Dolor de garganta en invierno: cómo saber si es virus, bacteria o puro frío

Claves para reconocer un mal que se incrementa cuando bajan las temperaturas. Cuándo usar antibioticos.

Por Redacción Gente de Salta

Dolor de garganta. — .

Apenas baja el termómetro, las gargantas de medio país entran en alerta roja. El frío en sí, los saltos bruscos de temperatura entre la calle y los ambientes con calefacción a tope, y la mayor densidad de virus respiratorios circulando crean las condiciones ideales para que aparezca ese combo tan conocido: dolor, picor, carraspera, molestia al tragar.

“Las dos causas más frecuentes son la faringitis -inflamación de la mucosa de la faringe, casi siempre de origen viral, ligada al resfrío o la gripe- y la amigdalitis, que suele golpear con más fuerza en chicos y adolescentes aunque los adultos tampoco se salvan”, detalló la Dra. Ana Cofre (M.N. 117.124 / M.P.R.N. 8.815), médica especialista en Otorrinolaringología y directora del Centro Patagónico de Otorrinolaringología.

En un informe al que tuvo acceso la Agencia Noticias Argentinas, la especialista aclaró: “Pero no siempre hay una infección de por medio”. El aire seco de la estufa encendida sin humidificador, el cigarrillo, la voz forzada durante horas o el reflujo gastroesofágico pueden dejar esa sensación de garganta áspera sin que haya ni un virus cerca.

¿Virus, bacteria o simplemente el ambiente?

La distinción importa, y bastante. Cuando la infección es viral, el cuadro suele venir acompañado del paquete clásico del resfrío: congestión, mocos, tos, algo de desgano y quizás una febrícula que no asusta. En cambio, si el responsable es una bacteria -el conocido Streptococcus pyogenes, o estreptococo beta hemolítico del grupo A-, los síntomas aprietan con otra intensidad: fiebre que sube sin avisar, dificultad real para tragar, ganglios inflamados en el cuello y, a las, placas blanquecinas en las amígdalas.

“Cuando una amígdala se inflama considerablemente más que la otra, o el dolor se irradia hacia el oído sin que exista un problema auditivo real, hay que pensar en algo más serio: un absceso periamigdalino. Se trata de una acumulación de pus detrás de la amígdala que puede requerir drenaje quirúrgico o incluso internación. En ese escenario, esperar no es una opción: es una urgencia otorrinolaringológica”, advierte la Dra. Cofre.

Cuando la molestia es simple irritación -sin fiebre, sin empeoramiento progresivo, sin ganglios-, suele apuntar a causas ambientales y para eso, ni pastillas ni jeringas: hidratación, reposo domiciliario y algo de humedad en el cuarto bastan.

El antibiótico no es la solución universal

Este punto merece subrayarse con marcador fluo. La gran mayoría de las infecciones de garganta son virales, y los antibióticos no hacen absolutamente nada contra los virus. Usarlos igual no solo no sirve sino que alimenta el problema global de la resistencia bacteriana, declarado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una de las diez amenazas más graves para la salud pública. Según datos publicados en The Lancet (Murray et al., 2022), la resistencia a los antimicrobianos causa directamente 1,27 millones de muertes anuales en todo el mundo.

“En la práctica cotidiana, uno de los pedidos más frecuentes que recibimos como especialistas es el antibiótico ‘por las dudas’. Es comprensible: la gente quiere sentirse mejor rápido. Pero en la mayoría de los casos, ese apuro puede hacer más daño que bien. La clave es distinguir, no medicar a ciegas”, señaló la Dra. Cofre.

Cuando efectivamente corresponde un antibiótico -y es el médico quien lo determina, no el paciente ni la farmacia del barrio-, lo habitual es amoxicilina o penicilina durante siete a diez días. La trampa clásica es cortar el tratamiento cuando uno empieza a sentirse mejor, pero ese error provoca recaídas y puede facilitar que la bacteria desarrolle resistencia. El ciclo completo es el ciclo completo, sin excepciones.

Para los cuadros virales leves, el abordaje es sintomático: analgésicos, antiinflamatorios, buena hidratación y reposo vocal. El dolor suele extenderse entre cinco y siete días, tiempo que el organismo necesita para recuperarse, igual que con un resfrío común.