Cuando el trabajo se vuelve una amenaza: la toxicidad laboral y el silenciamiento

Trabajar con un jefe tóxico no suele figurar en el contrato, pero se manifiesta rápido: gritos, culpas ajenas, urgencias eternas y sonrisas obligatorias. Cuando el “buen clima laboral” se parece más a una amenaza encubierta, actualizar el CV deja de ser un plan B y pasa a ser una estrategia de supervivencia.

Por Silvia Guzmán Coraita

Abuso de poder y toxicidades en el ambiente de trabajo — .

No siempre hay telegramas de despido ni sanciones formales. A veces, la salida de un trabajador —y en particular de un periodista— se cocina en silencio, a fuerza de presiones, destratos y advertencias veladas. La toxicidad laboral no siempre grita: muchas veces susurra amenazas, desgasta de a poco y empuja a renunciar sin dejar huellas visibles.

Quienes atravesaron jefaturas tóxicas reconocen rápido el patrón. Jefes que se apropian de los logros ajenos y reparten culpas cuando algo falla. Líderes que gritan, humillan o castigan como método de control. Conductas que no solo deterioran el clima laboral, sino que generan miedo, autocensura y agotamiento. En el periodismo, ese clima no es inocuo: cuando el trabajador teme, la información también se resiente.

Pero no toda la toxicidad es explícita. Existen formas más sutiles —y socialmente aceptadas— que, llevadas al extremo, se vuelven igual de dañinas. La llamada productividad tóxica glorifica la urgencia permanente, el “estar siempre disponible”, la idea de que descansar es fallar. El resultado no es mayor eficiencia, sino ansiedad crónica, errores y burnout.

A eso se suma la lealtad tóxica, cuando se exige a los trabajadores que pongan la empresa por encima de sus principios, su salud o su vida personal. En el periodismo, esta lógica se traduce en presiones para callar, suavizar o mirar para otro lado. El mensaje es claro: “si no te adaptás, hay otro que espera tu lugar”.

Incluso la positividad puede transformarse en una herramienta de negación. Pedirle a alguien que “vea el lado bueno” frente a un abuso, una amenaza o un desgaste sostenido no es acompañar: es trasladarle la culpa a la víctima. Los entornos laborales sanos no niegan el conflicto; lo reconocen y lo abordan con empatía.

¿Cómo defenderse de un ambiente así? 

No hay recetas mágicas. Pero sí hay alertas. Reconocer qué conductas no estamos dispuestos a tolerar es un primer paso. Preparar respuestas, poner límites, buscar redes de apoyo y preservar espacios personales fuera del trabajo puede ayudar a amortiguar el impacto. Como señaló el columnista David M. M. Taffet, “la toxicidad solo puede neutralizarse siendo amables con nosotros mismos”.

Cuando el desgaste se vuelve estructural y el miedo reemplaza a la vocación, la pregunta deja de ser individual. Un periodismo ejercido bajo amenaza no es solo un problema laboral: es un problema democrático. Y cuando un trabajador se ve forzado a renunciar para que el sistema siga funcionando sin ruido, la señal de alarma debería encenderse para todos.