Abuso sexual, embarazos no deseados, abortos, sida, sífilis, gonorrea, son solamente algunas de las consecuencias que el alcohol produce en las mujeres. Susana forma parte de la comunidad de Alcohólicos Anónimos, que funciona en la iglesia San Alfonso, desde hace 9 años y con su testimonio busca concientizar sobre esta enfermedad que en la actualidad afecta, casi por igual, a hombres y mujeres.
“Desde que llegué al grupo, mi vida cambió sustantivamente en un giro de 360 grados, yo sola no podía salir de esa absoluta oscuridad en la que me encontraba”, comienza su historia Susana, quien hoy se ha convertido en una de las “servidoras” de este grupo de ayuda que funciona en Leguizamón 848 y que recibe no solo a hombres sino también a mujeres que se acercan a consultar o pedir “auxilio” para recuperarse.
“Mucha gente no entiende lo que es el alcoholismo como tal, como una enfermedad, por el contrario, la sociedad mira al alcohólico con desprecio, pero además las mujeres cargamos con un doble estigma: el de ser mujer y ser alcohólica”, explica Susana a Gente de Salta y expresa que eso tiene que ver con que uno está más acostumbrado a ver en la calle a hombres que a mujeres ebrias.
Sobre cuáles fueron los motivos por los que empezó a tomar, la mujer recuerda haber transitado una infancia muy dura, con muchas carencias económicas, pero también afectivas, con una madre “que hacía lo que podía, pero eso yo lo entendí mucho después”.
“Yo fui abusada sexualmente desde los tres años y eso deformó mi mente, mi manera de pensar, no tenía autoestima como mujer”, revela Susana con lágrimas en los ojos.
Dentro de ese contexto de mucha vulnerabilidad, esta mujer que aprendió a “sobrevivir”, pudo terminar la escuela primaria y luego la secundaria, aunque se recuerda como una niña muy introvertida, tímida, “que no se animaba a gritarle al mundo el sufrimiento que quemaba por dentro”.
Ya en la adolescencia, empezaron las fiestas, boliches, juntadas con “amigos” y allí empezó a consumir alcohol y a “gustarle” lo que este producía en ella: “de repente me gustaba la persona que era cuando consumía, me sentía fuerte, esa mujer introvertida se volvía extrovertida. Hablaba, bailaba y toda la pobreza, todas las carencias, todos los abusos, todo lo malo que a mí me había pasado era como que se transformaba en algo y yo era más linda, era más feliz, era más vivaz. Me soltaba”.
Y agrega: “Eso me dio el alcohol. Entonces, cambió mi personalidad y a mí me agradó esa nueva personalidad. Me sentía fuerte y sin darme me empecé a aferrar a esa botella, Fueron pasando los años y seguí, seguía tapando mi dolor con el alcohol”.
La autodestrucción de Susana iba en aumento sin darse cuenta: “Uno empieza quizás un sábado, después ya se vuelve sábado-domingo, después viernes-sábado-domingo, hasta que, sin darte cuenta, te levantas y decís, che, me tomo un trago para arrancar la mañana”.
Hubo muchos momentos en que esa “oscuridad” parecía no tener fin y la angustia la llevó a querer terminar con su vida: “Yo llego acá a la comunidad con mi último aliento de vida, entré acá a los 38, no llevo muy bien la cuenta exacta porque en el proceso de recuperación aprendes a vivir un día a la vez”.
Hoy ya pasó casi una década de aquel día en donde un cuadro de intoxicación por alcohol la llevó a un estado deplorable de salud, ese día, afirma con tenacidad “dije yo no quiero más esta vida para mí y pedí ayuda, porque uno equivocadamente cree que de esto se sale solo y no es así”.
Con la emoción a flor de piel, Susana asegura que hoy se siente “una mujer íntegra y más fuerte.”
“A veces yo me emociono porque antes me hacía mal recordar todo lo vivido, lo malo, lo triste, lo doloroso. Pero hoy por hoy estas lágrimas son de felicidad, porque todo lo malo que yo he vivido, lo di vuelta y cambié mi vida”, asegura esta mujer.
Pero su orgullo es mucho mayor y valora cada uno de sus logros: “Hoy por hoy tengo amistades, mi familia, mis afectos confían en mí. Me creen, me quieren, me apoyan. Realmente es hermoso todo lo que uno va cambiando con el tiempo”.
Susana recuerda que cuando ingresó al grupo casi no se hablaba de alcoholismo y la mujer debía luchas contra ese doble estigma; el de ser mujer y además alcohólica. Esto, asegura, fue cambiando y los grupos se van abriendo a integrarlas y acompañarlas en el proceso de recuperación.
En este sentido, lamenta que en la actualidad, sobre todo los jóvenes, consuman alcohol en exceso, muchas veces acompañado por otras sustancias que hacen más daño a la salud. En el caso de las mujeres la situación las deja aún más vulnerables, “hay mujeres que todos los fines de semana son abusadas sexualmente y no por un hombre sino por cuatro o cinco, eso sin contar que muchas veces quedan embarazadas y son embarazos no deseados que termina en abortos”.
El peligro al que se exponen es tal, dado que en estado de ebriedad el nivel de conciencia es nulo, que “hasta pueden llegar a prostituirse solo por alcohol”.
La mujer remarca la importancia de ingresar al programa de Alcohólicos Anónimos, con reuniones semanales, y aclara que quienes concurren pertenecen a diferentes clases sociales, profesiones y oficios, pero con un solo objetivo en común: dejar atrás esa vida que duele y daña al entorno y los afectos, “el alcohol no solo daña al que está enfermo, sino a toda la familia, mi hermana recién pudo perdonarme tanto daño que les hice después de tres años”, indica la mujer.
“Hoy me siento con una fuerza que no te lo puedo explicar, siento que esa persona que estaba escondida en el barro podrido, salió de ese lodo, con la ayuda de unos de los pilares más importantes: un poder superior, que es Dios porque esto también es un programa espiritual que cura el alma”, remarca.
Hacia el final de la entrevista, Susana hace un llamado especial a todas esas mujeres que padecen de este flagelo y las invita a reencauzar su vida con ayuda de personas que también lograron salir adelante: “Aquella mujer que me escucha, que va a escuchar esto, yo la invito a que asista a las reuniones. Nosotros tenemos el grupo Sendero de Vida que está acá Leguizamón 848, que funciona de lunes a sábado de 15 a 17 horas, a que se acerquen y pregunten, aquí podemos asesorarlas, escucharlas y acompañarlas en este proceso que solamente depende de uno mismo. Hay cosas maravillosas que nos ocurren porque el mismo programa no va restaurando, nos va salvando”.
Con tenacidad, disciplina, responsabilidad y mucho amor propio, Susana hoy sonríe por todos esos logros personales conseguidos, que parecen “chiquitos” pero son tan inmensos como las ganas que tiene de ayudar a otras mujeres que aún se encuentran sumidas en la oscuridad.