“La esencia del pecado es que el ser humano se coloca a sí mismo en el lugar de Dios; en cambio, la esencia de la salvación es que Dios se coloca a sí mismo en el lugar del ser humano” (John Stott)
El domingo pasado escuché esta frase de John Stott y todavía no puedo quitármela de la cabeza. Y es que esta frase no solo explica la razón de la muerte de Jesús, sino también la razón de su nacimiento: la sustitución.
En su libro La cruz de Cristo, Stott muestra que el concepto de “sustitución” está en el centro del pecado humano y de la salvación que Dios ofrece.
El pecado no es solo esa tendencia a “hacer cosas malas” o ese monstruo que todos llevamos dentro y que a veces aparece incluso sin querer. El pecado es que el ser humano se sienta en el lugar de Dios, decide qué es el bien y qué es el mal, qué vale y qué no vale. El resultado es la destrucción de su propia vida y de su entorno. ¡Es la tiranía del Yo y del sistema que creamos al alejarnos de la Luz!
La salvación, en cambio, es el movimiento inverso. Dios ocupa el lugar del ser humano. No nos pide que subamos hasta Él; Él desciende. Se hace un bebé vulnerable en los brazos de una madre joven. Se hace pobre. Llora, ríe, canta, juega, camina, acompaña, come, enseña, se enoja, perdona, libera y ama.
Se hace carne, como nosotros, pero con una diferencia: está “lleno de gracia y de verdad”. Muere en una cruz para perdonar toda nuestra miseria y nuestro pecado. Y resucita para darnos una vida nueva. Esa nueva humanidad, lejos de los parámetros individualistas de nuestra sociedad, tiene consecuencias comunitarias e integrales:
Y así, al cambiar el centro de nuestro poder, Cristo convierte la mentira en verdad, la soberbia en humildad, la injusticia en justicia, la violencia en paz, la acumulación en reparto, el egoísmo en solidaridad y el odio en amor.
No es venganza: es sustitución por amor.
“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14)
Sobre el autor Daniel Scott
Es licenciado en Ciencias Políticas y junto a su esposa Marta y su hijo viven en los Países Vascos como misioneros cristianos, un territorio que aunque dependa del estado español, tiene su propia identidad, idiosincrasia y luchas territoriales.
Son una familia argentina, que vivió unos años en Salta, y que decidió instalarse hace algunos años a trabajar codo a codo con una sociedad muy despreciada en materia de derechos, como lo son los vascos.
Un un lugar donde se avasallan los derechos a vivienda ya que en tiempos de turismo expulsan a los habitantes de sus hogares para alquilar sus casas o departamentos, y las familias deben acampar donde puedan mientras dura la temporada.
Daniel y Martu escriben, luchan y exponen esta situación a través de las redes y los medios nacionales españoles; también llevan la bandera de la inclusión para las personas con autismo, situación que les toca en su familia de cerca.
Aman a Dios y a las personas, y se pusieron al hombro una pelea por el pueblo vasco. Daniel además rapea y dedica en euskera (lengua milenaria y la más antigua de Europa) y en castellano, canciones y versos al Rey, y también en reclamo por las situaciones sociales que atraviesan donde viven.