Hay algo obsceno en la Argentina de hoy. No es solamente la pobreza. No es solamente el ajuste. No es solamente la violencia verbal convertida en política de Estado. Lo obsceno es la convivencia naturalizada entre funcionarios que perciben salarios millonarios, dirigentes que acumulan privilegios y millones de argentinos que deben elegir si comen, si compran remedios o si pagan la luz.
El gobierno de Javier Milei llegó al poder impulsado por una promesa de cambio profundo, con el discurso de la ruptura de una “casta política” que con el tiempo convirtió al Estado en un negocio y a la sociedad en benefactora o rehén. Llegó también de la mano de los medios tradicionales y sobre todo de las redes sociales, que transformaron la indignación en capital político y la provocación en estrategia electoral. Sin televisión, sin cámaras y sin plataformas digitales, el fenómeno libertario difícilmente hubiera alcanzado la Casa Rosada.
Pero una vez en el poder, la misma maquinaria que los impulsó se transformó en enemigo. Los medios pasaron a ser "ensobrados", los periodistas "operadores", y cualquier crítica se convirtió en un ataque contra “la libertad”. La lógica del enfrentamiento permanente reemplazó a la discusión política y el discurso de odio pasó a ser una herramienta cotidiana de construcción de poder.
En ese esquema, Manuel Adorni se convirtió en mucho más que un vocero. Se transformó en el rostro de una forma de gobernar basada en la confrontación, la ironía y la espectacularización de la política. Una política que dedica más energía a la supuesta batalla cultural que a responder la pregunta más elemental: ¿cómo vive hoy la gente común?
La política celebra indicadores macroeconómicos, los mercados festejan la desaceleración de la inflación y se multiplican los discursos triunfalistas, pero mientras tanto, millones de trabajadores saben que esos números no les modifican la vida. La inflación puede bajar en las planillas, pero en los hogares argentinos la discusión sigue siendo la misma: qué comida se compra, cuál se deja de comprar, qué medicamento puede esperar y qué boleta se paga este mes.
La macroeconomía puede ofrecer alivio a los grandes operadores, pero al trabajador que perdió poder adquisitivo, al jubilado que recorta remedios y a la familia que saltea comidas, ésta no le hace ni cosquillas.
Y sin embargo, la escena más brutal persiste: niños buscando comida en la basura. Una imagen que debería avergonzar a cualquier gobierno, de cualquier signo político, y a toda una dirigencia que hace décadas promete transformaciones profundas que nunca llegan para quienes más las necesitan (Proverbios 14:31-32)
El verdadero fracaso argentino no pertenece a un partido ni a una ideología. Es el fracaso de una clase dirigente que, elección tras elección, promete servir a la sociedad mientras conserva privilegios que la mayoría jamás conocerá. Cambian los discursos, cambian los colores partidarios, cambian los enemigos elegidos para alimentar la grieta, pero la obscenidad permanece intacta: funcionarios con salarios y beneficios extraordinarios administrando un país donde millones de chicos pasan hambre y frío.
Hoy la figura de Manuel Adorni expone, para muchos, las contradicciones de un gobierno que prometió terminar con los privilegios y combatir a la casta. Pero alcanza con mirar más allá de la Casa Rosada y recorrer las provincias argentinas, provincias como Salta (tan linda que enamora, pero tan pobre que estremece) para comprender que el problema es mucho más profundo.
Los privilegios del poder no tienen una sola bandera política, y menos aún si éstas se entremezclan a conveniencia y pierden identidad. Se enquistan, se reproducen, se adaptan y sobreviven a cada cambio de gobierno.
Porque la corrupción del hombre no comienza en sus manos, sino en su corazón. Así lo enseñó Jesús al advertir que es del interior del ser humano de donde brotan las malas intenciones y las obras que destruyen (Mateo 15), y así también lo recuerda el profeta Jeremías cuando afirma que el corazón humano puede ser engañoso y difícil de conocer. En otras palabras, las acciones de una persona son, en gran medida, el reflejo de aquello que cultiva en su interior.
Por eso, la verdadera transformación de quien aspira a servir al pueblo trasciende ampliamente las capacidades intelectuales, la formación académica, la experiencia de gestión o cualquier capacitación técnica. Lo que debe ser cuidado, examinado y transformado es el corazón desde el cual se ejerce el poder.
También las palabras tienen un peso que la política suele subestimar. Los discursos, las promesas y las ideas no son inocuos: pueden construir o destruir, levantar o derribar, sanar o herir. La sabiduría bíblica lo expresó hace siglos al afirmar que en la lengua habitan la vida y la muerte, y que una pequeña chispa puede desatar un gran incendio (Proverbios 18:21, Santiago 3:5-10)
Los que están a la cabeza, los primeros mandatarios, se beneficien o no directamente de todo esto, conducen un sistema y cargan con la responsabilidad de tolerarlo, sostenerlo o no combatirlo.
Tal vez el verdadero cambio que la Argentina necesita no tenga que ver con una batalla cultural, ni con una guerra contra periodistas, ni con insultos en redes sociales, ni con conferencias de prensa convertidas en espectáculos.
Tal vez el verdadero cambio empiece el día en que la política entienda que ninguna victoria económica, ningún relato ideológico y ninguna discusión partidaria pueden considerarse exitosos mientras exista un solo niño buscando comida entre la basura y eso no le conmueva el corazón a quien tiene las herramientas para hacer algo al respecto. ¿Acaso el cambio real estará en la transformación del corazón de quienes ejercen la toma de decisiones, o al menos, de qué lo alimentan?