El documental 50 segundos: El caso Fernando Báez Sosa, vuelve sobre un crimen que todavía nos duele como país. Un caso que conmovió a todos y fue tema de conversación incluso atravesado por el inicio de la pandemia. Logró sacudirnos, reunir multitudes y recordarnos, una y otra vez, el rostro de una madre que pedía justicia mientras repetía que nunca más podría abrazar a su hijo.
Para quienes necesitan refrescar el contexto: Fernando, con apenas 18 años, había viajado de vacaciones con su novia y un grupo de amigos a Villa Gesell, ese destino clásico de miles de adolescentes que buscan tomar, salir y escapar del control parental. Esa noche fueron a Le Brique, un boliche popular, desbordado —como suele pasar en enero— por una multitud muy por encima de su capacidad. Adentro, un altercado entre dos grupos de jóvenes alcoholizados terminó con Seguridad expulsando primero a Fernando y a sus amigos. Afuera esperaban que salieran dos chicas que habían quedado adentro; cuando finalmente echaron al otro grupo, la escena se volvió irreversible. En cuestión de segundos —cincuenta, según el recuento judicial—, Fernando fue rodeado y golpeado con una brutalidad que le quitó la vida.
El documental me dejó un sabor amargo doble. Por un lado, el dolor de siempre: la muerte absurda y evitable de un chico querido, de un hijo, de un amigo. Por otro, una inquietud más difícil de procesar: la sensación de que la serie suaviza la responsabilidad de los agresores. Me llamó especialmente la atención la ausencia de Virginia Pérez, la joven que intentó reanimar a Fernando en la vereda y cuyo testimonio fue central en el juicio. En cambio, sí se incluye a familiares y amigos de los imputados, cuya única función pareciera ser insistir en la inocencia de sus hijos. Hay incluso un momento desconcertante en el que la hermana —y abogada— de los Pertossi compara el dolor inconmensurable de Graciela Sosa con el suyo propio… por tener que visitar a sus hermanos en la cárcel.
Ya todos exploraron este caso desde los hechos una y mil veces, y formaron sus opiniones; yo quiero hacer hincapié en lo que creo que debemos entender como sociedad, para que no haya otros Fernandos y para que esto no haya sucedido en vano.
Más allá de la reconstrucción del crimen, lo que este documental deja en evidencia es un vacío adulto. Un abandono silencioso que no empieza con los golpes, sino mucho antes: en la libertad sin guía, en el “son cosas de chicos” y el “que se arreglen solos”, en la idea de que la adolescencia es un territorio donde nada tiene consecuencias. Villa Gesell —con toda su mitología veraniega— funciona como terreno fértil para eso: miles de chicos que todavía no saben regular sus emociones, sumergidos en alcohol barato, en grupos que funcionan como manadas, en un ecosistema donde el control parental se evapora al llegar enero. Y sí: Gesell tiene más de un caso como el de Fernando. La mayoría no termina en muerte, pero deja marcas profundas.
El documental también hace visible algo incómodo de decir, pero necesario: los padres de los agresores jamás pidieron perdón. No hubo introspección, duda, ni la más mínima pregunta sobre el rol que tuvieron en la formación de esos jóvenes que, ante cualquier chispa, reaccionaron con furia animal. Porque sí, los chicos son culpables —y la Justicia así lo determinó—, pero también hay que preguntarse qué pasa con esa ira acumulada, con esa necesidad de demostrar valor social a través de la violencia, con esa masculinidad que se valida pegando, humillando, dominando.
Y aquí viene otro punto que merece cuidado para no caer en golpes bajos, pero que sigue siendo parte del cuadro: incluso Graciela Sosa, que no tiene ninguna culpa, habilitó que Fernando viajara a un escenario que todos sabemos cómo funciona. No la responsabiliza del crimen de ninguna manera, por supuesto, pero sí nos deja una pregunta que duele: ¿Cómo protegemos realmente a nuestros hijos cuando los mandamos a estos lugares donde la libertad juvenil roza el desamparo? Y son muchísimos los chicos que tienen permiso de sus padres para ir a esta versión de Pleasure Island (Pinocho).
No podemos seguir fingiendo que estas tragedias nacen de la nada. En el centro está la violencia de un grupo de jóvenes; alrededor, una cultura que romantiza el descontrol; y atrás, adultos que muchas veces no ven —o no quieren ver— que “dar libertad” sin presencia, sin guía y sin límites es una forma moderna de abandono.
Y que quede claro: esto no se limita a Villa Gesell. Gesell es apenas el escenario más visible, pero la cultura del desborde adolescente está perfectamente instalada en todo el país. La hemos normalizado al punto de convertirla en ritual. El viaje a Bariloche, que en muchos colegios se vende como “un premio”, pero cuyo objetivo tácito es la intoxicación colectiva, la competencia sexual y el consumo sin freno. El UPD (Último Primer Día), ese invento insólito en el que se celebra el inicio de clases llegando sin dormir, resacados o directamente ebrios al colegio, como si fuera un chiste inocente y no una bandera roja.
A eso se suman las fiestas de egresados, tanto de primaria como de secundaria, organizadas en boliches, muchas veces con consumo de alcohol habilitado o tolerado, al punto de que en algunas provincias estos eventos ya forman parte del calendario académico. Como si la escuela certificara —sin proponérselo— que hay descontrolarse y vivir todos los excesos antes de llegar a la adultez, esa etapa asociada al deber y a la monotonía.
Y todo esto ocurre mucho antes de los 20 años, en un país donde también nos acostumbramos a la idea de que las drogas “blandas” son un paso lógico, un experimento sin consecuencias, un gesto de pertenencia.
No es moralismo. No es nostalgia por una juventud más “sana”. Es simplemente admitir que hemos construido un ecosistema donde se espera que los adolescentes se demuestren algo entre ellos —valor, pertenencia, coraje, virilidad— a través del exceso. Y en un contexto así, el riesgo no es una anomalía: es un síntoma.
Este grupo de chicos que golpeó brutalmente en manada a uno solo en el suelo no mostró remordimiento. Ninguno de ellos habló de Fernando como un ser humano, como una víctima de sus puños. La falta de valores y de empatía es tan brutal como la golpiza que dieron.
No soy madre, pero creo profundamente en esto: el NO importa. El NO protege. El NO ordena. El NO es una forma de amor cuando el mundo alrededor solo ofrece libertades que no tienen contención. Y sí, es difícil ponerlo cuando otros padres dicen que sí, cuando la presión social te empuja a no ser “el/la exagerado/a”, cuando uno teme quedar afuera o hacer que su hijo quede afuera. Pero el miedo a caer mal no puede seguir guiando decisiones que afectan la seguridad y la vida de los chicos.
Si algo debería dejarnos este caso, entonces, no es solo dolor —del que ya tenemos suficiente— sino una urgencia: mirar la realidad de frente. Aceptar que estamos cometiendo errores. Que nos cuesta más enfrentar el conflicto que enfrentar el riesgo. Que muchas veces cedemos para no ser antipáticos, y en esa negociación silenciosa vamos soltando responsabilidades esenciales.
Quizás el verdadero cambio empieza ahí: en dejar de justificar como sociedad lo injustificable, en desarmar la frase “si total todos lo hacen”, en volver a darle valor a un límite dicho con convicción. Porque si no cortamos esa normalización colectiva, los escenarios de tragedia no serán excepción, sino consecuencia.
Y ya no podemos darnos ese lujo. No después de Fernando. No después de mirarnos tan de cerca en el espejo.