El presidente de la Conmebol, Alejandro Domínguez, reavivó la controversia en torno a la Finalissima entre Argentina y España, un partido que nunca llegó a disputarse y que volvió a dejar en evidencia las tensiones entre dirigentes y prioridades alejadas de lo estrictamente futbolístico.
Luego del sorteo de la Copa Libertadores, el dirigente paraguayo lamentó que el encuentro no se haya concretado y aseguró que desde Sudamérica estaban dispuestos a jugar “en cualquier estadio”, dejando entrever que la falta de acuerdo no pasó por ese lado.
Sin embargo, lo más resonante llegó con una frase cargada de ironía: Domínguez sostuvo que Argentina podría considerarse “bicampeón” de la Finalissima, e incluso deslizó que, bajo un criterio administrativo como el walkover, el título debería adjudicarse sin necesidad de jugar.
Más allá del tono, las declaraciones reflejan un trasfondo preocupante: una competencia que debía ser una cita de alto nivel terminó diluyéndose en desacuerdos políticos, intereses cruzados y negociaciones fallidas.
Días atrás, tanto la Conmebol como la AFA habían insistido en la idea de disputar el partido en sede neutral. Incluso Argentina aceptó la alternativa de jugar en Italia, aunque propuso modificar la fecha original. La negativa a ese cambio terminó por hacer caer definitivamente el encuentro.
En este contexto, lo que queda expuesto es un escenario donde las decisiones dirigenciales —muchas veces atravesadas por cuestiones económicas y de poder— terminan condicionando la calidad de la competencia. Así, una oportunidad para medir a dos campeones continentales quedó reducida a declaraciones cruzadas y un trofeo sin definición en la cancha.