¿Quién es el mejor jugador de la Copa Mundial de 2026? ¿Lamine Yamal, ese adorable adolescente español cuyos bráquets brillan cuando sonríe? ¿Kylian Mbappé, el Bugatti potenciado de Francia? ¿Vinícius Júnior, el espectáculo brasileño en turno? ¿O quizá Erling Haaland, el gigantesco semidiós noruego que vive dentro de un volcán embrujado y celebra los goles tragándose a sus rivales enteros y luego escupe sus huesos para escribir insultos en runas vikingas? (Lo último puede que sea una pesadilla que tuve cuando me quedé dormido durante una pausa de hidratación, pero parece verdad).
La respuesta real es a la vez obvia y sorprendente: Lionel Messi.
Por un lado, es como decir que la estrella más importante del sistema solar es el Sol. Messi lleva ya 20 años reinando en el fútbol mundial, como una especie de dictador tímido y benevolente. Pero también: Messi ya es grande de edad.
Para los estándares del fútbol, está prácticamente a las puertas de la muerte. La semana pasada, entre dos victorias de la Argentina, celebró sus 39 años. (Yamal aún no ha cumplido los 19). Durante el largo periodo de la era Messi, hemos visto a un montón de jugadores gloriosos llegar a su apogeo y luego desvanecerse: Neymar, Gareth Bale, Kevin De Bruyne, Luka Modrić y varios Ronaldos, incluido el eterno rival de Messi, Cristiano. De alguna manera, Messi sigue ahí. Su carrera, al igual que sus pies, parece moverse a un ritmo diferente al del resto del mundo.
Es casi seguro que este será el último Mundial de Messi, un hecho que tiene todo el sentido del mundo, pero que también resulta un poco aterrador. Cuando fui consciente de ello, sentí una oleada de pánico. Así que decidí volar a Dallas. Argentina tenía programados dos partidos. Quería echar un vistazo al Messi de la vida real —no al Messi de los videojuegos, ni al de YouTube— antes de que, de repente, ya no estuviera allí.
Vi más Messi de lo que jamás habría imaginado. Por toda la ciudad, bajo el sol abrasador de Texas, había mucha gente que paseaba con camisetas de Messi: el número 10 negro sobre las rayas azules y blancas de Argentina.
A lo largo de una semana, vi Messis bebés, Messis mayores y Messis embarazadas. Vi Messis en motos y Messis en sillas de ruedas. Messis besándose y Messis peleándose. Vi a un Messi calvo con la cabeza pintada de azul.
Cada mañana, en el sitio donde daban el desayuno en mi hotel, tenía que abrirme paso entre una multitud de Messis que se apiñaban alrededor de la máquina de waffles, a la espera de waffles calientes con forma de Texas.
Vi Messis con playeras de Messi haciendo fila para comprar más playeras de Messi. Vi a un Messi tocar la guitarra eléctrica. En el Museo de Arte de Dallas, vi a un Messi contemplar pinturas impresionistas. En Dealey Plaza, me quedé una hora de pie observando a una cantidad alucinante de Messis que posaban para fotos en el lugar donde asesinaron a John F. Kennedy.
Ya he estado en medio de un fanatismo deportivo intenso: eliminatorias, partidos decisivos, desfiles de campeones. Pero nunca había visto nada parecido a esto. Me pareció inquietante: la uniformidad del conjunto, la densidad de Messis tan grande que parecía desafiar la gravedad. Era algo serio y ridículo a la vez, una mezcla entre una invasión militar y la convención Comic-Con. Y yo estaba allí mismo con ellos. ¿Qué hacíamos aquí?
Hubo un momento, afuera del estadio, en medio de una multitud de 10 millones de Messis, en el que de repente caí en cuenta. Un predicador callejero de Texas estaba catequizando a un lado de los rios de gente y, mientras gritaba por su megáfono, el mar de Messis lo miraba fijamente sin expresión.
Me di cuenta de que no les interesaba su evangelio, porque el impulso de seguir a Messi era en sí mismo una especie de religión. ¿Qué era este viaje a Texas sino una peregrinación sagrada? ¿Por qué otra razón estaríamos sufriendo bajo este calor implacable, sudando a través de grandes cantidades de bloqueador solar, pagando precios desorbitados por las entradas, las habitaciones de hotel y los servicios de transporte compartido?
Nos habíamos unido a una secta: la secta del Messi Infinito. Eso simplificaba nuestras vidas. Seguíamos. Observábamos. Ya no teníamos que ser estadounidenses, chinos, indios, mexicanos, ni siquiera argentinos. Solo éramos testigos. Estábamos juntos, de forma sencilla e inseparable, como una hilera de rayas azules y blancas.
El estadio estaba a rebosar: 70.649 espectadores. El primer gran rugido llegó mucho antes del saque inicial, cuando la pantalla gigante del estadio mostró a Messi bajando del autobús del equipo. Lo vimos caminar por el pasillo. Estaba ahí. Podía hacerse historia. Más tarde, la multitud volvió a rugir cuando Messi salió a la cancha. Aunque Messi es bajito, en la pantalla parecía gigantesco. Lo vimos trotar, agitar los brazos y estirarse. Estaba rodeado de compañeros y, sin embargo, era el único que tenía nuestra atención.