“Fueron tres días muy intensos… Tuvimos la clara intuición de que algo muy malo estaba pasando”, escribió Virginia Da Cunha en su cuenta de Facebook. Su texto, dirigido a su amiga y compañera Lourdes, de la banda pop que marcó a una generación, se expandió rápidamente en redes y medios. Pero más allá del impacto mediático, sus palabras revelan una verdad íntima y universal, las mujeres se salvan entre ellas.
En tiempos donde la violencia simbólica y psicológica muchas veces pasa inadvertida, el testimonio de Da Cunha funciona como un grito de alerta. Habla del poder de la intuición, de esa percepción femenina para reconocer el peligro y sobre todo del valor de la amistad como forma de resistencia.
El episodio no solo reactivó la memoria colectiva sobre Bandana, un grupo que en los 2000 representó la potencia del sueño y la sororidad artística, sino que resignificó el vínculo entre sus integrantes como un ejemplo de cómo el arte puede trascender lo escénico y convertirse en espacio de contención emocional.
Cuando Virginia escribe “cada una desde su personalidad y posibilidades se sumó formando un equipo de inteligencia y coraje”, traza una metáfora de lo que muchas redes de mujeres hacen hoy, accionar en cadena, conectarse desde distintos puntos del país (o del mundo) para sostener a una de las suyas. No hay espectáculo ni ego, sino un gesto profundamente humano: cuidar.
Su reflexión final “los psicópatas no cambian y la justicia es muy lenta… lo que nos queda como mujeres es cultivar el amor propio y cuidar ese instinto salvaje que nos hace superhéroinas”— recupera el legado del libro Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, un texto fundacional del feminismo contemporáneo que invita a reconectar con la fuerza instintiva y ancestral de lo femenino.

En una cultura que muchas veces premia la indiferencia o el exhibicionismo, su mensaje propone algo más profundo: trabajar hacia adentro, cultivar amor propio y acompañar sin mostrarlo. En un mundo hiperconectado pero emocionalmente desconectado, ese es quizás el verdadero acto revolucionario.
Porque si algo deja claro este episodio, es que el empoderamiento no siempre ocurre en los escenarios ni en las redes: ocurre en el silencio de una llamada, en el mensaje de una amiga, en el gesto invisible de cuidado.
Y ahí, entre la oscuridad y la ternura, se reconstruye el poder de estar juntas.
No hay revolución más profunda que la que ocurre entre amigas. Esa que se teje en una mesa de café, en un ensayo, en una canción compartida o en una obra colectiva. En esos espacios de confianza, las mujeres reinventan la idea de poder: ya no como dominio, sino como alianza.
El empoderamiento, tantas veces reducido a un eslogan de redes, cobra sentido real cuando se vive desde la sororidad, ese pacto implícito de acompañarse sin juicio, de sanar en comunidad. En América Latina, donde las luchas feministas tienen raíces que mezclan dolor y resistencia, el arte se ha convertido en una de las herramientas más poderosas para reconstruir identidades fragmentadas.
Desde los murales callejeros que resignifican el espacio público hasta los talleres de poesía, danza o cerámica que funcionan como refugios, el arte aparece como un lenguaje común entre mujeres que deciden sostenerse unas a otras. No se trata solo de expresión estética, sino de reconstrucción emocional y colectiva: la creación como forma de decir “estamos acá”.
En ciudades como Buenos Aires, Bogotá o Ciudad de México, colectivos de artistas y creadoras emergen como nuevas comunidades de afecto. En lugar de competir, colaboran; en lugar de hablar del éxito individual, celebran la fuerza del grupo. En esa práctica cotidiana, el arte se vuelve una forma de amistad genuina: un modo de existir juntas frente a un mundo que todavía insiste en dividir.
El poder, entonces, deja de ser una palabra asociada a la autoridad para convertirse en sinónimo de cuidado. Empoderarse es aprender a mirar con ternura, a construir desde el encuentro y no desde la herida. Porque cada vez que una mujer se levanta, lo hace también con las voces de las que la acompañan.
El arte en sus múltiples formas es el puente. Y la amistad, la raíz, en esa clave, Da Cunha convierte una experiencia de dolor y angustia en una pieza de arte emocional y colectiva, donde la amistad se vuelve una forma de sanación. Lo que antes fue un fenómeno pop hoy se transforma en símbolo de madurez y aprendizaje: las Súper Bandanas ya no cantan solo sobre el amor romántico, sino sobre el amor que salva.

