Nelson es salteño, tiene 54 años y lleva adelante un emprendimiento de venta de pastelitos criollos o, más conocidos como “pastelitos patrios”.
Su historia puede ser parecida a otras, como cientos de argentinos que quedaron sin trabajo producto del aislamiento en pandemia y tuvieron que reinventarse, sin embargo, la de este hombre es particularmente distinta, porque además del sacrificio diario pone todo el amor a cada uno de sus productos que, sin dudas, lo hacen más ricos e imposible de no probar.
Nelson ya lleva tres años en una de las esquinas más concurridas de Salta, Sarmiento y Leguizamón, y recuerda esa fecha con exactitud porque, según cuenta, coincide con la fecha de la procesión en honor al Señor y La Virgen del Milagro.
Después de la pandemia se quedó sin trabajo, luego de treinta años como encargado de la seguridad de un boliche: “ya llevábamos más de un año sin boliches y me avisaron que iban a cerrar y yo tenía a mis dos hijos estudiando, uno en el terciario y otra en la universidad y no sabía cómo iba a hacer”, recuerda Nelson de la angustia que lo invadía por esos días.
Nelson comparte su vida con su esposa desde hace 31 años, además su familia está compuesta por una hija de 30 y un hijo de 26, ambos recibidos, cuenta con mucho orgullo por el esfuerzo que eso significó en aquellos días.
Un poco de historia
Los pastelitos criollos son un tipo de bocadito dulce de la cocina de Argentina, Paraguay y Uruguay, hechos con una masa crocante y hojaldrada. Para rellenarlos se puede utilizar dulce de membrillo, dulce de leche o batata.
En Argentina están vinculados a la celebración del 25 de mayo de 1810, año en el que Argentina conformó su Primer Gobierno Patrio. La tradición relata que algunas damas de la época llevaban en su cabeza canastas llenas de pastelitos para festejar el acontecimiento. Uno de los típicos pregones con el que los vendedores de pastelitos durante la época colonial anunciaban su producto era: «¡pastelitos calientes que queman los dientes!».
La forma tradicional en algunas provincias son rellenos con dulce de membrillo y forma de pañuelo envuelto, los que luego de fritos se bañan con almíbar. En la actualidad el relleno de dulce de batata responde al paladar moderno. En el año 2021 se hizo una encuesta a nivel nacional y resultó ganar el relleno de batata por más de 56%.
El sabor que conoció en la “Ciudad de las Diagonales”
Sobre cómo se le ocurrió la idea de vender estos pastelitos criollos tan sabrosos, Nelson recordó en 1990 cuando terminó la secundaria, se instaló en La Plata para empezar una carrera universitaria, lo que no prosperó y tuvo que regresar a Salta. Por esos días en la “Ciudad de las Diagonales” conoció este bocadito relleno de membrillo o batata, cocido con una delicada fritura y un crocante perfecto que se deshace en la boca.
Estos sabores volvieron a la memoria en aquellos días difíciles de postpandemia y supo de inmediato que debía empezar con este emprendimiento ya que en Salta sólo se comía este dulce en fechas patrias y, en alguna que otra ocasión, cuando las abuelas elaboraban esto en casa.
“Cuando llega la fecha patria del 9 de Julio, las panaderías suelen tener a la venta los llamados pastelitos criollos, sin embargo, una vez terminado el evento festivo, suele escasear este producto que lleva batata o membrillo”, explica el vendedor más famoso de la esquina de Sarmiento y Leguizamón.
A Gente de Salta, Nelson contó que cuando quiso empezar de manera oficial su emprendimiento y, sin tener ningún conocimiento de panadería, le pidió a su hijo que buscara de You Tube algún tutorial “fácil” sobre cómo prepararlos. “De los cientos de recetas que había, apareció una para emprendedores, con los ingredientes básicos: sal, harina, grasa, agua y manteca que es para hacer el hojaldre” detalla el vendedor.
A base de prueba y error el hombre pudo finalmente elaborar los primeros 10 pastelitos que vendió a la vuelta de su casa, luego fue elaborando cada vez más hasta que en la actualidad produce entre 100 y 150 unidades diarias.
Párrafo aparte es la ubicación que encontró, en la intersección de Sarmiento y Leguizamón afuera de una heladería muy conocida, para vender su producto. Nelson recordó que hubo una época muy difícil donde caminaba varios kilómetros por día, yendo y viniendo ofreciendo sus pasteles, hasta que una mañana agotado, decidió sentarse afuera de dicha heladería para tomarse un breve descanso, cuando grata fue su sorpresa al observar que la gente le empezó a preguntar qué vendía y pronto remató todo lo que llevaba encima. “Ahí dije el lugar es acá, pedí permiso a la heladería y vendo cada mañana hasta que ellos abren.
Una jornada laboral de Nelson empieza muy temprano, a las 3 de la madrugada, cuando comienza a fritar, tarea que le lleva por lo menos hasta las 6 de la mañana; de allí toma sus cosas y camina hasta el punto de venta. Generalmente entre las 10 y las 11 de la mañana ya logra vender todo. Luego, emprende el regreso a casa donde, tras un breve descanso, empieza a elaborar de nuevo para el día siguiente.
Los pastelitos criollos se venden a tres unidades por $1000 o si llevás media docena, va otro de regalo.
Hoy Nelson es conocido como el “señor de los pastelitos”, y si bien hay que destacar que son muy ricos, también la gente suele volver por lo amable de su trato y la cálida sonrisa que ayuda a empezar el día de otra manera.