La mañana del 25 de diciembre en Salta se despliega como una postal de serenidad inusual. Las calles, prácticamente vacías y notablemente limpias, ofrecían un contraste marcado con la efervescencia de la noche anterior. Algunas figuras solitarias regresaban a sus hogares, mientras que otras parecían suspendidas en una burbuja temporal, ajenas al ritmo habitual de la ciudad.
La tradición argentina dicta que el corazón de la celebración navideña late con fuerza durante el 24, extendiéndose en festejos bulliciosos hasta las primeras luces del 25. Sin embargo, con la llegada del día de Navidad, la energía se atenúa. Las familias se reúnen alrededor de la mesa, compartiendo los remanentes de la cena de Noche Buena, mientras que otros ceden al llamado del descanso reparador.
A pesar de las prohibiciones que buscan regular su uso, el eco de los fuegos artificiales resonó durante la noche. Se recibieron algunos reportes, aunque escasos, sobre atenciones de urgencia en las guardias médicas, presumiblemente relacionadas con su manipulación.
Un rasgo distintivo de esta Navidad fue la notable ausencia de los improvisados basurales que solían proliferar frente a los comercios más concurridos durante la víspera. La limpieza temprana contribuyó a una atmósfera más pulcra y ordenada, marcando una diferencia palpable con años anteriores.
Los comercios del centro permanecen cerrados, con la excepción de lo que sucede en los barrios, donde sus propios dueños disponen atenciones en horarios especiales.