Dos paradojas de la inteligencia artificial

Paul Segal
por Paul Segal 27 Julio de 2026
27 Julio de 2026
Inteligencia artificial
Inteligencia artificial (gds)

Si uno lee los diarios o LinkedIn, podría pensar que la inteligencia artificial es una tecnología sin precedentes. Todas las semanas aparecen pronósticos según los cuales abogados, contadores, consultores, programadores o periodistas están a punto de ser reemplazados. Sin embargo, si uno mirara únicamente las estadísticas económicas, podría preguntarse de dónde viene tanto entusiasmo –o tanta preocupación–. En la mayoría de las economías avanzadas, donde la IA se está incorporando con rapidez, el crecimiento de la productividad sigue siendo bastante modesto.

Esta es la primera paradoja de la IA: su impacto puede parecer enorme cuando miramos casos concretos, pero mucho más modesto cuando observamos la economía en su conjunto. ¿Cómo puede ser que esté transformando tantos lugares de trabajo y, al mismo tiempo, no se vea todavía en las estadísticas de productividad? La respuesta es que ambas cosas son perfectamente compatibles. De hecho, es exactamente lo que la historia económica nos llevaría a esperar.

A estas alturas casi todos conocemos ejemplos concretos. Un programador que escribe código en una fracción del tiempo, un abogado que prepara un primer borrador en minutos o un investigador que resume cientos de páginas en una tarde. Pero las estadísticas de productividad dependen de toda la economía. Es muy posible que la IA esté generando ganancias muy importantes en determinadas actividades y que, aun así, el efecto sobre la productividad agregada sea todavía pequeño. Las grandes transformaciones llegan cuando la tecnología deja de ser patrimonio de algunos sectores y pasa a reorganizar el funcionamiento del conjunto de la economía.

Inteligencia artificial usada en el trabajo.
Inteligencia artificial usada en el trabajo.

Los economistas ya vimos algo parecido. En 1987, Robert Solow escribió una frase que se volvió célebre: “La era de las computadoras se ve en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad". Casi podría decirse lo mismo de la IA. Esto no significa que las computadoras, internet o la IA sean poco importantes. Todo lo contrario. Transformaron –o, probablemente, transformarán– la manera en que trabajamos, nos comunicamos, organizamos empresas y desarrollamos nuevos proyectos y productos. Pero en las economías avanzadas esos cambios aparecieron en los datos como mejoras graduales de la productividad año tras año, no como un salto repentino hacia una nueva era económica.

Eso es característico de lo que los economistas denominan tecnologías de propósito general: tecnologías que terminan transformando prácticamente toda la economía. La máquina de vapor, la electricidad, las computadoras e internet no solo hicieron más rápidas las tareas existentes. También cambiaron la organización de las empresas, las capacidades que necesitaban los trabajadores, las cadenas de suministro y los productos que era posible crear. Sus mayores beneficios no provinieron solamente de la invención en sí, sino del largo proceso de reorganizar la economía alrededor de ella. Hay buenas razones para pensar que la IA pertenece a esa misma familia y es probable que opere con una lógica parecida: beneficios enormes, pero graduales, distribuidos a lo largo de años o décadas.

Y ahí aparece la segunda paradoja. Si todavía no sabemos si la IA será más transformadora que otras grandes tecnologías del pasado, ¿por qué domina la conversación pública de una manera tan intensa? La respuesta probablemente no esté solo en la tecnología, sino también en quiénes se sienten alcanzados por ella. Toda gran revolución tecnológica desplazó trabajadores. Algunas ocupaciones prácticamente desaparecieron, mientras que el resto de la economía experimentó aumentos de productividad mucho más graduales. Ese proceso fue doloroso para quienes perdieron el valor de sus habilidades, aun cuando la sociedad en su conjunto terminó siendo más próspera.

Inteligencia Artificial en auge pero sin impacto en estadísticas de productividad.
Inteligencia Artificial en auge pero sin impacto en estadísticas de productividad.

La diferencia es que hoy muchas de las ocupaciones más expuestas son profesiones altamente calificadas: abogados, contadores, consultores, programadores, periodistas o académicos. Son también profesiones sobrerrepresentadas entre quienes escriben en los medios, asesoran gobiernos, enseñan en las universidades, dirigen empresas y, en buena medida, moldean la conversación pública. No sorprende, entonces, que una revolución tecnológica que alcanza a estos grupos genere mucha más atención que las anteriores.

Las revoluciones tecnológicas anteriores también desplazaron a millones de trabajadores y transformaron profundamente la organización de la economía. La mecanización del campo, la electrificación o la difusión de las computadoras cambiaron la vida de generaciones enteras. Sin embargo, ninguna de ellas generó un debate comparable entre quienes tenían mayor influencia sobre la conversación pública. La diferencia no estaba necesariamente en la magnitud del cambio, sino en quién lo sufría y quién tenía capacidad de narrarlo. Eso no significa que la preocupación actual sea exagerada. Simplemente conviene recordar que el desafío no es nuevo: toda gran revolución tecnológica obliga a las sociedades a encontrar formas de aprovechar los enormes beneficios de la innovación sin abandonar a quienes pierden el valor de sus conocimientos o de sus ocupaciones.

La IA probablemente no escape a esa historia. La tecnología puede ser nueva; el desafío social no lo es. Por eso, la mejor forma de entenderla es ampliar la mirada, comparándola con otras grandes revoluciones tecnológicas, y recordar que, esta vez, quienes intentamos comprender el cambio también estamos entre quienes estamos atravesados por él.

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