Hay pueblos que se acostumbran a ganar. Y hay pueblos que aprenden a resistir. Nosotros, como por un estigma que nos impuso el destino, pertenecemos a los segundos.
Hace mucho tiempo que los argentinos nos levantamos más veces de las que nos sentamos a celebrar. Nos acostumbramos a hacer cuentas antes de llegar a fin de mes. A estirar el sueldo. A reinventarnos cuando el trabajo falta. A volver a empezar cuando todo parece derrumbarse. A despedir hijos que buscan oportunidades lejos de casa. A mirar el futuro con incertidumbre y, aun así, levantarnos al día siguiente para seguir peleándola.
No porque seamos extraordinarios. Sino porque nunca nos quedó otra. Quizá por eso el fútbol ocupa un lugar tan especial en nuestra historia. Porque durante un rato nos permite olvidar el peso que llevamos sobre los hombros.
Porque en una cancha caben todos los argentinos. El empresario y el albañil. El estudiante y el jubilado. El médico y el colectivero. El que llega tranquilo a fin de mes y el que hace milagros para poner un plato de comida sobre la mesa.
Noventa minutos. Once jugadores. Cuarenta y siete millones de personas respirando al mismo tiempo. Eso también es la Selección. Por eso esta derrota duele tanto. No solamente porque se escapó una Copa del Mundo. Duele porque terminó ese pequeño paréntesis donde volvimos a abrazarnos sin preguntarnos de dónde veníamos, qué votábamos o cuánto dinero teníamos en el bolsillo. Durante un mes fuimos simplemente argentinos, fuimos “nosotros”. Y eso, en estos tiempos, vale muchísimo.
Ojo. España fue un gran campeón. Sería injusto decir otra cosa. Jugó mejor la final, encontró el gol que buscó desde el primer minuto y levantó merecidamente la Copa del Mundo.
Pero el fútbol tiene una extraña costumbre. A veces entrega los trofeos a un equipo. Y el cariño eterno a otro, a aquel que no necesita de una validez condecoratoria de un frío organismo para ganarse el amor del pueblo.
La primera fase de la Argentina fue impecable. Argelia, Austria y Jordania fueron apenas el comienzo de un recorrido que fue haciéndose cada vez más empinado. Luego llegó la remontada inolvidable frente a Egipto. Después el desgaste físico y emocional del suplementario contra Cabo Verde. Más tarde otra batalla de ciento veinte minutos frente a Suiza. Y finalmente Inglaterra.

¡Ay! Esa no fue solamente una semifinal. Allí hasta nos vaciamos de euforia, como si aquel partido valiera más que la Copa en sí. Es que esa semi fue una declaración de principios y la épica de su victoria quedará en nuestras retinas cada vez que recordemos este mundial, más aún que lo que recordaremos el terrible golpe al mentón de los señoriales de la táctica española, y más que el gol de Ferrán Torres, el Mario Götze de 2014, para los que entienden de mazazos futboleros.
Y es que cuando parecía que ya no quedaban fuerzas, este grupo volvió a encontrar energía en un lugar donde los músculos ya no alcanzaban. Ahí empezó a jugar el corazón. El corazón que pensábamos que ya no nos aguantaba.
Pero hasta el corazón tiene un límite. Y ese límite apareció en la final.
Las lesiones de Lisandro Martínez y Cristian Romero rompieron una defensa que había sostenido al equipo durante todo el torneo. La expulsión de Enzo Fernández terminó de inclinar una cuesta que ya era demasiado empinada.
Del otro lado esperaba una España brillante. Sin embargo, la Selección resistió. Como resiste el argentino, a veces sin saber de dónde saca fuerzas y a veces sin entender cómo sigue caminando. Pero sigue. Siempre sigue.
El Dibu Martínez multiplicó milagros bajo los tres palos. Cada atajada parecía un acto de rebeldía contra un destino que ya insinuaba otro final.
Hasta que apareció ese tal Ferrán que siempre recordaremos con amargura. Y se terminó el sueño. O, mejor dicho, se terminó el Mundial. Porque los sueños no terminan cuando se pierde una final. Los sueños terminan cuando uno deja de creer. Y esta Selección jamás dejó de creer. Esa fue su mayor victoria.
Vivimos en una época donde se idolatra el éxito inmediato. Donde parece que el único lugar posible es el primero. Donde perder es como fracasar. Donde es todo plata o “mierda”.
¡Pero la pucha qué enorme contradicción! Si algo enseñó este grupo de jugadores liderado por Lionel Scaloni fue exactamente lo contrario. Enseñó que el éxito también puede medirse en la manera de levantarse, en la dignidad para competir, en la capacidad de seguir adelante cuando el cuerpo ya no responde.
