Durante años, los cigarrillos electrónicos se presentaron como una alternativa menos dañina al tabaco. Entre los más jóvenes, esa promesa se mezcló con sabores dulces, diseños llamativos y la idea de un consumo sin consecuencias visibles.
Pero detrás de esa estética amigable, el vapeo se consolidó como una práctica cada vez más frecuente entre adolescentes y encendió señales de alerta entre especialistas en salud, docentes y familias. En la Argentina, el 8,9% de los jóvenes de entre 13 y 18 años consume cigarrillos electrónicos, según un estudio reciente de la Fundación Interamericana del Corazón (FIC Argentina). En la Ciudad de Buenos Aires, la cifra es aún más alta: casi cuatro de cada diez adolescentes probaron alguna vez productos de tabaco o nicotina.

Aunque muchos jóvenes describen el vapeo como una experiencia ocasional o experimental, la mayoría de estos dispositivos contiene nicotina en concentraciones elevadas, incluso superiores a las de los cigarrillos tradicionales. Esa sustancia, advierten los especialistas, actúa con especial rapidez sobre un cerebro que aún está en desarrollo.
“La nicotina llega al cerebro en cuestión de segundos y genera adicción rápidamente, sobre todo en la adolescencia, cuando el sistema de recompensa es más vulnerable”
Explicó la doctora Valeria El Haj Según la especialista, esta dependencia temprana no solo dificulta abandonar el hábito, sino que también aumenta la probabilidad de que, con el tiempo, los adolescentes migren al consumo de cigarrillos convencionales.

El problema no se limita a la adicción. Los cigarrillos electrónicos pueden contener metales pesados, solventes y otros compuestos químicos que se liberan al calentarse y se inhalan de forma repetida. “Estas sustancias irritan las vías respiratorias, provocan inflamación pulmonar, tos persistente y dificultad para respirar”, señaló El Haj, quien además recordó que en los últimos años se registraron casos de lesiones pulmonares graves asociadas al vapeo.
Los efectos también alcanzan el plano cognitivo y emocional. La nicotina interfiere con la concentración, la memoria y la capacidad de aprendizaje, funciones clave en una etapa de crecimiento. A esto se suman síntomas de ansiedad, irritabilidad y cambios bruscos de ánimo cuando aparece la abstinencia, una experiencia que muchos adolescentes describen como una sensación de dependencia constante del dispositivo.
Aunque la venta de cigarrillos electrónicos está prohibida para menores de edad, su acceso sigue siendo sencillo. Kioscos, redes sociales y plataformas de venta online funcionan como canales informales que eluden los controles y facilitan la llegada de estos productos a los más jóvenes.
Frente a este escenario, especialistas coinciden en que la prevención no puede limitarse a la prohibición. El diálogo dentro de las familias y en las escuelas aparece como una herramienta central: hablar sin juzgar, escuchar qué piensan los adolescentes y ofrecer información basada en evidencia científica.
Cuando el consumo ya está instalado o genera ansiedad, la recomendación es buscar acompañamiento profesional para evitar que la dependencia se profundice. “El vapeo en la adolescencia no es una moda pasajera, sino un fenómeno que puede afectar la salud respiratoria, emocional y cognitiva de toda una generación”, concluyó El Haj “Abordarlo con información clara y acciones coordinadas es clave para reducir sus consecuencias y proteger el bienestar de los jóvenes”.