Durante años, muchas empresas argentinas ganaron dinero no a pesar de la inflación, sino gracias a ella. Convivir con inflaciones elevadas y, aun así, sostener altas rentabilidades es algo impensable en la mayoría de los países. En Argentina, en cambio, fue posible. La pregunta clave es por qué.
La explicación es simple. Una política económica expansiva desde lo fiscal y lo monetario genera un aumento de la demanda total de bienes y servicios, al menos en el corto plazo. Pero también es la responsable de la inflación. Mientras el aumento de la demanda compense los efectos negativos de la inflación, las empresas pueden obtener aumentos reales de ventas y ganancias. Al mismo tiempo, la inflación permite disimular ineficiencias, licuar costos y postergar decisiones difíciles. Más aún: el aumento generalizado de precios puede funcionar incluso como una red de contención frente a errores estratégicos.
Pero hoy el contexto macro del país y la política económica son totalmente distintos. Las prioridades son el orden fiscal, la estabilidad cambiaria y, como resultado, la disminución de la inflación. Y, sin embargo, esta combinación de elementos, que debería ser leída de forma auspiciosa por las empresas, implica un escenario muy exigente.
El gráfico, elaborado a partir de datos del INDEC, muestra con claridad que la desaceleración de la inflación puede demandar más tiempo del esperado. Pasar del 20% al 4% mensual requirió menos de medio año, pero pasar del 4% a menos del 2% mensual requirió un año. E incluso los últimos meses del año pasado muestran un aumento mensual casi ininterrumpido. La última milla de la batalla contra la inflación suele ser la más costosa.
La estabilización macro no puede resolver todos los problemas ni plantear todas las soluciones al interior de las empresas. No es un plan de negocios. No hay evidencia de que, en el corto plazo, los procesos de desinflación vayan acompañados de un rebote automático de la actividad. De hecho, el EMAE desestacionalizado de noviembre 2025 (último dato disponible) fue sólo un 0,1% superior al de diciembre de 2024. Por el contrario, una política económica con foco en la estabilización suele exponer con crudeza problemas que antes estaban ocultos detrás del ruido nominal: estructuras de costos rígidas, modelos comerciales obsoletos, baja productividad y, lo que es peor, una creciente desconexión con consumidores más exigentes, informados y cautelosos.
La desinflación es una enorme mejora macroeconómica desde una mirada de mediano y largo plazo, pero los directorios de las empresas se equivocan si creen que en el corto plazo los resultados mejorarán de forma automática. En realidad, el nuevo régimen macroeconómico supone un cambio profundo en la lógica de gestión, dirigiéndola hacia la eficiencia operativa, la diferenciación real, la definición de una propuesta de valor clara y una capacidad de ejecución consistente. Preguntas como “¿dónde vamos a crear margen ahora?”, “¿qué negocio deja de ser viable sin inflación?” o “¿qué decisiones se han vuelto impostergables en este nuevo contexto?” se tornan cruciales en la coyuntura actual.
En otras palabras, el orden macro puede implicar inicialmente más desafíos que oportunidades. Y esperar que la economía arranque, manteniendo una actitud pasiva, puede ser muy costoso. El mercado (según el REM del BCRA de diciembre) espera un crecimiento del 3,5% para este año, algo menos que el FMI (4%) y bastante menos que el gobierno (5%). En escenarios de estabilización, las empresas que ganan, en lugar de esperar un rebote, se adelantan revisando su estructura de costos, redefiniendo su portafolio de productos, invirtiendo selectivamente y mirando a sus clientes bajo la lógica de que la demanda ya no convalida cualquier precio ni cualquier propuesta. La gestión financiera deja de ser una herramienta contable y pasa a ser estratégica.
Nada de esto implica negar la importancia del orden macroeconómico. Al contrario: sin estabilidad no hay inversión sostenible ni horizonte de largo plazo. Pero confundir estabilidad con crecimiento inmediato es un error conceptual que puede resultar caro. En este nuevo escenario argentino, la macroeconomía empieza a ordenar el tablero. La microeconomía, en cambio, vuelve a ser responsabilidad indelegable de cada organización. La pregunta relevante ya no es si la inflación seguirá bajando, sino qué está haciendo cada empresa para ser competitiva en un contexto en el que el principal riesgo ya no es la macroeconomía, sino la inercia organizacional.