Donald Trump, a sus 79 años, mantiene hábitos médicos que contrastan con las recomendaciones de su equipo sanitario. El presidente opta por ingerir una dosis diaria de 325 miligramos de aspirina, superior a la que sugieren sus doctores, quienes le han planteado reducirla a la dosis baja más habitual de 81 miligramos. Trump, no obstante, ha declinado el cambio argumentando que lleva más de dos décadas siguiendo su propio criterio y aludiendo a cierta superstición.
“Dicen que la aspirina es buena para diluir la sangre, y no quiero sangre espesa fluyendo por mi corazón. Quiero sangre fina fluyendo por mi corazón”, afirmó en una entrevista con The Wall Street Journal, justificando su decisión.
En octubre, el mandatario se sometió a un estudio de imagen avanzada para descartar problemas cardiovasculares, procedimiento que, según expresó, lamenta haber realizado debido a la atención que generó sobre su estado de salud. “En retrospectiva, es una pena que lo haya hecho porque les dio un poco de munición”, afirmó al medio. Trump explicó que, aunque inicialmente mencionó haber pasado por una resonancia magnética, tanto él como su médico, el capitán de la Marina Sean Barbabella, confirmaron que se trató en realidad de una tomografía computarizada (CT scan), una prueba más rápida y común. Barbabella indicó en un comunicado a The Wall Street Journal que la prueba se realizó para descartar cualquier anomalía cardiovascular y que los resultados no revelaron problemas.
El presidente ha mostrado reticencia a seguir otras indicaciones médicas, como el uso de medias de compresión para tratar la hinchazón en las piernas, síntoma relacionado con una insuficiencia venosa crónica superficial diagnosticada en julio. Aunque en un principio aceptó usar las medias, abandonó rápidamente la práctica por incomodidad, según relató durante la misma entrevista. Tanto Trump como sus colaboradores señalaron que la hinchazón ha mejorado, atribuyendo el progreso a una mayor movilidad durante sus jornadas.
El propio Trump y su médico insisten en que su salud es excelente, una percepción que el presidente vincula a su herencia genética. “La genética es muy importante. Y yo tengo muy buena genética”, sostuvo.
En el entorno cercano al presidente, varios asesores y allegados han notado signos visibles de envejecimiento, tanto en apariciones públicas como en su rutina privada. Según fuentes citadas por The Wall Street Journal, Trump duerme pocas horas y en las últimas semanas ha tenido dificultades para mantener los ojos abiertos durante actos televisados en la Casa Blanca. Colaboradores, donantes y amigos relataron que, en reuniones, frecuentemente deben elevar la voz para que el presidente escuche con claridad, aunque él rechaza tener problemas auditivos y sostiene que solo enfrenta dificultades “cuando hay mucha gente hablando”.
El mandatario ha negado también haberse quedado dormido en actos recientes, insistiendo en que siempre ha dormido poco. No obstante, imágenes captadas durante una reunión de gabinete en diciembre y en un anuncio sobre reducción de precios de medicamentos en noviembre lo muestran con los ojos cerrados, lo que generó especulaciones sobre episodios de somnolencia. Su equipo ha recomendado que procure mantener los ojos abiertos en actos públicos para evitar interpretaciones negativas sobre su estado de alerta.
La piel del presidente ha evidenciado mayor fragilidad, al punto de que, según relató, utiliza maquillaje para disimular hematomas y cortes producto de pequeños golpes.
La rutina de actividad física del presidente se limita principalmente al golf, deporte que practica con regularidad y que considera suficiente para mantenerse activo. Durante su entrevista con The Wall Street Journal, Trump calificó de aburrido cualquier otro tipo de ejercicio, descartando la posibilidad de incorporar rutinas como caminar o correr en una cinta. Tampoco ha introducido cambios relevantes en su alimentación, que incluye frecuentemente productos altos en sal y grasas, como hamburguesas y papas fritas. El presidente del Comité Nacional Republicano, Joe Gruters, describió en un podcast las costumbres alimenticias de Trump durante una campaña, relatando cómo este consumió varias hamburguesas y papas fritas en un solo viaje.
