Hace cinco años, en medio de la tranquilidad del campo salteño, Jimena Guerrero y Rafael del Cerro se hicieron una pregunta simple: qué podían producir en ese espacio más allá de lo tradicional. La respuesta llegó con una idea que hoy se transformó en su forma de vida: la cría de gallinas de pastoreo libre.
“Vimos que en Argentina había demanda, pero acá en Salta no se conseguían huevos de este tipo”, cuentan. Así fue como comenzaron con apenas 80 gallinas, una escala inicial que, más que un negocio, funcionó como aprendizaje. Hoy ya cuentan con 300 y proyectan seguir creciendo.
El sistema que eligieron no es el más fácil. A diferencia de la producción industrial, las gallinas viven en libertad, lo que implica un trabajo diario mucho más exigente. La rutina incluye limpieza constante de gallineros, recambio de paja y control permanente de las condiciones sanitarias. “No es lo mismo una gallina en jaula que una de pastoreo libre”, explican.

El gallinero requiere un mantenimiento diario
Se limpian las instalaciones, se renuevan las camas y se cambia la paja todos los días para garantizar buenas condiciones sanitarias. Las gallinas, por su parte, se crían en libertad: salen alrededor de la tarde a pastorear y recorren el campo durante horas. Al caer el sol —entre las 19 y las 20, según la época del año— regresan solas al gallinero.
El resultado de este sistema es, como ellos mismos lo definen, “un huevo de altísima calidad”, fruto de una dedicación total y cotidiana. “Nos dedicamos al 100%, todos los días”, explican, en una rutina que no admite pausas: la recolección se realiza dos veces diarias —una cerca del mediodía y otra por la tarde— mientras que, en paralelo, se mantienen las condiciones del gallinero con limpieza constante y recambio de camas. Esa combinación entre manejo y libertad es clave en el producto final. A diferencia del huevo industrial, sostienen que existen estudios que respaldan sus beneficios: al pastorear, las gallinas incorporan una dieta más diversa que se traduce en mayores niveles de vitaminas A, B y E, además de “microorganismos buenos” y una mayor proporción de ácidos grasos saludables. La alimentación natural —basada en verduras de la finca, alfalfa, pasto e insectos— completa el proceso.
“Todo eso hace que la calidad del huevo, el gusto y el color sea totalmente distinto”, asegura Jimena, marcando una diferencia que no solo se percibe en lo nutricional, sino también en la experiencia de consumo.
En el mercado actual, el huevo comercial —producido a gran escala y con sistemas intensivos— se posiciona como la opción más accesible en términos de precio, pero también responde a una lógica de volumen que muchas veces deja en segundo plano la calidad nutricional y el método de producción. En contraste, los huevos provenientes de gallinas de pastoreo libre implican costos significativamente más altos: requieren mayor inversión en alimentación natural, tiempo de trabajo diario, infraestructura y manejo sanitario más riguroso. A esto se suma un mercado todavía pequeño y en desarrollo, donde el desafío no solo es producir, sino también lograr que el consumidor comprenda y valore la diferencia.
Esa brecha entre precio y calidad marca hoy una tensión clara
Mientras el huevo industrial domina por accesibilidad, el alternativo busca abrirse camino desde un nicho que crece, pero que aún enfrenta límites para masificarse.
La producción a pequeña escala y los costos que implica este tipo de crianza hacen que el precio sea más alto que el del huevo convencional. “No es lo más rentable hoy con 300 gallinas, por eso queremos agrandarnos”, admite Jimena. Aun así, destaca que cada vez más consumidores buscan este producto, valorando lo orgánico y el bienestar animal.

Además de sostener la producción, Jimena y Rafael se encargan personalmente de la distribución, lo que agrega una exigencia extra a una rutina ya intensa. No se trata solo de criar gallinas y recolectar huevos, sino también de hacerlos llegar al consumidor final, gestionando tiempos, logística y ventas. “Esto es todos los días: hay que recolectar huevos, limpiar, alimentar… no hay descanso”, resumen, dejando en claro que el proyecto no entiende de pausas y que cada etapa —del campo a la mesa— depende directamente de su trabajo diario.
A quienes piensan en iniciarse en este tipo de producción, les dejan un mensaje claro: paciencia, compromiso y vocación. “No es algo de un día para el otro. Lleva años aprender y mejorar, pero se puede”, dice Jimena Guerrero.
En un contexto donde crece el interés por los alimentos de origen más natural, el proyecto de Jimena y Rafael refleja no solo una alternativa productiva, sino también un cambio en la forma de consumir. Una apuesta que, desde el campo salteño, busca abrirse camino y ganar lugar en la mesa diaria.