A veinte años de la sanción de la Ley de Educación Sexual Integral (ESI), el debate sobre su implementación continúa vigente. Si bien la normativa permitió incorporar contenidos vinculados a la sexualidad, los derechos, la diversidad y el cuidado en las escuelas, todavía enfrenta resistencias y desafíos que atraviesan tanto al sistema educativo como a las familias.
Uno de los puntos que sigue generando discusión es la dificultad para hablar sobre sexualidad dentro de muchos hogares. Mientras algunas personas crecieron en entornos donde estos temas se abordaban con naturalidad, otras recuerdan que durante su infancia y adolescencia prácticamente no existieron conversaciones al respecto.
Para la docente y especialista Orduna, esta realidad demuestra que la sexualidad sigue siendo un tema incómodo para muchas familias argentinas. En ese contexto, advirtió que numerosos adolescentes terminan obteniendo información a través de amigos, conocidos o redes sociales, muchas veces sin el acompañamiento de adultos ni herramientas para interpretar adecuadamente esos contenidos.
Por ese motivo, defendió el rol de la escuela como un espacio fundamental para garantizar el acceso a información confiable, científica y basada en derechos.
Sin embargo, a dos décadas de la creación de la ESI, las resistencias continúan presentes. Según explicó la especialista, buena parte de los cuestionamientos históricos estuvieron vinculados a prejuicios relacionados con la diversidad sexual.
“Gran parte de la resistencia era: quieren hacer a mis hijos homosexuales”, recordó Orduna al referirse a uno de los argumentos que más se repitieron desde la sanción de la ley.
La docente sostuvo que esas críticas parten de interpretaciones erróneas sobre los objetivos de la educación sexual integral, cuyo propósito no es influir en la orientación sexual de las personas, sino brindar información, promover el respeto por la diversidad y fortalecer herramientas para el cuidado de la salud y los vínculos.
Durante la conversación también se destacó el papel de la ESI como herramienta de prevención frente a situaciones de violencia y abuso. La especialista remarcó que muchos de estos casos ocurren en entornos cercanos a las víctimas, por lo que contar con información adecuada y espacios de confianza resulta clave para la detección temprana y el acompañamiento.
Pese a los avances logrados desde la sanción de la ley, Orduna consideró que todavía existe una deuda pendiente en las escuelas. “La ESI sigue siendo una jornada que se realiza cada tanto”, cuestionó.
En ese sentido, insistió en que la educación sexual integral debe ser abordada de manera transversal y cotidiana dentro de las instituciones educativas, atravesando todas las materias y espacios de formación.
“Todas las materias y espacios deberían tener ESI”, afirmó, al tiempo que señaló que la responsabilidad no puede recaer únicamente en las escuelas.
Para la especialista, el desafío es mucho más amplio y requiere el compromiso de distintos ámbitos de la sociedad. “No alcanza sólo con la escuela; el centro de salud, la justicia y los medios también deben incorporar perspectiva de género”, sostuvo.
A veinte años de su creación, la Educación Sexual Integral sigue ocupando un lugar central en la agenda pública. Entre avances, resistencias y desafíos pendientes, la discusión continúa atravesando a las escuelas, las familias y a una sociedad que todavía busca nuevas formas de hablar sobre sexualidad, derechos, diversidad y cuidado.