Como hace poco retomé mi carrera universitaria —gracias, gracias, pueden dejar de aplaudir— paso mucho tiempo tomando nota, y para eso necesito, inevitablemente, una mesa y una silla.
Acondicioné la oficina en casa para estar más cómoda durante las cuatro horas que dura cada clase. El problema es que mis opciones son bastante limitadas: o apoyo la punta de los pies en el piso, o apoyo la espalda en el respaldo de la silla. Si elijo la segunda, que es bastante más amable con mi lumbar, tengo que cruzar las piernas, porque de otra forma quedan colgando. Pero así, mis rodillas no me dejan acercarme al escritorio.
En resumen: o escribo cómoda, o me siento bien (casi bien). Las dos cosas al mismo tiempo no son posibles.
Una pequeña odisea doméstica.
Todo por una sola “falla de fábrica”: mido 1.50m. Sí, mido básicamente dos tercios de persona estándar.
Durante mucho tiempo creí que mi cuerpo no estaba hecho para el mundo, así que tenía que adaptarme. El dolor de hombros por las mesadas altas era un mal inevitable; viajar en tren o colectivo sin llegar a las agarraderas superiores, también. Era, simplemente, lo que me tocaba.
Ni hablar de la industria textil, en donde encontrar prendas es complejísimo para cualquier mujer fuera del modelo Crismo; pero esa es una dificultad que tenemos naturalizada todas las argentinas. En cuanto a moda, vivimos en difícil.
En definitiva, algo en mí no encajaba bien con Gran Buenos Aires. El único lugar donde parecía estar a escala era la República de los Niños.
Eso fue así hasta que me crucé con un breve documental sobre cómo se prueba la seguridad de los autos. A mitad del video, algo me hizo ruido y me mandó a una espiral de investigación: los muñecos de prueba.
Eran todos iguales. Igual de rígidos, igual de plásticos, igual de delgaditos, igual de altos.
Después entendí algo peor: ni siquiera era “el promedio”. Era un promedio específico, construido a partir de cuerpos masculinos, estadounidenses o europeos. Un estándar que después se replica como si representara a todos.
Sumate, así nos quejamos juntos
Al final no era que yo me desviara del promedio; ese promedio nunca me había incluido.
Ahora bien, si esto fuera solo una cuestión de incomodidad, esta columna no existiría. Después de todo, la incomodidad no es algo ajeno a la experiencia femenina. Pero no se trata solo de una molestia en los hombros.
En las pruebas de choque también existen muñecos “femeninos”, aunque el término es generoso: en general no son más que versiones reducidas del modelo masculino. Tal como señala la National Highway Traffic Safety Administration, el modelo estándar de prueba se basó históricamente en un varón promedio, y las versiones “femeninas” suelen ser adaptaciones de ese mismo cuerpo. Como si el cuerpo de una mujer fuera, simplemente, el de un hombre más chico.
Y no es solo una cuestión de tamaño. Los cuerpos no se diferencian únicamente en centímetros: la distribución de la masa muscular, la forma de la pelvis, la resistencia del cuello e incluso la postura al manejar, más cerca del volante en la mayoría de los casos, cambian la forma en que un impacto se absorbe. Reducir un cuerpo a escala no lo vuelve equivalente.
De hecho, estudios de la Insurance Institute for Highway Safety muestran que las mujeres tienen más probabilidades de resultar heridas en choques comparables, en parte porque los sistemas de seguridad se diseñaron tomando como referencia cuerpos masculinos.
Pero el “cuerpo estándar”, masculino en principio, no solo nos afecta desde la más inmediata fisicalidad. En este buceo investigativo descubrí también que los sujetos de estudio en medicina, fitness, nutrición, son todos este mismo “cuerpo estándar”.
Durante años, gran parte de la investigación médica se realizó mayoritariamente en varones, algo documentado incluso por los National Institutes of Health.
O nutricionistas que diseñan planes para dejarnos 'talladas' y sin un gramo de grasa, ignorando que el cuerpo femenino la necesita para producir hormonas y mantenerse sano. Nos fuerzan a perseguir un estándar de composición corporal masculino y, en el camino, nos dejan con hambre y el sistema endocrino roto. O entrenadores físicos con años de estudios y experiencia que las mandan a hacer burpees en medio de la fase menstrual, y —¡sorpresa!— resta más de lo que suma.
La principal causa de muerte en mujeres en Argentina, y en el mundo en general según la Organización Mundial de la Salud, es cardiovascular, y aun así los síntomas de un infarto en el cuerpo femenino no coinciden con ese dolor en el pecho que aprendimos a reconocer, en el colegio, en los medios, en todos lados. Pero ese es el modelo que seguimos usando. Porque no es el cuerpo estándar.
Y mientras el mundo insiste en sus medidas, en sus alturas y anchos de “promedio”, nosotras seguimos inventando soluciones: un almohadón extra, un reposapiés, un escritorio improvisado. Adaptamos el auto, la casa, la silla, la mesa, y hasta la postura de nuestro cuerpo, buscando que encaje donde nunca estuvo planeado que esté.
No sorprende después que seamos clientes vitalicias de masajistas.
No somos hombres pequeños. Somos mujeres.
¡La que no se suscribe es un hombre pequeño!
Y en un país genéticamente tan diverso como lo es esta Patria nuestra, las habemos de todos los tamaños y alturas. Quizás no tenemos suficientes barras de oro en el tesoro como para financiar pruebas de choque o estudios farmacológicos. Pero el Estado, el sistema de salud y los medios no se preocupan demasiado por explicar cómo se siente un infarto en el cuerpo de una mujer.
Hoy me alcanza con que alguien fabrique una silla que me permita apoyar los pies en el suelo.