El valor de aburrirse: por qué el “no hacer nada” también educa a chicos y adolescentes

Con la llegada de las vacaciones, muchos niños y jóvenes se enfrentan por primera vez a tiempo libre sin agenda. Especialistas y familias reflexionan sobre la importancia de correrse de la hiperactividad programada y las pantallas para favorecer la autonomía, la creatividad y el contacto con el propio deseo.

Por Maritchu Seitún

Los niños deben dedicar tiempo para la nada misma, el aburrimiento, el no-plan — .

Durante el año escolar, chicos y adolescentes transitan días marcados por horarios, consignas y actividades pautadas. La escuela, las clases extraescolares, los deportes y hasta los fines de semana organizados dejan poco margen para la elección personal. Pero cuando llegan las vacaciones, ese esquema se rompe y aparece un desafío inesperado: el tiempo libre.

Acostumbrados a que siempre haya un adulto indicando qué hacer y cuándo hacerlo, muchos chicos se encuentran con horas disponibles que no saben cómo usar. En ese vacío emergen el aburrimiento, la frustración y, casi de manera automática, el recurso a las pantallas como refugio.

Padres y madres reconocen que, durante el año, suelen excederse en la cantidad de actividades organizadas. Una agenda llena parece ofrecer múltiples beneficios: menos pantallas sin necesidad de prohibiciones, menos peleas entre hermanos, menos interrupciones al trabajo adulto y menos reclamos. Sin embargo, ese mismo modelo tiene efectos colaterales.

Chicos y adolescentes se encuentran con un montón de tiempo disponible que a menudo no saben usar

La falta de tiempo para el ocio no estructurado dificulta el desarrollo de la iniciativa personal, la creatividad, la imaginación y la autonomía. “Si nunca tienen la oportunidad de elegir, de equivocarse o de aburrirse, tampoco pueden descubrir qué les gusta, qué los entusiasma o qué los motiva”, coinciden quienes reflexionan sobre el tema.

En vacaciones, esta carencia se vuelve evidente. Muchos chicos no saben entretenerse sin que alguien los dirija o sin una pantalla de por medio. Y es que el consumo digital, lejos de ser una elección libre, funciona como un estímulo constante de placer inmediato: contenido que libera dopamina, genera dependencia y nunca termina de saciar.

El inicio del receso aparece entonces como una oportunidad. No para llenar el calendario con nuevas propuestas, sino para revisar junto a los chicos qué actividades valen la pena y cuáles no. Elegir pocas, de calidad, y acompañarlos también en la frustración de aquello que quedará afuera. El miedo a perderse algo —el conocido FOMO— pesa fuerte, especialmente en una sociedad de consumo que empuja permanentemente a hacer más.

Dejar tiempo para “la nada” no es sencillo. Los primeros días suelen estar cargados de quejas y caras largas. Pero con el correr del tiempo, empiezan a surgir los juegos en los más chicos y, en los más grandes, las lecturas, los paseos, las invitaciones o los proyectos personales. A veces hace falta una ayuda inicial: proponer una vuelta en bicicleta, cocinar algo juntos, armar un rompecabezas o rescatar juegos de mesa olvidados.

Dejemos en este mes tiempo para la nada misma, el aburrimiento, el no-plan

La creatividad y la imaginación también se entrenan. El llamado estado de flow —concepto desarrollado por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi— es ese momento en el que la concentración es total, el tiempo parece volar y el esfuerzo no pesa. Pero para llegar ahí es necesario tiempo, ensayo y error, algo difícil cuando cada minuto libre está ocupado o mediado por una pantalla.

Darles ese espacio implica más paciencia y más discusiones que optar por la solución rápida. Sin embargo, apostar al aburrimiento como punto de partida es también apostar a que chicos y adolescentes puedan mirar hacia adentro, conectarse con sus intereses reales y construir una relación más sana con el tiempo libre.

En un mundo que invita constantemente a consumir y a estar ocupados, aprender a no hacer nada puede ser, paradójicamente, una de las lecciones más valiosas de las vacaciones.