ladero Cristian Malaspina, y por supuesto, su amado Boca Juniors, club del que el presidente de AFA es hincha confeso (dos contundentes archivos televisivos jamás le impedirían no aceptarlo), para el cual la orden parece ser “jugar la Libertadores como sea” y pisando a quien sea, como en el caso del último domingo, a Estudiantes de La Plata, que fuera despojado, también de manera bochornosa por el pito de Leandro Rey Hilfer.

Por supuesto que esa coraza protectora se extiende al fútbol de ascenso, donde la impunidad arbitral es mucho peor y está alimentada por la menor exposición que tienen las categorías más bajas. Y allí el Chiqui hace y deshace, una vez más, digitando lo que asoma ser el inminente ascenso del Deportivo Madryn de los patrones de estancia patagónicos Ricardo y Gustavo Sastre, también “ñaños” incondicionales de Tapia.

Deportivo Madryn venció por 1 a 0 a a Gimnasia de Jujuy en el sur y ratificó su pase a semi del Reducido por el ascenso con un 4-0 en el global.
 

La escandalosa serie de Madryn con Gimnasia y Esgrima de Jujuy, en la que el árbitro Comesaña direccionó, en el juego de ida en el 23 de Agosto, su arbitraje de manera impúdica a favor de los del sur, lo que derivó en el duro castigo para el lobo por supuestas amenazas de dirigentes al juez y en la decisión afista de despedazar las ilusiones jujeñas, es solo un eslabón más en la cadena de sospechas y suspicacias que envuelven a la conducción del fútbol en nuestro país.

Eso sí. La Selección argentina no solo es orgullo y gloria, sino también una mina de oro inagotable que recauda millones hasta para disputar amistosos en regiones remotas de África. 

Pero como una burda ironía, lo que debería ser su espejo y su sustento a futuro, el vapuleado fútbol argentino, derrocha pena con un torneo profesional de 30 equipos -número inédito en el mundo para una liga que aspire a ser relativamente competitiva-; un comité ejecutivo que decide sacar y poner descensos y modificar reglamentos sobre la marcha y con campeonatos en disputa; un séquito de “levantamanos” de Tapia a la orden del día en cada asamblea; una escudería arbitral que cobra lo que ordenan los jefes y un VAR manipulado que funciona cuando los “de traje” quieren; ascensos digitados a control remoto en desmedro de cientos de ilusiones despedazadas; transmisiones devaluadas con deplorable calidad ahuyentando a los espectadores del fútbol del living, como ya lo hicieron con los de los tablones; y hasta persecuciones a quienes osen a esbozar disidencias y a los que no elijan el camino de la obsecuencia general de los comunicadores del sistema.

Curioso contraste. Sí. Como el contraste de las declaraciones del mismo Tapia, que en 2018 prometía volver a los torneos de 20 para ser competitivos. 

O como el contraste de las banderas que dice levantar, y que en cierto modo lo sostienen ante la “gilada”: puntualmente, la supuesta defensa del mandamás sanjuanino hacia las asociaciones civiles sin fines de lucro, en contra de las sociedades anónimas deportivas. Cuando en la práctica, su Barracas Central es uno de los mayores ejemplos de SAD, con la remodelación de un estadio que triplicaba su antigua capacidad en los últimos meses, y la adquisición de refuerzos y entrenador “top”, todo supuestamente sostenido por una humilde entidad de apenas 2 mil socios. Con fondos cuya procedencia Tapia ni el presidente del club (uno de sus hijos) nunca supieron explicar.

Y es que en el fútbol argentino, la AFA parece operar bajo una lógica inquisidora, donde se humilla y se castiga a los que se animen a enfrentar al Chiqui conducción y a los suyos, como para mostrarle al resto que nadie puede alzar la voz ni atreverse a pasarle luminol a las mil “manchas” de la maltratada pelota.

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