Territorio en permanente disputa geopolítica

La primera mujer del mundo nacida en la Antártida tiene sangre salteña: "No me llevé nada de allí porque Salta vive en mí"

Marisa de las Nieves Delgado es la segunda persona en el mundo nacida en el continente blanco. Estudió y se crio enla provincia y radicada en Nueva York creó una Fundación para los nativos antárticos que luchan por su pertenencia.

Por María Fernanda Navarro de Haz

Marisa Delgado — - (GdS)

El 27 de mayo de 1978, en una de las geografías más extremas del planeta, llegó al mundo Marisa Delgado. A miles de kilómetros de cualquier ciudad y en un territorio al que muchos solo imaginan como un laboratorio natural, nacía la primera mujer en la Antártida, segunda persona en la historia en ver la luz en el continente blanco. 

Su relación con Salta, le cuenta a Gente de Salta, comienza con sus padres que se criaron en la provincia, ella hizo su colegio secundario y además la casa salteña de los abuelos era el paso obligado de todas las vacaciones de Marisa. Los progenitores fueron destinados a la Base Esperanza, llevaban meses adaptándose al invierno polar cuando la maternidad irrumpió, como parte auténtica de la vida cotidiana de una familia argentina en el continente antártico. 

Marisa pasó los primeros siete meses de su vida rodeada de hielo, viento y un horizonte que parecía infinito. No recuerda ese paisaje con la memoria visual de una niña, pero sí con una memoria emocional que atravesó toda su vida. La Antártida siempre estuvo presente: en las fotos familiares, en las anécdotas de campaña, en los regresos de su padre, que viajó al continente nada menos que ocho veces más.  

“Mi papá era como el guardián de mi tierra”, cuenta, mientras ella crecía durante su infancia en Buenos Aires, se trasladó en la adolescencia a Salta, pero su origen estaba, de algún modo, siempre ahí. 

Marisa Delgado entre los perros polares

Una infancia entre Buenos Aires, Salta y un territorio imposible de olvidar 

Aunque nació en el extremo sur, Marisa se crio en Buenos Aires, entre escuelas, amigas y una vida que parecía muy normal. Pero Salta también se volvió parte esencial de su historia. Aquí vivían sus abuelos paternos y pasaba cada verano, también terminó el secundario y quedaron las amistades más profundas. “No me llevé nada de Salta porque Salta vive en mí”, dice, sintetizando ese lazo silencioso que une territorio y afecto. 

La Antártida, en cambio, era una presencia distinta. Difusa pero firme. Con el tiempo, Marisa fue entendiendo que su lugar de nacimiento no era algo habitual y que su DNI llevaba un dato que generaba silencios, curiosidad o incredulidad. En la escuela casi no se enseñaba sobre el continente blanco, los trámites eran complejos y el reconocimiento oficial, escaso. “Me di cuenta de que no éramos muchos los que compartimos el mismo suelo natal”, recuerda. Y esa rareza se volvió, con los años, un capítulo profundo de su identidad. 

En el 2000, con 21 años, finalmente pudo regresar a la Antártida. Fue un viaje breve pero transformador. “Sentí que volvía a un lugar mío, aunque no tuviera recuerdos”, dice. Quedó impactada al descubrir que muchas de las viviendas de su época ya no existían, que la historia material se había ido borrando con el tiempo. Ese contraste —la emoción del regreso y el dolor de lo perdido— marcó un antes y un después. 

De abogada a narradora de una identidad silenciada 

Marisa estudió Derecho en la Universidad de Lomas de Zamora, ejerció en Buenos Aires y más tarde en Nueva York, ciudad a la que se mudó tras conocer a su marido. La vida profesional avanzaba, pero la pregunta por la Antártida nunca desaparecía. El reconocimiento jurídico de los nacimientos, la falta de información en documentos oficiales, el borramiento histórico de las familias que vivieron allí: Todo eso fue impulsándola hacia un camino que todavía no sabía que iba a emprender. 

