La ofensiva militar de Israel contra Irán volvió a escalar en las últimas horas y dejó al descubierto una contradicción central en la estrategia del gobierno de Benjamin Netanyahu: mientras promueve públicamente una rebelión interna contra el régimen iraní, sectores de su propia estructura advierten que ese escenario podría derivar en una represión masiva.
El propio Netanyahu aseguró este martes que las fuerzas israelíes eliminaron a figuras clave del aparato iraní, entre ellas Ali Larijani —a quien describió como un actor central del sistema— y a un alto mando de la milicia Basij. Según afirmó, estas acciones buscan debilitar al régimen y abrir una oportunidad para que la población “tome las riendas de su destino”. La ofensiva, que cuenta con apoyo de Estados Unidos, forma parte de una campaña más amplia contra infraestructuras militares y nucleares iraníes.
Sin embargo, desde Teherán no hubo confirmación oficial sobre esas muertes, e incluso mensajes atribuidos a Larijani posteriores al ataque sembraron dudas sobre la veracidad de los anuncios. Más allá de esa incertidumbre, el eje del conflicto no pasa solo por los resultados militares, sino por el objetivo político que Israel intenta instalar: forzar un quiebre interno en Irán.
Ahí aparece la principal tensión. Según cables diplomáticos del Departamento de Estado estadounidense, basados en intercambios con funcionarios israelíes, existe una evaluación mucho más pesimista puertas adentro: si se produjera un levantamiento popular, el régimen iraní tendría la capacidad de sofocarlo violentamente. La Guardia Revolucionaria Islámica mantiene el control del país y ha demostrado en el pasado su disposición a reprimir protestas con altos niveles de violencia.
Este diagnóstico no es menor. En los últimos años, distintas manifestaciones en Irán terminaron con miles de muertos, lo que refuerza la advertencia de que una rebelión podría convertirse en una “masacre”. Aun así, los mismos funcionarios israelíes que reconocen ese riesgo consideran deseable una sublevación y han planteado que Washington debería estar preparado para respaldarla.
La paradoja es evidente: Israel impulsa una estrategia que, según sus propias evaluaciones, podría tener consecuencias devastadoras para la población civil iraní. Al mismo tiempo, el régimen —incluso tras la muerte del líder supremo Ali Khamenei y bajo una intensa campaña de bombardeos— ha mostrado capacidad de resistencia, manteniendo operativas sus estructuras militares y su capacidad de ataque con misiles y drones.
En este contexto, la ofensiva no solo redefine el equilibrio militar en la región, sino que también abre interrogantes sobre sus objetivos reales y sus costos. La apuesta por un cambio interno en Irán, más que una estrategia clara, parece hoy un escenario cargado de incertidumbre, donde el riesgo humanitario convive con la presión geopolítica en uno de los focos más sensibles del mundo.