Ese aprendizaje vale más que cualquier medalla. Vale para el chico que sueña con ser futbolista. Pero también para el que estudia mientras trabaja. Para la madre que con “magia” convierte un sueldo insuficiente en cuatro platos de comida. Para el abuelo que nunca pierde la costumbre de levantarse temprano. Para el emprendedor que fracasa y que se cansó de cerrar persianas en estos tiempos tan difíciles, pero que vuelve a intentarlo. Para todos esos argentinos anónimos que jamás saldrán en la tapa de un diario, pero que todos los días protagonizan pequeñas finales del mundo.
Quizá por eso esta selección logró una identificación tan profunda. Nunca pareció sentirse por encima de la gente. Se sintió parte. A aquellos que muchos señalamos alguna vez como “millonarios precoces europeizados” los vimos quedarse largos minutos saludando a las tribunas, buscar con la mirada a los hinchas y aplaudirlos. Llorar con ellos. Cantar con ellos. No había una distancia entre el equipo y el pueblo. Había un puente. Y sobre ese puente caminaban millones de personas que, por un instante, sentían que esos jugadores también hablaban por ellos.
Hubo, además, otra batalla. La que no apareció en el marcador. La de la feroz campaña “antiargentina” en el mundo, que llegó a traspasar los límites del folclore del fútbol. Y es que durante semanas se intentó instalar que la Albiceleste avanzaba gracias a los árbitros.
Que ganaba porque era favorecida.
Que no merecía lo conseguido y que deberíamos sentir “vergüenza” de festejar cada instancia superada.
¡Faltaba más! Se cuestionó nuestra manera de vivir el fútbol. Nuestra pasión. Nuestra identidad. Hasta hubo quienes utilizaron a las Malvinas como una provocación futbolera, ignorando que existen heridas que ningún resultado deportivo debería tocar jamás.
Pero nada de eso fue casual. Quizás a los europeos correctos, bonitos y perfumados todavía les incomode que un país del sur pueda mirar de frente a las grandes potencias y discutirles el poder con la pelota. Quizás todavía cuesta aceptar que un “sudaca” pueda confrontarles el protagonismo sin pedir permiso.
Pero esta Selección eligió responder del único modo que sabe hacerlo. Jugando hasta donde pudo. Compitiendo hasta donde la nafta dio. Llegando otra vez hasta la última función del Mundial, que no es poco.
Y a todo esto, como si el guión de la épica ya fuese suficiente, dentro de toda esta catarata emocional que derramó esta Selección, también está Messi.
¿Cómo explicarles a nuestros nietos que quizá dentro de treinta o cuarenta años pregunte quién fue Lionel Andrés Messi Cuccittini?
Habrá que decirle que fue el mejor futbolista que pisó una cancha. Pero también habrá que contarle algo más importante. Que a los 39 años seguía corriendo como si tuviera veinte. Que seguía entrenándose como un juvenil. Que seguía siendo el primero en asumir la responsabilidad. Que nunca permitió que el talento reemplazara al esfuerzo.
Porque el verdadero legado de Messi no son solamente los récords que le cuentan partido a partido. Es haber demostrado que la excelencia no es un don, sino una decisión que se toma todos los días.

Lionel Scaloni, el padre de esta hermosa criatura, dijo entre lágrimas, esas que nos desgarraron cuando dijo que le “dolía el alma”, que este subcampeonato será inolvidable. Y cuánta razón tiene. Porque volvimos a descubrir algo que a veces olvidamos en medio de tantas malas noticias. Que la Argentina también sabe construir ejemplos. Que todavía existen líderes que hablan poco y trabajan mucho. Que aún hay jóvenes capaces de poner el equipo por delante del ego, que hay camisetas que pesan más que cualquier contrato, que las Copas envejecen, que los récords algún día se rompen, que las estadísticas terminan olvidándose. Pero los ejemplos… Los ejemplos encuentran la manera de quedarse para siempre.
Quizá dentro de veinte años nadie recuerde cada resultado de este Mundial. Pero habrá miles de chicos que seguirán soñando con ponerse la celeste y blanca porque un grupo de futbolistas les enseñó que la verdadera grandeza no consiste únicamente en levantar un trofeo. Consiste en dejar el alma por aquello que uno ama. Y eso, en un país donde todos los días hay millones de personas haciendo exactamente lo mismo para sacar adelante su vida, vale infinitamente más que una estrella.
Gracias, muchachos. Gracias por recordarnos, una vez más, quiénes somos y de qué estamos hechos cuando la cosa se nos pone difícil. No volvieron con la Copa. Volvieron con algo mucho más difícil de conseguir. El respeto eterno de todo un pueblo.





