Hay conversaciones que se parecen a una entrevista y otras a una sobremesa larga en la que todavía queda pan, una botella abierta y tiempo para discutir del país. La de Lucrecia Martel con Pedro Rosemblat, en Gelatina, tuvo algo de eso, de sobremesa encendida, de pensamiento en voz alta, de humor filoso y de advertencia. No solo fue una tradicional charla promocional en el sentido estrecho del término, aunque el motivo inmediato fuera el estreno de Nuestra tierra, la película que Martel trabajó durante más de una década y que vuelve sobre el asesinato de Javier Chocobar, referente de la comunidad Chuschagasta, ocurrido en Tucumán en 2009.
Martel, nacida en Salta en 1966 y convertida desde hace años en una de las voces más singulares del cine latinoamericano, no llegó al estudio con una convicción antigua, que el cine no debería ser un objeto de museo sino una forma de conversación con los otros. Desde allí habló de la tierra, del racismo, de la historia nacional, de la cultura, del fracaso argentino, de los algoritmos y de la necesidad urgente de no entregarle el lenguaje a la pereza ni a las empresas.
El punto de partida fue Nuestra tierra, Martel contó que la historia le llegó casi por accidente, mientras buscaba otros materiales audiovisuales. Entre videos que no tenían relación con su pesquisa inicial apareció uno con el nombre de Javier Chocobar. Lo vio, sintió espanto y al mismo tiempo, reconoció algo más inquietante, ya lo había visto antes, pero no se había detenido. En esa confesión hay una clave de época. Para la directora, vivimos bajo una velocidad informativa en la que un hecho brutal es reemplazado por otro antes de que alcance a encontrar un lugar verdadero en nuestra conciencia.
De allí nace una de las primeras capas de la película
No solo reconstruir un crimen, sino combatir el olvido. Chocobar fue asesinado el 12 de octubre de 2009 en medio de un conflicto por tierras ancestrales en Chuschagasta. Años más tarde, la Justicia tucumana condenó a Darío Amín a 22 años de prisión y a Luis Gómez y José Valdivieso a 18 años, en una causa que se volvió emblemática para las luchas indígenas en el país.
Pero Martel no presenta ese caso como una excepción monstruosa. Lo piensa como una puerta de entrada a una pregunta mayor: cómo se construyó la Argentina y a quiénes dejó afuera para poder narrarse a sí misma. En la charla insistió en una idea que sobrevuela toda su obra reciente, las naciones se inventan en un mito, y el problema argentino no sería haber construido un relato, sino haber levantado uno que expulsó a demasiada gente del cuadro.
Ahí la película deja de ser solamente una investigación sobre un asesinato y se convierte en una interrogación más honda.
¿Quiénes son los dueños de la tierra?
¿Qué lugar ocupa lo indígena en la historia que el país se cuenta a sí mismo?
¿Por qué la escuela enseña una versión del pasado que después no alcanza para explicar lo que ocurre en la calle?
Martel vuelve una y otra vez sobre esa distancia entre el relato oficial y la experiencia concreta, entre el manual y el barro.
Su lectura no se agota en las comunidades indígenas rurales. Va más lejos. Señala que la Argentina urbana también está hecha de migraciones internas, de tradiciones campesinas, de saberes que sostienen barrios enteros y formas de solidaridad que muchas veces sobreviven donde el Estado apenas llega. En ese punto, su reflexión social no se recuesta en la nostalgia ni en el folclore liviano. Lo que plantea es otra cosa: que la ciudad se alimenta de conocimientos, trabajos y vínculos nacidos en mundos que luego desprecia o invisibiliza.
Cuando Rosemblat la lleva al tema del racismo, Martel responde con una crudeza sin maquillaje. Lo define como una fabricación moral útil para el despojo. Nadie puede quitarle a otro su tiempo, su espacio o sus bienes sin antes inventarse una excusa que lo vuelva tolerable. El racismo, en esa lógica, sirve para degradar al otro hasta convertir el saqueo en algo justificable. No aparece como exabrupto aislado ni como simple prejuicio, aparece como tecnología histórica de dominación.

Su diagnóstico sobre el presente argentino es todavía más incómodo. Martel sugiere que el recrudecimiento del racismo tiene relación con una dirigencia cada vez menos conectada con el territorio, con la calle y con las experiencias concretas de la vida social. Dicho de otro modo, cuando el país real desaparece detrás de abstracciones, estereotipos y pantallas, la maldad teórica encuentra terreno fértil. El prejuicio prospera mejor en la distancia que en la cercanía. Es más fácil creer que alguien “no trabaja” cuando nunca se vio cómo vive, cómo se organiza, cómo sobrelleva la falta de agua, de gas o de servicios básicos.
