Este año llega a las salas de cine argentinas “Nuestra tierra”, el esperado documental dirigido por la salteña Lucrecia Martel y coescrito por María Alché, después de atravesar diversos festivales internacionales (Venecia, San Sebastián, Londres), será estrenado en Argentina el 5 de marzo.
Se estrenó mundialmente en el Festival de Venecia y luego ganó el premio a Mejor Película de la Competencia Oficial en la nueva edición del Festival de Londres.
Para su realización, “Nuestra tierra” atravesó un periplo de casi una década, a partir de una tragedia que sirvió como punto de partida: en 2009, un hombre y sus dos cómplices intentan desalojar a miembros de la comunidad indígena de Chuschagasta, en Tucumán. Reclamando la propiedad de la tierra y armados con pistolas, matan al líder de la comunidad, Javier Chocobar. El asesinato es grabado en video. Hacen falta nueve años de protestas antes de que finalmente se abran los procedimientos judiciales en 2018.

María Alché, amiga de Lucrecia Martel, cuenta cómo es su relación laboral con la salteña, con quien comenzó un vínculo como actriz, a partir de la película La niña santa, hace más de dos décadas.
Primero nos hicimos amigas. Compartimos algunos intereses comunes. Hicimos un viaje por el río Paraná en barco que nos llevó a una investigación sobre ciertas cuestiones científicas, de navegación y de física. Luego, Lucrecia fue convocada para hacer la primera adaptación de El Eternauta. Allí colaboré un poco con la idea de pensar la ciudad en clave de ciencia ficción. Hicimos algunas series de expediciones muy divertidas, que tenían que ver con su idea para esa adaptación y con algunos sistemas para traspasar esa historieta a guion. Después, con ese mismo sistema en el que yo colaboraba como asistente, también participé un poco en Zama.
¿Cuándo surgió el caso Chocobar?
En el momento en que apareció este caso, con muchos papeles para leer y organizar, Lucrecia me preguntó si quería encarar la investigación. No había una productora detrás. Tampoco era un trabajo formal. Me dijo: «Hagámoslo». Y fue un año entero en el que leímos toda la causa federal del conflicto de tierras de la comunidad y la causa judicial. Hicimos una base de datos y cargamos esa información. Fue un trabajo periodístico muy grande, con mucho rigor, que todavía no tenía expectativa de ser una película, ni un guion ni nada. Lo bueno fue tener el tiempo de investigar eso sin la urgencia de saber qué formato final iba a tener. El mundo del río y algunas ideas que habían aparecido de los otros proyectos aparecieron en la manera de organizarnos, cuenta María.
Las causas judiciales tenían el lenguaje complejo de la Justicia atravesado por la historia de comunidades con sus propias costumbres. Lucrecia conocía la comunidad, María no. Pasaron de una investigación más científica, con una base de datos, a las personas y sus vidas.
Estar allí me permitió conocer esas vidas complejísimas, atravesadas por la lucha por el reconocimiento de ellos como indígenas. Vidas de trabajo y de migraciones: eran personas que habían sido trabajadores golondrinas, que trabajaron en la plaza como lustrabotas, que fueron a Buenos Aires y volvieron a la comunidad con un saber de organización política. Esa experiencia fue un shock, entre el sentimiento de respeto y de vergüenza por no haber entendido algo de eso. Fue muy fuerte comprender algo de mi país que hasta ese momento no había entendido. Desde entonces fui muchos años a la comunidad, recogiendo testimonios en primera persona, observando y analizando fotos y al mismo tiempo, trabajando con las causas y los procedimientos de la justicia.
Las directivas de Lucrecia fueron muy claras: No tratar de explicar todos los cambios de gobierno sino los procesos económicos. “Trabajamos con Diana Lenton, una antropóloga que investiga mucho la lucha indígena, para entender cómo distintas comunidades se reencuentran en el conurbano de Buenos Aires, en la Villa 31, en la Villa Padre Mujica; cómo se organizan parlamentos indígenas en distintas partes del país. O nos encontramos con alguien que había estado en un parlamento en 1972 en Tucumán, que después se había exiliado por la dictadura y había terminado en Dinamarca. Uno se planteaba la necesidad de narrar esta historia. Había mil líneas investigadas, muchas crónicas de ensayos de guion de esos expedientes que no iban a ninguna parte. El trabajo fue en distintas direcciones. Hasta que Lucrecia le dio la forma final, en relación a la responsabilidad con la comunidad y a lo que se debía contar”.

¿Cómo fue el proceso para ganar la confianza de la comunidad?
Las cosas no sucedieron de golpe. La comunidad tiene una temporalidad ancestral que tiene que ver con el territorio. Eso lo advertís por la forma en que organizan el espacio, los animales, la relación con las palabras. Son saberes propios de habitar mucho tiempo un lugar. Frente a esa temporalidad, una persona que aparece un día, dice un montón de cosas y después se va, les suena incomprensible. Además, en el medio vino la pandemia y tuvimos que estar sin contacto con ellos. Allí surgió la desconfianza: ¿por qué una película tarda tanto en hacerse? Tuvimos que explicarles que necesitábamos financiación. Fueron encuentros con muchas complejidades.
Ernesto de Carvalho y Lucrecia hicieron talleres, compartieron películas, se filmó un corto y generaron instancias para ir generando confianza. Aunque la comunidad no es algo homogéneo: hubo gente más dispuesta que otras, resume.
Nuestra tierra llega en un momento muy particular de Argentina. La sensación de sacudirse las propias percepciones de uno sobre la violencia estructural sobre la que está construido nuestro estado, nuestra nación. Yo tenía a la dictadura como el gran momento traumático de nuestra sociedad. Pero si uno se va para atrás -al conocer más sobre Roca y la Campaña del Desierto-, empezás a ver la cantidad de genocidios, masacres, violencia, migraciones forzosas, con la que se armó nuestro país. Es un sacudón. Es como decir: «Estas son las bases. Entendamos de dónde viene esta violencia que organiza nuestra sociedad». El filme llega a dialogar con este momento de torpeza y brutalidad política. Con la intención de abrir preguntas y conversaciones.
Entrevista de Julia Montesoro para GPS Audiovisual.

NUESTRA TIERRA
Dirección: Lucrecia Martel
Guion: Lucrecia Martel, María Alché
Casas productoras: Rei Pictures (Argentina), Louverture Films (EEUU) en coproducción con Piano (México), Lemming Film (Países Bajos), Pio & Co (Francia), Snowglobe (Dinamarca)
Fecha de estreno: 5 de marzo.
En 2009, un hombre y sus dos cómplices intentan desalojar a miembros de la comunidad indígena de Chuschagasta, en el norte de Argentina. Reclamando la propiedad de la tierra y armados con pistolas, matan al líder de la comunidad, Javier Chocobar. El asesinato es grabado en video. Hacen falta nueve años de protestas antes de que finalmente se abran los procedimientos judiciales en 2018. Durante todo este tiempo, los asesinos permanecen libres.