En la esquina de Leguizamón y Sarmiento, en el centro de Salta, encontramos a Luis Ance, un vendedor de empanadillas que con amabilidad y respeto ofrece a conductores y peatones este producto típico de la región del norte argentino, dulce y tradicional, que en su caso está vinculado a una rica historia familiar y que se destaca por su preparación totalmente casera.
Su jornada, dividida en dos turnos, lo lleva a recorrer a pie y con paciencia los semáforos de las principales esquinas del centro de la ciudad, y algunos puntos emblemáticos, como pueden ser las clínicas y hospitales de la zona, buscando a sus potenciales clientes.
“Ando por todas partes. Cuando me toca la hora pico me quedo en los semáforos, y después recorro el centro, la Belgrano, la Sarmiento, voy por las clínicas también”, contó Luis, que resalta por su chaqueta celeste y su sombrero de ala ancha.
En una charla con Gente de Salta, contó que la venta de empanadillas no es solo un trabajo para él, sino una tradición que involucra a toda su familia.
"Trabajo con mi familia" , relató con orgullo, al revelar que la labor se extiende a sus hijos, a su nuera, e incluso a la chica que colabora en su casa, y cada miembro aporta su granito de arena, desde la elaboración hasta la venta, creando un engranaje perfecto.
La receta de la mamá
El secreto de las empanadillas reside en la receta de su madre, un tesoro transmitido de generación en generación, mientras que su padre y su hermano, desde la localidad de General Güemes, se encargan de la elaboración del dulce de cayote, el ingrediente estrella que le da un sabor inigualable.
"Mi mamá nos enseñó a hacer la empanadilla y ahora la vendemos nosotros", afirmó Luis, al develar el origen de este emprendimiento familiar, al que él se dedica desde 2018, aproximadamente.
Luego, precisó que su hermano también vende este producto en inmediaciones de la terminal de General Güemes, que es su pueblo natal.
Luis se crió en General Güemes y vivió en diferentes rincones del interior de la provincia, pero en la ciudad de Salta encontró finalmente su lugar.
Padre de cinco hijos, de los cuales son dos varones los que lo acompañan en la elaboración y la venta de las empanadillas, mientras que sus hijas, que también ayudan, se dedican a sus estudios para ser docentes.
La importancia para la economía familiar
"Los dos varones viven conmigo. Trabajamos y vivimos de esto nomás", explicó, al dejar entrever la importancia de este negocio en la economía familiar, y agregó: “uno de mis hijos hace la masa en casa y hornea las empanadillas, y el otro las vende conmigo”.
Cada día, Luis vende "aproximadamente una bandeja; a veces vendemos diez paquetes, otras 15 o 20, a la mañana y a veces otros a la tarde", según él mismo indicó, tras lo que resaltó que las ventas le permiten cubrir los gastos del hogar, desde la luz hasta la materia prima, e incluso costear los estudios de algunos de sus hijos.
Por eso, para su familia, cada empanadilla vendida es un paso más hacia un futuro mejor.
Con alma de ambulante, una actividad noble con un valor clave en la economía popular, Luis destacó que a las empanadillas las vende en bolsitas de cuatro unidades, al precio de $4.000.
"Es todo casero, el dulce, la masa, todo es casero", subrayó Luis, y destacó la calidad y el cuidado que ponen en cada detalle durante la elaboración.
La fidelidad de los clientes
Su sabor dulce y reconfortante invita a hacer una pausa y disfrutar del momento, con un café de por medio o simplemente al paso: “Es como toda masita. Los clientes la piden un tiempo, luego hacen una pausa para no cansarse ni empacharse, y después vuelven”.
Luis logró fidelizar a sus clientes, quienes lo visitan semanalmente para deleitarse con sus empanadillas. Incluso, muchos las compran para llevar al interior, extendiendo así el alcance de su sabor.
"Me compran también para llevar al interior. Son dos o tres docenas", contó con satisfacción.
La jornada de Luis comienza temprano, alrededor de las nueve de la mañana, y se extiende hasta las 13.30, mientras que, luego de un breve descanso, retoma la venta a las 16.30, hasta las ocho de la noche.
Su punto de venta está expuesto a las inclemencias del tiempo, por lo que estas épocas de persistentes lluvias complican la actividad: “Nos refugiamos bajo el techo mientras llueve, y cuando para un poco, volvemos a salir”, explicó con resignación.
A pesar de las dificultades, Luis no se rinde y continúa trabajando con esmero y dedicación: "hay que buscar día a día, porque si no, no sale", concluyó, reflejando su espíritu emprendedor y el compromiso con su familia.