En ese tramo de la conversación, Nuestra tierra aparece como una película contra la abstracción. Martel dice haber estado dispuesta a todo para que se entendiera: esquemas, subtítulos, voces, recursos que hicieran falta. Quería que pudiera verla un chico joven al que le costara leer una página entera. La afirmación no es menor. Es, en el fondo, una autocrítica al campo cultural y al cine argentino, al que considera incapaz muchas veces de prestar un servicio verdadero a la comunidad.
Su planteo es provocador, la cultura dice, falló más que la economía. La frase puede sonar excesiva, pero en su boca no funciona como eslogan sino como aguijón. Lo que Martel discute es una idea del arte encerrada en sí misma, satisfecha con su legitimidad, desconectada de la necesidad de resonar en la vida de los otros. No reclama propaganda ni simplificación. Reclama vínculo. Que lo que se hace sirva, toque, convoque, incomode, abra una conversación. En tiempos de repliegue, esa exigencia parece casi revolucionaria.
La charla, sin embargo, no se quedó en la película ni en el país profundo. También avanzó sobre otro de los campos donde hoy se juega la imaginación contemporánea: la inteligencia artificial. Y allí Martel fue, otra vez, contra la corriente de la fascinación automática. Para empezar, discutió el nombre. Le molesta que se hable de “inteligencia artificial” como si se tratara de una entidad neutra o de un prodigio autónomo. Según planteó, por ahora conviene no separar esa tecnología de las empresas que la diseñan, la comercializan y la gobiernan.
Su advertencia no es técnica, sino política y humana. Sostiene que hay usuarios que, al chatear con estos sistemas, creen estar frente a alguien, cuando en realidad están frente a sí mismos y a una empresa. En esa mediación ve un paralelo inquietante con la teología: del mismo modo que una persona puede creer que habla directamente con Dios sin registrar la mediación de una institución, hoy muchos interactúan con una interfaz sin advertir la estructura corporativa que la sostiene.
Martel no niega el interés del fenómeno. De hecho, admite que lo explora para entender hacia dónde se mueve. Pero rechaza la ingenuidad. Insiste en que no debe confundirse un invento con un producto. Y recuerda algo decisivo: estas herramientas están en manos de compañías con más recursos y más capacidad de influencia que muchos Estados. Hablar de ellas como si fueran apenas “innovación” es, para ella, una forma elegante de distraerse.

Su preocupación más intensa, sin embargo, pasa por otro lado: el perfilado de las personas desde el nacimiento. Le inquieta que una generación entera llegue a la vida pública ya precedida por un historial de consumo, hábitos, preferencias y rastros acumulados por plataformas y empresas. Ese perfil, advierte, no equivale a una persona. Es apenas una manera de mirarla. Pero puede terminar condicionando cómo se la interpela, cómo se le vende, cómo se la manipula y hasta cómo se la imagina políticamente.
Hay en esa idea una alarma que excede el cine y la tecnología. Vuelve a aparecer la misma pregunta de fondo que recorre toda la charla: quién narra a quién. Quién construye el cuento del país. Quién construye el cuento del otro. Quién decide qué parte de una vida vale y cuál se descarta. En Nuestra tierra, ese problema se organiza alrededor de la propiedad, el colonialismo y el racismo. En el tramo dedicado a la inteligencia artificial, el problema reaparece en forma de datos, empresas y lenguaje automatizado. Cambian las herramientas; persiste la disputa por el sentido.
Y, sin embargo, la conversación no termina en una estación derrotista. Martel desconfía de la tristeza como política. Dice que para enfrentar un futuro duro harán falta fuerzas, y que esas fuerzas no pueden sostenerse sin alegría. No se trata de optimismo bobo ni de fe ciega en que todo saldrá bien. Se trata de otra cosa, más austera y acaso más fértil, no quitarle entusiasmo a una generación que tendrá que inventar respuestas donde hoy apenas se ven ruinas, ruido y consignas gastadas.
Tal vez ahí esté el centro de la charla y también el nervio secreto de Nuestra tierra: en la necesidad de volver a mirar lo que el país aprendió a no ver. La tierra, los cuerpos, la historia, la lengua, la tecnología, el vecino, el distinto. Martel Ofrece algo más incómodo y más necesario la obligación de pensar sin miedo, de discutir sin obediencia y de no dejar que el relato de la época nos lo escriban otros. En tiempos de máquinas que prometen compañía y políticas que administran simplificaciones, no es poca cosa. Es, quizá, el comienzo.