Hay momentos en la vida que dividen todo en dos partes. Un antes y un después. Para José Luis “Jo” Santero, ese quiebre llegó a los 35 años, cuando un diagnóstico puso en palabras lo que su cuerpo ya empezaba a anticipar: la retinosis pigmentaria avanzaba y, con el tiempo, le quitaría la vista por completo.
Hasta entonces, su vida era la de “una persona como cualquier otra”. Se movía solo, viajaba en colectivo desde Lomas de Zamora a Capital, combinaba subte y tren sin dificultad. La independencia era parte de su rutina. Pero esa normalidad comenzó a resquebrajarse.

La enfermedad, que nunca antes había aparecido en su familia, fue agresiva. En apenas cinco años, la visión desapareció por completo.
“Fue muy duro para mí aprender a movilizarme con ayuda”, recuerda. Lo cotidiano empezó a volverse complejo. “Lo que para cualquier persona es común y le lleva cinco minutos, como ir a comprar algo a la esquina, a mí me lleva el cuádruple de tiempo”, arrancó la extensa charla del atleta, que hizo historia en el Aconcagua, con Gente de Salta.
Ahí, en ese terreno incierto donde todo parecía volverse más difícil, apareció también algo inesperado: una nueva forma de vivir.
Aprender a empezar de nuevo
Antes de perder completamente la vista, José Luis ya había empezado a correr. Lo hacía acompañado, con un lazo que lo unía a otra persona. Era una forma distinta de moverse, pero también una puerta.
Una oportunidad.
Ese primer paso, casi intuitivo, fue el inicio de algo mucho más grande. Porque mientras su mundo visual se apagaba, otro comenzaba a encenderse.
“Dentro de la discapacidad encontré una oportunidad”, dice. Y no lo dice desde un lugar ingenuo. Lo dice después de haber atravesado un proceso que —como él mismo aclara— “no es fácil y hay que transitarlo”.

En ese camino, hubo pilares fundamentales: su pareja, Lorena, con quien comparte la vida desde hace 18 años, y un entorno de amigos, compañeros y guías que lo sostuvieron en cada desafío.
“Gracias a mi contexto, a mi pareja y mis amigos apoyándome, es más sencillo poder lograr hacer las cosas que me propongo”.
Pero hubo algo más. Algo que ni él mismo imaginaba.
La montaña.
El descubrimiento de un mundo que no conocía
Antes de todo esto, el Aconcagua era apenas un nombre. Una referencia lejana. Una montaña más.
“Yo no conocía ni lo que era el Aconcagua”, admite. “Solo sabía que era una montaña y nada más”.
El punto de inflexión llegó casi por casualidad. Un viaje al sur, una carrera compartida con Lorena, un paisaje que lo impactó de una manera difícil de explicar.
“Esa experiencia fue algo muy lindo que me pasó… me atrapó ese marco, ese escenario”.
De regreso, la inquietud ya estaba instalada. Le propuso a su entrenador subir el volcán Lanín. Entrenaron durante un año entero. En noviembre de 2022, lo lograron.
Esa expedición, de tres días y dos noches, fue el comienzo de un recorrido que no se detendría.

Después vinieron otras montañas, otros desafíos: el Cordón del Plata, el cerro Adolfo Calle, travesías en la cordillera. Experiencias que lo fueron moldeando no solo físicamente, sino también emocionalmente.
Y también momentos únicos, irrepetibles.
“Yo jamás había conocido la nieve cuando veía. La conocí siendo ciego”, cuenta. “En el Lanín tocaba la nieve y no lo podía creer”.

El límite y la decisión
No todas las expediciones terminaron en cumbre. Hubo intentos frustrados, como el del cerro del Plata, donde el clima obligó a detenerse.
Pero incluso esos fracasos dejaron huella.
Esa experiencia, atravesada por vientos extremos, noches bajo nieve y condiciones adversas, marcó un antes y un después. Fue ahí donde uno de los guías le dijo algo que cambiaría todo:
—Jo, yo siento que estás preparado para hacer el Aconcagua.
La idea ya existía, pero parecía lejana. Un objetivo a largo plazo. Quizás para 2027.
Sin embargo, la vida volvió a sorprender.
En octubre de 2025, decidió intentarlo.
“Junté un poco de fuerzas y me decidí”.
Habló con Lorena. Y fueron por todo.

Subir sin ver, confiar sin ver
Escalar el Aconcagua no es solo una cuestión de fuerza o resistencia. Es una experiencia extrema que pone a prueba el cuerpo y la mente.
Y en su caso, había un desafío adicional: hacerlo sin ver.
La preparación llevó un año entero. Entrenamientos seis días a la semana, combinando resistencia y fuerza. Madrugadas que empezaban a las seis. Adaptaciones constantes.
Pero había algo imposible de simular: la altura.
“A la altitud no la podés entrenar”, explica. El cuerpo tiene que adaptarse en el momento, en la montaña, enfrentando condiciones que no se pueden replicar.
El frío, la falta de oxígeno, el desgaste, el sueño interrumpido, la hidratación constante, el cansancio acumulado.
Y en su caso, además, la necesidad de confiar plenamente en otros.
“Las indicaciones de las personas que ven me dan más miedo que la misma altura o la montaña”, confiesa.
Porque cada paso depende de una voz. De una indicación. De un “ahí” que él no puede ver.
En el ascenso, logra mantener el ritmo de cualquier montañista. Pero el descenso es otra historia.
“El descenso es más peligroso. Estoy muy cansado y no sé dónde pisar. Ahí es donde se producen más accidentes”.
La concentración es total. El desgaste, extremo.
Aun así, sigue.
Paso a paso.

La cumbre y todo lo que significa
En marzo de este año, José Luis Santero alcanzó la cumbre del Aconcagua, la montaña más alta de América, siendo el primer atleta ciego en conseguirlo.
Pero lo que logró no se mide solo en metros de altura.
Es el resultado de un proceso. De una reconstrucción. De haber aceptado una realidad dura y haber decidido, aún así, avanzar.
“Dentro de la discapacidad encontré una oportunidad. El hecho de poder ascender al Aconcagua no lo hubiese hecho si no hubiera perdido la vista”.
La frase, lejos de romantizar el dolor, lo resignifica.
Lo transforma.

Una forma distinta de ver
Hoy, a los 49 años, José Luis sigue proyectando nuevos desafíos. Piensa en otras montañas, en recorridos más complejos, incluso en volver a Salta, un lugar que siente cercano después de tantas visitas a Cachi para entrenar. Y es tal su vínculo con nuestra provincia, que recogió en esta tierra varias amistades, al punto que una atleta cacheña hoy toma clases de montañismo a distancia con él y con Lorena.
Pero más allá de los objetivos deportivos, hay algo que define su historia.
Una manera de pararse frente a la vida.
“La ceguera es un diagnóstico, no una sentencia”, afirma.
Y en esa frase hay una síntesis de todo: el golpe, el proceso, la aceptación y la decisión de seguir.
Porque si algo demuestra su historia es que, incluso cuando todo parece oscurecerse, todavía hay caminos.
Algunos, incluso, llevan hasta la cima.