En cuanto a su medicación, el informe médico de Barbabella recogido por The Wall Street Journal indica que Trump toma rosuvastatina y ezetimiba para controlar el colesterol, además de usar crema de mometasona para tratar una afección cutánea. Barbabella confirmó también el uso diario de aspirina como prevención cardíaca, aunque en una dosis superior a la recomendada habitualmente.
Qué pasa si tomamos 325 miligramos de aspirina por día
Donald Trump afirmó en una entrevista con The Wall Street Journal que consume diariamente 325 miligramos de aspirina, una dosis muy por encima de lo recomendado para adultos mayores.
El presidente de los Estados Unidos, de 79 años, mantiene esta pauta pese a sufrir una insuficiencia venosa crónica superficial, diagnosticada en julio, y a las advertencias de su equipo médico sobre los riesgos de la dosis alta.
El reconocido cardiólogo y genetista estadounidense Eric J. Topol, cuestionó la decisión de Trump.
En su cuenta de X, afirmó que “las personas mayores de 70 años no deberían tomar aspirina a ninguna dosis para prevención”, y citó evidencia de ensayos clínicos que muestran un aumento en el riesgo de mortalidad, sangrado grave y muertes por cáncer entre quienes mantienen este régimen.
El especialista recalcó que los estudios clínicos más sólidos evaluaron dosis bajas, de entre 75 y 81 miligramos diarios, nunca 325 miligramos como en el caso de Trump.
Según Topol, la recomendación de aspirina para prevención en adultos mayores “no tiene fundamento en la mejor evidencia disponible”.
La dosis recomendada de aspirina para adultos mayores que ya tuvieron un infarto o enfermedad cardiovascular es de 75 a 100 miligramos diarios, de acuerdo con Mayo Clinic, que advierte que dosis superiores aumentan el riesgo de sangrado grave.
Además, según el NHS británico, la dosis habitual para prevención es de 75 mg al día, mientras que en la mayoría de los casos no se recomienda iniciar aspirina diaria en mayores de 60 o 70 años sin antecedentes cardíacos.
Por su parte, la Cleveland Clinic enfatiza que la “baby aspirin” de 81 mg es suficiente en prevención secundaria y coincide en desaconsejar el uso rutinario en personas mayores sin enfermedad cardíaca previa.
El médico deportólogo y cardiólogo Jorge Franchella afirmó que: “La evidencia muestra que el daño supera cualquier posible beneficio, por lo que su uso diario sin indicación médica no se recomienda”.
Asimismo, la doctora Lorena Brocal, cardióloga integrante de la Federación Argentina de Cardiología, explicó a Infobae: “El uso de dosis diarias de aspirina aumenta el riesgo de hemorragias y de otras complicaciones. No solo por la dosis, sino por el tiempo de duración y por otros factores que vengan asociados”.
La Mayo Clinic advierte que, aunque la aspirina puede prevenir coágulos sanguíneos responsables de infartos y accidentes cerebrovasculares en personas con enfermedad cardiovascular, el uso prolongado y en dosis altas incrementa el riesgo de sangrado gastrointestinal, úlceras, hemorragias cerebrales y complicaciones renales.
El peligro se intensifica si la aspirina se combina con otros medicamentos anticoagulantes o antiinflamatorios.
La doctora Brocal afirmó también que “las anemias o la anemia por pérdida crónica de pequeñas cantidades de sangre son los efectos adversos más comunes. En menor medida puede haber epistaxis y sangrado gingival“.
La aspirina no debe usarse en prevención primaria en mayores de 70 años, salvo indicación médica muy precisa. Cualquier cambio en el tratamiento debe realizarse bajo control profesional para evitar eventos adversos graves.
Las organizaciones médicas más reconocidas destacan que la decisión de iniciar o mantener la terapia con aspirina debe individualizarse tras una evaluación médica completa, especialmente en adultos mayores.