Fueron ocho cerdos los que participaron del experimento

Un esófago creado en laboratorio funciona en animales y abre una nueva frontera médica

El implante, desarrollado con células del propio organismo, logró integrarse y recuperar funciones en cerdos. El avance podría revolucionar el tratamiento de enfermedades graves en humanos.

Por Redacción Gente de Salta

Fueron ocho cerdos los que participaron del experimento — .

Un esófago cultivado en laboratorio superó con éxito su primera gran prueba y abre un camino que hasta hace poco parecía ciencia ficción. Científicos lograron implantar en cerdos un tramo del órgano fabricado a partir de sus propias células, demostrando que puede integrarse, regenerarse y funcionar como tejido real.

El experimento, llevado adelante por investigadores del University College London y publicado en la revista Nature Biotechnology, mostró que un órgano tan complejo puede ser reconstruido en laboratorio y recuperar funciones esenciales como tragar y coordinar el movimiento que lleva los alimentos hacia el estómago. El trabajo representa un avance que podría transformar el tratamiento de niños con malformaciones congénitas y de adultos con cáncer o lesiones graves en el esófago.

El desarrollo se basó en una sofisticada estrategia de ingeniería biológica. En primer lugar, los científicos tomaron esófagos de cerdos jóvenes y eliminaron todas sus células mediante un proceso químico, dejando solo la estructura del órgano. Luego, a partir de biopsias de los mismos animales receptores, generaron células madre capaces de convertirse en músculo, nervios y tejido conectivo.

Esquema de la preparación del injerto de esófago creado íntegramente en un laboratorio. (Nature)

Estas células fueron inyectadas en la estructura original mediante cientos de microinyecciones distribuidas con precisión, hasta formar un injerto completamente celularizado. Posteriormente, el tejido se cultivó en un biorreactor, donde recibió nutrientes y oxígeno en condiciones controladas que favorecieron la formación de vasos sanguíneos, un paso clave para su supervivencia tras el implante.

Una vez listo, los cirujanos reemplazaron un tramo del esófago original de los animales por el segmento bioingenierizado. Para facilitar su integración, lo recubrieron con tejido del propio organismo y colocaron un stent biodegradable que mantuvo abierto el conducto durante las primeras semanas.

Los resultados fueron alentadores: cinco de los ocho animales sobrevivieron los seis meses de seguimiento, lograron alimentarse con normalidad y crecieron sin complicaciones. Los estudios mostraron que el injerto desarrolló músculos, nervios y vasos sanguíneos, y comenzó a comportarse como un esófago natural.

Además, pruebas especializadas confirmaron que el órgano no solo permitía el paso de los alimentos, sino que también participaba activamente en el proceso de deglución. Según los investigadores, “las propiedades biomecánicas del injerto se acercaron a las del tejido nativo”, lo que marca un hito en la medicina regenerativa.

Especialistas externos también destacaron el avance. El cirujano Andrew Barbour consideró que “la capacidad de generar un esófago con los componentes necesarios y con funcionamiento normal es notable”, y señaló que las complicaciones iniciales tendieron a disminuir con el tiempo.

A pesar del éxito, los científicos advierten que aún quedan desafíos importantes antes de su aplicación en humanos. Entre ellos, la necesidad de fabricar segmentos más largos y garantizar su funcionamiento a largo plazo.

El equipo liderado por Paolo De Coppi ya trabaja en estos objetivos y prevé que, si los resultados se mantienen, los primeros ensayos clínicos en personas podrían comenzar en los próximos tres o cuatro años. El avance abre así una puerta concreta hacia el desarrollo de órganos personalizados, capaces de reemplazar tejidos dañados sin riesgo de rechazo.

“Las propiedades biomecánicas del injerto se acercaron a las del tejido nativo”

Una posible solución para una de las malformaciones más complejas en recién nacidos

El impacto potencial de esta tecnología es especialmente relevante en el campo pediátrico, donde uno de los mayores desafíos es la atresia de esófago de gran brecha, una malformación congénita en la que el órgano no se conecta correctamente con el estómago. Esta condición, que afecta a aproximadamente uno de cada 3500 recién nacidos, obliga hoy a realizar cirugías complejas que, si bien permiten sobrevivir, no logran reproducir completamente la función del esófago y suelen derivar en complicaciones a largo plazo.

En estos casos, los bebés suelen requerir procedimientos iniciales para poder alimentarse y luego atraviesan meses de intervenciones, internaciones y cuidados intensivos. Las técnicas actuales —como el uso de segmentos del intestino o el desplazamiento del estómago— son efectivas, pero implican secuelas funcionales y un seguimiento médico prolongado.

Frente a este escenario, un injerto esofágico bioingenierizado podría cambiar radicalmente el abordaje. Al estar desarrollado a partir de células del propio paciente, permitiría crear un segmento compatible, con capacidad de crecimiento y mejor integración al organismo.

El estudio tomó como referencia este tipo de pacientes: los investigadores lograron generar el tejido a partir de pequeñas biopsias en un plazo cercano a las ocho semanas, un tiempo que coincide con el período en que los recién nacidos suelen prepararse para su cirugía definitiva.

Para la cirugía pediátrica, contar con un esófago que conserve su estructura original y acompañe el desarrollo del niño representaría un cambio de paradigma. Evitaría recurrir a otros órganos y permitiría una solución más fisiológica.

Aunque todavía se necesitan estudios a largo plazo, el avance acerca una posibilidad que durante décadas fue solo teórica: ofrecer a estos pacientes un esófago funcional creado a partir de su propio tejido, reduciendo complicaciones y mejorando de manera sustancial su calidad de vida desde los primeros años.