Con el tiempo, y ya conectada con otros argentinos nacidos en el continente blanco, surgió la idea de crear una organización que recuperara esa parte olvidada de la historia. Así nació Native Antarcticans – Nativos Antárticos, una fundación formada por los once argentinos nacidos allí. “Somos la prueba viva de que la vida también se abrió camino en un lugar que muchos suponen sin historia humana”, explica. 

La misión es clara: Contar lo que nadie cuenta. Que la Antártida es ciencia, sí, pero también comunidad, familia, hijos nacidos en el extremo del mundo y una identidad que no figura en los manuales. 

Reivindicar el territorio desde lo humano 

Para Marisa, la Antártida es un símbolo de cooperación internacional, de ciencia y de paz. Pero también es su primer hogar: el lugar donde el amor, el sacrificio y la valentía de sus padres permitieron que comenzara su vida. “Mi historia está hecha de raíces. No puedo pensarme sin mi origen”, resume. 

La fundación hoy realiza charlas, talleres, encuentros y proyectos educativos. Trabajan para que las nuevas generaciones comprendan la dimensión humana de la Antártida y para que el país reconozca formalmente su aporte histórico. También impulsan expediciones, encuentros entre nativos, y sueñan con regresar juntos algún día al continente que los vio nacer. 

Marisa Delgado de pequeña

Mientras tanto, ya radicada nuevamente en Argentina, más precisamente en Mendoza acompañando a su madre, tras el fallecimiento de su padre, continúa construyendo puentes entre los territorios que la formaron: Buenos Aires, Salta, la Antártida y su vida entre paréntesis en Estados Unidos.  

Su historia —como la de los once nativos antárticos— es también un recordatorio de algo esencial: Que incluso en los lugares más extremos, donde la naturaleza gobierna con ferocidad, la vida humana encuentra la forma de abrirse camino.

Cuando ella nació, un total de ocho familias estaba apostadas. Las dificultades, infinitas. No tenían cloacas ni agua corriente, por lo que debían ir a buscar hielo a 300 metros, picarlo y procesarlo para obtener agua. La alimentación se basaba en productos deshidratados, y los lujos eran escasos. “Mi hermana siempre esperaba las encomiendas de mi tía porque le mandaba una manzana o una pera. Era un lujo tener una fruta fresca”, recuerda Marisa. 

Cada uno de los adultos cumplía un rol crucial. El padre de Marisa era el cocinero oficial y cada mañana se trasladaba al edificio principal y preparaba los desayunos, almuerzos, meriendas y cenas para todas las familias y para el personal que vivía en la base. Las mujeres retiraban las viandas que le correspondían para su familia y las raciones de alimentos eran equitativas según la cantidad de integrantes. “Tuvo que aprender a cocinar de cero porque, por ejemplo, la cebolla era en polvo, el ajo también, las frutas y verduras disecadas”, aclara sobre la labor paterna. Todos se movían en las largas distancias en motos o trineos tirados por perros polares. 

Marisa Delgado es abogada y preside la Fundación 

En total se dieron once nacimientos, ocho de ellos correspondientes a familias argentinas y otros tres de padres chilenos. A fines de los años 70, Argentina quiso propiciar que algún niño de esa nacionalidad naciese en la Antártida, como apoyo para su reivindicación de soberanía sobre un sector del continente helado. El plan se cumplió el 7 de enero de 1978, cuando Emilio Marcos Palma, hijo de un teniente coronel del Ejército, nació en la Base Esperanza. El segundo parto se dio con el nacimiento de Marisa, la primera mujer. 

El reconocimiento oficial también fue una lucha porque la base militar donde se dieron los nacimientos y que albergaba toda la documentación de aquellos años, se incendió. “Hasta hace poco ni siquiera tenía mi partida de nacimiento”, revela Marisa, que el año pasado con 45 años tuvo que ir a gestionarla a Ushuaia. En 2003, el Congreso de la Nación entregó un reconocimiento a los nacidos en la Antártida, y en 2023 Marisa logró contactarse con los otros argentinos que comparten su particular historia.  

Con información de TN