El 24 al mediodía tiene una melodía propia en Salta, bocinas nerviosas, el apuro del último regalo y el calor agobiante propio de la fecha. En medio de ese desorden ceremonial, entre vidrieras y changuitos de supermercados, aparece una figura que no debería estar ahí. O tal vez sí. Un payaso de terror, sonrisa pintada al límite de lo humano, el famoso Pennywise, antagonista de It, novela publicada por Stephen King en 1986, Marcelo camina entre los salteños como quien bendice el caos.

Los chicos se le acercan, los grandes dudan, algunas mujeres cruzan de vereda, es víspera de Nochebuena y el miedo bien dosificado también vende. Debajo del maquillaje está Marcelo Javier Rodas. Habla rápido, se ríe de sí mismo y no esquiva preguntas. Su disfraz no es una moda: es oficio y constancia.

Marcelo se presenta sin vueltas: “Mi nombre es Marcelo Javier… Marcelo Javier Rodas”. Son las diez de la mañana del 24 y ya está en la calle, caracterizado. Lleva seis años con el personaje. “Del 2020 a punto de cumplir seis años como el payaso, un poco antes de la pandemia arranqué”, dice, como quien marca una fecha patria.

La elección no fue un cálculo de marketing. Fue una escena familiar.
“Teníamos un concurso de carnaval en el barrio y mi mamá me dice: ‘¿Cómo no vas a colaborar? Los chicos participan’. Y así empecé”.
La primera paga fue mínima “Solo 100 pesos, pero esos pesitos fue suficiente para encender algo. “Se me prendío la campanita. Dije: mañana no me voy a quedar quieto”.
La pandemia frenó casi todo, menos la necesidad. Marcelo siguió. Y aprendió a leer al público. “Uno que otro chico le tiene miedo, pero otro se divierte. Yo vivo gracias a los chicos, me divierto con los chicos”. Hace una pausa y remata con humor filoso: “La que más miedo tiene es la mujer de 20 para arriba. ¡Terror!”.

Es del barrio Boulogne Sur Mer y no romantiza la precariedad. Sale “a monedía”. “Tengo mi laburo, soy durlero, soy pintor, pero estoy hasta acá”, dice, llevándose la mano al cuello. El payaso es un rebusque más, una tradición personal en un país donde el ingenio suele ser la única herencia.
Su vínculo con Pennywise viene de lejos. “Mi mamá tenía la primera máscara, la de IT, la vieja, la de los 90”. No duda cuando se le pregunta si es fanático: “Soy fanático. Tengo un tatuaje del payaso”. Sabe, además, que el último renacer del personaje tuvo dirección argentina. “De ahí viene todo”, reconoce, con un orgullo discreto.
Entre risas, Marcelo deja un deseo sencillo: “Que la pasen bonito, que se diviertan”. El payaso sigue caminando. Algunos piden fotos. Otros apuran el paso. Marcelo atiende a todos y se pierde entre el ruido, como una postal incómoda y honesta del presente, En Navidad, mientras el consumo dicta su liturgia, un payaso de terror recuerda que la calle también es escenario, que el trabajo adopta formas extrañas.

