“Qué rica que sos —le dijo Roberto Giordano—, sos hermosa”. Tras cruzar miradas toda la noche durante una convención empresarial a fines de los 90, una joven salteña sin querer llamó la atención del empresario y estilista, quien pocos años después —se supo— recibió fondos del depredador Jeffrey Epstein.
Isabel Alé, de veintipocos por entonces, llegó a esa noche de verano en el Hotel Costa Galana, en Mar del Plata, tras quedar seleccionada en una pasantía de Telecom. Giordano, en el mismo evento y después de dar una charla sobre cómo levantó su imperio desde un garaje, se acercó a ella y la acribilló a preguntas: “¿De dónde sos? ¿Cómo te llamás? ¿Dónde te encuentro?”.
Roberto, aclamado y querido por muchos, se dedicó —como tantos estilistas y hombres de la moda— a tocar y retocar mujeres para que fueran lo suficientemente bellas para caminar sus pasarelas. Diez años antes de Alé, había descubierto en Entre Ríos a una Valeria Mazza de 15 años, que luego se convertiría en su modelo estrella.
Isabel llegó a esa noche de 1998 después de completar cuatro años de la carrera de Administración de Empresas en la Universidad Católica de Salta (UCASAL). Aunque había llamado la atención del empresario de moda —por entonces de moda—, ella ya tenía “un amor”, contó a Gente de Salta.
“Me sentí muy halagada, más que nunca. Pero, de todas maneras, no me sentía linda: en Salta, ser alta no era sinónimo de belleza”, recuerda. “Y aunque yo sabía que él buscaba modelos más o menos de mi altura, no me sentía del todo segura”.
Décadas después, el nombre de Roberto reaparecería en un contexto muy distinto.
A comienzos de este año, documentos desclasificados por la Justicia de Estados Unidos convirtieron a Giordano en el primer argentino, por ahora, vinculado con Jeffrey Epstein. Los archivos muestran una transferencia de 500 dólares en 2006 que hoy, 20 años y algunas devaluaciones después, tiene otra dimensión.
Para Isabel, la vida siguió en el campo salteño con el “amor” que ya tenía: Rafael Rivero D’Andrea, ingeniero y empresario del agro sojero, con quien años después se casó. En 2002 tuvieron a Isabel y más tarde, en 2004, nació Isolina, su segunda hija.
Durante ocho años más la vida de los Rivero-Alé siguió igual hasta el primer día de marzo del 2012, cuando una infección ocasionada por un virus redujo la familia a tres. Isabel, ese jueves, enviudó.
Pasó de los campos de soja a las oficinas en la ciudad, donde volvió a ejercer su profesión para criar y mantener a sus dos hijas. Allí convivió muy de cerca con el poder, aunque esta vez no fuera el de las pasarelas.
De la vida de Giordano se supo que terminó un día de noviembre de 2024, en Buenos Aires, tras un suicidio financiero, deudas millonarias y —principalmente— problemas cardíacos. Cinco años antes y a 8.500 km de distancia, Jeffrey Epstein se “suicidó” en una cárcel, previo a enfrentar su juicio por tráfico sexual y conspiración.
En Salta, la vida siguió para Isabel.
Su hija mayor es una estudiante avanzada de Comercio Internacional. La menor acaba de completar la mitad de la carrera de Periodismo, no solo la continúa: agregó Relaciones Internacionales a su preparación. Ambas en las mismas aulas donde su madre se preparó para ser quien es.
A veces vuelve a esa charla en el hotel frente a la playa de Mar del Plata, donde ella respondió: “Soy Isabel, soy de Salta la linda” y no mucho más dice ella, como si fuera poco.
“Capaz vio una morocha, salteña, alta, con rasgos árabes que le habrán parecido exóticos”, supone Isabel que pensó Roberto Giordano cuando se le acercó y le dijo lo que le dijo.
Es posible que Giordano haya visto en ella una potencial modelo. Otros, años después, vieron a una mujer que merecía ser retratada, a alguien capaz de moverse con naturalidad en ámbitos de poder. A una madre que les enseñó a sus hijas que una carrera es mejor que cualquier cuerpo.
“No te voy a mentir —admite— a veces me arrepiento”.
Y eso fue todo. La vida siguió y, según ella, fue una vida buena.