La tarde caía sobre la Autovía 14, cerca de Chajarí, cuando un Ford Fiesta negro fue detenido en un control policial rutinario. La conductora, visiblemente nerviosa, se identificó como miembro de una fuerza de seguridad, aunque no portaba consigo ni credencial ni arma alguna. Una sombra de sospecha comenzó a dibujarse en el rostro de los agentes de Entre Ríos y estaban en lo cierto: la mujer ocultaba un cargamento que podría haberse originado en Salta.
La inspección del vehículo se intensificó cuando los efectivos notaron ciertos remaches inusuales en la carrocería. Algo no encajaba, una sutil discordancia que alertó a los uniformados. La tensión en el ambiente se palpaba, presagiando el descubrimiento de algo oculto.
Ante la creciente sospecha, se solicitó la presencia de un binomio especializado: un policía y un perro entrenado en la detección de estupefacientes. La mirada expectante de los agentes se posó sobre el can, que rápidamente comenzó su labor, husmeando cada rincón del automóvil.
No tardó en llegar la confirmación de las sospechas. Ocultos en los zócalos del Fiesta, aparecieron paquetes sospechosos. El silencio se rompió cuando el reactivo confirmó lo que ya se intuía: cocaína. El alijo, según publicó Gustavo Carabajal de La Nación, pesaba 14 kilos.
Según fuentes de la investigación, la droga, de haber llegado al mercado de narcomenudeo en Buenos Aires, habría alcanzado un valor estimado de $105.000.000. Un precio que se multiplicaría por cinco si su destino final hubiera sido Europa, evidenciando las dimensiones del ilícito desmantelado.
Con la confirmación de la pureza de la cocaína, los efectivos informaron a la conductora que quedaba formalmente detenida. La presunta identidad de la mujer se reveló: María Florencia Méndez, de 29 años, cuyo pasado en la fuerza federal pronto saldría a la luz.

Hasta principios de año, Méndez había trabajado en la Superintendencia de Asuntos Internos de la Policía Federal. Su desaparición repentina e inesperada había generado un sumario administrativo en su contra. Sus ex compañeros desconocían su paradero hasta que la noticia de su arresto se difundió.
Ahora, María Florencia Méndez enfrenta a la justicia, recluida en una comisaría de Chajarí, a disposición de la jueza federal de Concordia, Analía Ramponi. Su viaje desde Misiones, con destino a San Justo, en La Matanza, había sido interrumpido abruptamente por un control policial que desmanteló su oscuro secreto.

