Cada 23 de enero, Argentina conmemora el Día Nacional del Músico, una fecha destinada a reconocer el papel de los artistas musicales en el patrimonio cultural del país. Esta efeméride, instaurada por ley vigente desde 2015, coincide con el natalicio de Luis Alberto Spinetta y simboliza la resignificación de tradiciones para fortalecer la identidad nacional.
Anteriormente, la celebración se realizaba el 22 de noviembre, en sintonía con el Día Internacional de la Música instituido en honor a Santa Cecilia. Esta referencia, de origen europeo y ligada a la figura de la mártir romana como inspiración para artistas, se mantuvo vigente en Argentina durante décadas.
El traslado de la efeméride al 23 de enero se resolvió en 2014 por iniciativa legislativa, con el fin de vincular la conmemoración a una figura contemporánea y representativa del talento nacional. Y el nacimiento de Spinetta fue elegido como emblema cultural.
Este día destaca la capacidad de la música para fomentar la cohesión social en Argentina, caracterizada por una notable diversidad sonora que abarca desde tradiciones indígenas hasta influencias europeas y ritmos afrodescendientes.
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Spinetta, el Cuchi Leguizamón y la singular historia de un encuentro que fue todo un símbolo
“Mirá ese arreglo, escuchá ese acorde, este tipo es un capo”, dijo el mismísimo Cuchi Leguizamón durante la presentación de Luis Alberto Spinetta en el Festival de La Falda en su edición de 1984. Esa misma noche, se concretaría allí uno de los encuentros más simbólicos de la música argentina.

La vida ya los había cruzado en dos oportunidades, en las que el “Flaco” mostró toda su devoción por el enorme músico salteño, e incluso llegando al clásico gesto de ponerse de rodillas en una ocasión. Claro que no hay una imagen que atestigüe ese instante fugaz como sí la hay del cara a cara entre estos dos genios ocurrido ese 10 de febrero de 1984 (posiblemente ya en la madrugada del 11).
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No es casual que el encuentro inmortalizado por un fotógrafo del diario La Voz haya sido en el mítico Festival de La Falda, un evento que tanto hizo por la confluencia de varios géneros musicales que hasta entonces se miraban con mucho recelo, sobre todo del lado del público y la prensa.
El día que el Cuchi pisó otro escenario: la deuda de Cosquín, La Falda y un encuentro que hizo historia
El Cuchi Leguizamón nunca había pisado el escenario de Cosquín. No por falta de obra, de público ni de reconocimiento popular, sino por una combinación de diferencias ideológicas y estéticas que durante años lo mantuvieron al margen del festival folklórico más importante del país. Esa ausencia, tan llamativa como injusta, fue la que motivó a Mario Luna a idear un homenaje que terminaría convirtiéndose en un hito cultural.
En 1984, el Festival de La Falda, encuentro cultural impulsado por Luna, decidió rendir tributo al gran compositor salteño, saldando así una deuda que Cosquín nunca había asumido. Nadie mejor que el locutor salteño de nacimiento y cordobés por adopción para reconstruir esa historia.

“Me llamaba poderosamente la atención que nunca lo hubieran invitado al Cuchi a Cosquín. Entonces, para saldar un poco esa deuda, se me ocurrió la idea del homenaje”, recuerda Luna. El gesto también tenía una dimensión personal: “Cuando empecé a producir espectáculos en Córdoba lo traje varias veces con el Dúo Salteño. Teníamos una conexión”.
Con el tiempo, Cosquín tendría su reparación simbólica. Al cumplirse el centenario del nacimiento de Leguizamón, el festival organizó una gran celebración de su obra. “Si yo estoy todas las noches en Cosquín; siempre hay alguien que canta una canción mía”, solía decir el Cuchi, según recordó su hijo Luis. No había en él resentimiento ni desvelo por el reconocimiento: la música ya había hecho su camino.
Muy distinto fue su entusiasmo ante la invitación a La Falda. “Voy encantado”, fue la respuesta inmediata que Luna conserva intacta en la memoria. El clima que se vivía en ese festival excedía largamente el folklore tradicional y abría un diálogo inédito con otras músicas.
Cuando Luis Alberto Spinetta llegó al festival ese año, lo primero que preguntó fue si era cierto que estaría el Cuchi. “Te tengo que agradecer mucho esto”, le dijo al organizador. No fue el único: Fito Páez, Litto Nebbia y David Lebón también se mostraron fascinados y asistieron personalmente a una charla que Leguizamón brindó en el Hotel Edén.
Luna retrocede entonces en el tiempo para explicar el trasfondo. “El Cuchi fue profesor mío en el secundario en Salta. Era abogado y daba Historia e Instrucción Cívica”, cuenta. Ya instalado en Córdoba, vivió de cerca la decadencia de Cosquín tras 1974, cuando la intervención de López Rega provocó la proscripción o el exilio de muchos artistas fundamentales.
De esa experiencia nació la idea de un festival distinto, donde confluyeran folklore, tango y rock. La inquietud de Spinetta por presentar Durazno sangrando en la Próspero Molina derivó en el Festival de Música Contemporánea de 1976, germen directo del Festival de La Falda, que desde 1980 se consolidó como un espacio de libertad artística. Aunque Spinetta no participó en aquella primera edición, su apoyo fue decisivo y su presencia se repitió en casi todos los años posteriores.
El punto más alto llegó con el encuentro entre el Cuchi y el Flaco
“Vengo a felicitarte por el magnífico recital que diste”, le dijo Leguizamón a Spinetta, apoyándole la mano en el hombro. La escena quedó inmortalizada en una fotografía que hoy es mucho más que una imagen: es un símbolo.
“Se quedaron charlando un rato y para mí fue como cumplir un sueño”, confiesa Luna. Ese fue, además, el último año que organizó La Falda. “Estaba cansado de la indiferencia, recibía muy poco apoyo”.
Con el tiempo, aquella foto se convirtió en un emblema. Dos artistas de mundos distintos, pero con una misma convicción: crear sin obedecer al mercado, sin perseguir el éxito fácil ni los dictados de la industria. Fue un gesto de apertura en tiempos difíciles y una señal clara de que el arte verdadero siempre encuentra su propio escenario.
Hoy, esa imagen ya no es solo una estampa en una remera: es una declaración de principios.

