La infidelidad sigue siendo uno de los temas más incómodos —y a la vez más recurrentes— en las relaciones de pareja. Aunque tradicionalmente asociada a la traición y al quiebre de la confianza, hoy el fenómeno aparece atravesado por cambios culturales, nuevas formas de vincularse y una redefinición de los acuerdos afectivos.
Luciano Castro decidió bajarse solo del pedestal del galán y prender el reflector del bochorno. Desde Mar del Plata, en una charla con Intrusos (América TV), el actor admitió su infidelidad con Sarah Borrell durante una estadía en España y fue más duro consigo mismo que cualquier panelista del espectáculo. Su veredicto fue contundente y repetido: “patético”.
“Escucharme me da vergüenza, me siento patético”, confesó Castro, en lo que ya podría considerarse una nueva corriente de sincericidio público. Según explicó, no se trató solo del hecho en sí, sino de verse otra vez “en el mismo lugar de explicar cosas”, como quien repite materia emocional año tras año.
El actor también relató el incómodo momento de la confesión con Griselda Siciliani, a quien describió como alguien que “juega en otra liga”.
“Tengo la gran virtud de conseguir grandes cosas en mi vida y destruirlas en un segundo”, dijo, en una frase que bien podría imprimirse en remeras motivacionales… pero al revés.
Uno de los capítulos más comentados del escándalo fue el audio viral en el que Castro imita un acento español. Sobre eso, no pidió piedad: “Uno cree que es chistoso y en realidad es un pelotudo”, lanzó, dejando en claro que el cringe también cotiza en bolsa. Y redobló la apuesta al escucharse “hablando como el Zorro para caerle en gracia a una pendeja”, una imagen que él mismo definió como digna de vergüenza ajena.
Lejos de esquivar el tema, Castro insistió en hacerse cargo y descartó versiones sobre una supuesta pareja abierta. “No, una mierda”, respondió sin rodeos. Según explicó, la infidelidad no resbala ni pasa de largo: “Te empieza a faltar crédito, se te acaban las fichas”. En síntesis: no hay comodín ni revancha.
Así, Luciano Castro inauguró una nueva figura en el mundo del espectáculo: la del infiel arrepentido que no se victimiza, no se justifica y, sobre todo, no se tiene lástima. Un actor que, esta vez, decidió interpretar el papel más incómodo de todos: el de sí mismo, sin maquillaje y con acento español incluido.