El "Waterloo" de Napoleón

El derrumbe del imperio: Gallardo en su momento más crítico

Tras el cachetazo de Boca, el técnico de River tambalea. Ese River voraz, dominante y cerebral que definía partidos antes de jugarlos, hoy se volvió errático, previsible y apagado. Además, tiene un equipo caro pero vacío.

Por Redacción Gente de Salta

Marcelo Gallardo entrando a la Bombonera junto a su ladero Matías Biscay: una dupla regada de éxitos en el pasado, y que hoy es símbolo del fracaso. — NA

Hay imperios que parecen eternos… hasta que un día se quiebran sin aviso, o peor aún, cuando todos dentro del propio imperio fingen no ver las grietas. 

Marcelo Gallardo vive hoy el momento más crítico desde que tomó el mando de River, y el golpe que acaba de recibir en La Bombonera puede marcar el principio del fin. Boca lo venció 2-0, lo superó con autoridad y lo dejó al borde del abismo futbolístico y emocional.

El resultado tiene el peso de una sentencia. No fue una caída más: fue el Superclásico, fue el escenario donde Gallardo tantas veces construyó su leyenda… y ahora, donde empieza a desmoronarse. 

Marcelo Gallardo en el banco, preocupado por la apatía de su equipo en la derrota en la Bombonera.

El Xeneize, con goles de Exequiel Zeballos y Miguel Merentiel, no solo celebró ante su eterno rival: le arrebató la ilusión, la mística y, quizá, el futuro, ya que, de mediar otros resultados, y de no ganarle a Vélez en la última fecha, River podría quedarse sin jugar la Copa Libertadores después de 11 años de asistencia perfecta en el máximo trofeo continental de clubes.

El contraste es brutal. Ese River voraz, dominante y cerebral que definía partidos antes de jugarlos, hoy se volvió errático, previsible y apagado. Ya no intimida, ni convence. Las estadísticas lo exponen, pero el fútbol lo delata: un equipo sin reacción, sin alma, que parece jugar cargando el peso de su propio pasado.

A la crisis deportiva se le suma una bomba económica que amenaza con estallar. El club armó un plantel con fichajes millonarios, sueldos de elite y regresos nostálgicos que rindieron poco o nada. River dejó de comprar para competir y empezó a comprar para recordar. El resultado: un equipo caro, pero vacío.

El gesto de Gallardo apoyado en el cartel parece de resignación ante el duro momento de River.

El hincha, que fue paciente, empieza a perder la fe. Ya no alcanza con el recuerdo de las noches gloriosas ni con las finales eternas contra Boca. Porque el presente grita lo que muchos no quieren decir: el ciclo Gallardo está agotado.

Y ahora, el futuro se tiñe de drama. Si River no logra clasificar a la Copa Libertadores 2026, el golpe será devastador. No solo por lo deportivo: será simbólico y estructural. Gallardo no solo construyó un equipo exitoso; edificó una forma de vivir el fútbol. Verlo caer así, sin respuestas, es asistir a la implosión de su propio mito.

El fútbol, siempre cruel, le agregó un componente de tragedia literaria. Boca —su eterno rival, su víctima más ilustre— fue quien le asestó el golpe más duro.

¿Aguantará Gallardo la presión popular y el descontento del hincha e River?

Y si el destino no podía ser más caprichoso y perverso, en el horizonte aparece otro viejo conocido: Guillermo Barros Schelotto, el DT de Boca en aquella recordada final de la Libertadores 2018 que el millo le ganó a Boca en Madrid, y hoy al frente de Vélez, espera a River en la última fecha. El mismo técnico al que Gallardo doblegó una y otra vez en su era dorada, ahora tiene en sus manos la posibilidad de cerrar el círculo, de ser el ejecutor del ocaso.

Las ironías del fútbol son perfectas en su crueldad. Los héroes que un día fueron invencibles también caen, y cuando lo hacen, duele más porque los derriban viejos fantasmas. River está en ese punto exacto donde la historia se cruza con la realidad: entre el mito y el derrumbe, entre el recuerdo y la ruina.

Quizás quede un último round. Tal vez aparezca el milagro. Pero si este Superclásico fue el principio del fin, la herida será imborrable. Porque si Boca fue quien le dio el golpe final a Gallardo, no habrá derrota más simbólica