Símbolos ancestrales en lenguaje urbano

Los “cholets” de El Alto: Identidad andina irrumpe en la arquitectura urbana

Entre espejos, led y símbolos ancestrales, los cholets encarnan el cruce entre herencia indígena, movilidad económica y una estética sin precedentes.

Por Javier Corbalán

cholets de Freddy Mamani — (Getty)

En las alturas frías de la Paz, donde la puna se hace sentir y la ciudad parece sostenerse sobre el cielo, una serie de edificios multicolores comenzó silenciosamente a cambiar la forma en que Bolivia imagina su propio futuro urbano. Sus fachadas, cargadas de geometrías luminosas, atraen la mirada de quienes circulan por avenidas que, hasta hace poco, estaban dominadas por ladrillos desnudos y construcciones levantadas sin pretensión estética.

Sólo después, al entrar, se entiende que detrás de esa explosión visual está la mano de Freddy Mamani Silvestre. Desde 2005, este constructor convertido en ingeniero civil ha impulsado un estilo que rompe con la sobriedad altiplánica y propone una estética que combina tradición aymara y fantasía futurista. En El Alto una de las ciudades más vibrantes de los Andes, habitada en gran parte por migrantes del altiplano su arquitectura se transformó en una expresión visible de ascenso económico, orgullo cultural y experimentación visual.

Cholets

Dentro de estas estructuras, conocidas popularmente como “cholets”, la distribución responde a una lógica tanto práctica como simbólica. La planta baja se destina a un local comercial, el primer piso, a grandes salones de fiesta iluminados por lámparas brillantes; más arriba se ubican departamentos destinados al alquiler o a la familia extendida. Coronando el volumen, una suerte de vivienda mirador acristalada funciona como residencia del propietario, un gesto que eleva literal y figuradamente la nueva posición social de quienes las habitan.

El Alto adopta un estilo que mezcla tradición y futurismo.

La estética que propone Mamani no surge en el vacío. Bolivia, conquistada por el Imperio inca primero y luego por los españoles, pasó gran parte de su historia republicana relegando las expresiones indígenas al ámbito rural o folclórico. Recién en 2005, con la elección de Evo Morales como primer presidente de origen indígena, esa herencia comenzó a ocupar un lugar central en el discurso público. Ese mismo año, Mamani presentó su primera obra. No se formó como arquitecto, pero su experiencia como albañil y luego como ingeniero civil le permitió retomar un lenguaje visual que había permanecido disperso en textiles, cerámicas y símbolos ancestrales.

La obra de Mamani impulsa un movimiento arquitectónico propio.

La cultura aymara a la que él pertenece está presente en cada superficie. Sus fachadas evocan aguayos: los textiles tradicionales, intensos, geométricos, cuya iconografía animal y cromática aparece reinterpretada en ventanales, molduras y paneles decorativos. También figura la chakana, o cruz andina, un símbolo de equilibrio entre mundos espirituales y terrenales, aparecen referencias a ruinas incas, cerámicas precolombinas y patrones que parecen desplazarse entre lo ancestral y lo digital. A todo esto se suman influencias inesperadas: la ciencia ficción, las naves espaciales, la estética brillante de los videojuegos. Mamani combina estos mundos sin jerarquías, como si el futuro pudiera construirse a partir de fragmentos de la memoria andina.

El interior de un cholet refuerza esa apuesta. Allí, el yeso se curva en formas casi escultóricas, pintadas en colores que parecen moverse con la luz. Los techos se despliegan en relieves, espejos y destellos LED que multiplican el espacio y ofrecen una experiencia sensorial que algunos describen como festiva y otros como onírica. Lo singular es que Mamani evita los softwares de modelado. Prefiere dibujar directamente en las paredes de la obra o explicar sus ideas a mano alzada, confiando en la comprensión de los mismos trabajadores con los que creció en la construcción informal de El Alto.

Cholets: color, identidad y una nueva modernidad andina.

Con el tiempo, esta estética dejó de ser una rareza para convertirse en un movimiento cultural. El término “cholet”, inicialmente usado con tono irónico, terminó adoptado como nombre propio del fenómeno. La obra de Mamani ha generado documentales uno de ellos exhibido en el Festival de Cine de Arquitectura de Róterdam, libros fotográficos y un creciente interés académico que estudia sus edificios como un artefacto social: un manifiesto visual del nuevo orgullo indígena y de la movilidad económica de la región.

Su influencia también alcanzó a otros creadores. Arquitectos como Santos Churata replican elementos del estilo neoandino, pero los combinan con referencias explícitas a la cultura pop contemporánea: fachadas con formas robóticas, detalles inspirados en Transformers o composiciones que parecen construidas para ser vistas tanto desde la calle como desde un dron. El Alto, una ciudad que crece hacia arriba y hacia afuera, sin un plan maestro definido, encontró así un lenguaje propio, inconfundible, que conecta tradición, modernidad y deseo de futuro.

En una urbe donde cada edificio cuenta una historia del gran esfuerzo familiar, los cholets de Mamani se han convertido en una declaración abierta, una forma estridente, colorida y profundamente identitaria de decir quiénes son los nuevos dueños de la ciudad y qué lugar imaginan para sí mismos en el paisaje cultural del país vecino.