Mucha agua había corrido bajo el puente, un río caudaloso de tiempo y expectativas, hasta que Pity Álvarez finalmente tuvo su propia noche, su reencuentro con el escenario.
Este sábado, el Estadio Mario Alberto Kempes se convirtió en un santuario rockero, albergando a más de 40 mil almas que peregrinaron desde cada rincón del país hasta Córdoba.
El que fuera líder de Viejas Locas e Intoxicados, ese referente ineludible, debutó como solista.
Un halo de misterio envolvía su figura, alimentado por los ecos de un pasado turbulento.
Las agujas del reloj se acercaban inexorablemente a las 21, la hora señalada. La pregunta flotaba en el aire: ¿en qué estado llegaría el artista? ¿Cómo se mostraría al subir al escenario?
Pero entonces, la guitarra rompió el silencio. Las primeras notas, crudas y sentidas, encontraron el eco cómplice de la banda. Pity disipó todas las dudas como si fueran humo. Emergió con una energía renovada, una entereza asombrosa, desafiando todo lo vivido, lo sufrido, lo atravesado.
Las adicciones, los fantasmas de la salud mental, parecían haber quedado atrás, al menos por esa noche.
Pity empuñó su guitarra y demostró que el oficio y el talento seguían intactos. Ofreció un show contundente, exultante, un concierto que ya forma parte de la historia del rock nacional.
"Basado en hechos reales". El eslogan trascendió la mera campaña de marketing para el retorno de Pity Álvarez a la música y a los escenarios.
Se convirtió en la mejor forma de explicar el renacimiento de una estrella de rock. Un regreso que desafiaba sus problemas personales, los laberintos de la salud mental, los fantasmas judiciales.
Un regreso que contrastaba con el caos de su último show, siete años atrás, en Tucumán. Un recuerdo que se intentaba sepultar bajo una nueva esperanza.
Sin embargo, en la antesala del concierto, se respiraba un clima de celebración, una atmósfera de reencuentro largamente postergado. Gran parte del público estaba conformado por adolescentes y jóvenes de hasta 25 años.
Una generación que no había tenido la oportunidad de verlo en vivo, en aquellas bandas que marcaron a fuego el rock barrial de los ’90 y los primeros 2000. Para ellos, era la oportunidad de presenciar el nacimiento de una leyenda, el resurgimiento de un ícono.