El Papa León XIV presidió este viernes su primer Vía Crucis en el Coliseo Romano, portando personalmente la cruz durante todo el trayecto, luego de encabezar la solemne liturgia de la Pasión del Señor en la Basílica de San Pedro, en cuyo marco el fray Roberto Pasolini, Predicador de la Casa Pontificia, fue el encargado de pronunciar el sermón.
"Jesús transformó la crucifixión en salvación", expresó Pasolini durante la liturgia de la Pasión del Señor en la basílica de San Pedro, donde destacó que, "al recorrer el Camino de la Cruz, el Señor aprendió la obediencia más difícil: la del amor al prójimo, incluso cuando el prójimo aparece como un enemigo".
Este Viernes Santo culminó en Roma con el tradicional Vía Crucis, el primero como líder de la Iglesia Católica del Papa León XIV, quien decidió cargar la Cruz durante las 14 estaciones en el Coliseo de Roma, en una ceremonia que recrea el camino de Jesús hacia la Crucifixión.
Esta decisión se convirtió en todo un símbolo, en uno de los escenarios más representativos del cristianismo, con un fuerte significado.

Antes, el Pontífice presidió la celebración de la Pasión del Señor, con una liturgia solemne que consta de tres partes: la Liturgia de la Palabra, la Adoración de la Cruz y la comunión, según se explicó desde la Agencia de Información Católica de Argentina (AICA).
Tras la proclamación de la Pasión, el padre Pasolini pronunció la homilía, recordando que la liturgia nos invita a contemplar la Pasión del Señor como la culminación de una vida dedicada a escuchar y acoger la voz del Padre.
Pasolini comenzó recordando que en este día santo la liturgia nos invita a contemplar la Pasión del Señor, advirtiendo que la Cruz de Cristo corre el riesgo de permanecer incomprensible si la vemos como un hecho aislado, como un acontecimiento repentino e inexplicable, sino más bien como el punto culminante de un camino.
Luego, recordó que, durante los días de Semana Santa, la liturgia nos ha llevado a escuchar los llamados "Cantos del Siervo del Señor", textos poéticos en los que el profeta Isaías describe la figura de un Siervo misterioso a través del cual Dios trae la salvación al mundo del mal y del pecado y que en el primer cántico, el Siervo es presentado como alguien llamado por el Señor para llevar a cabo la misión de "abrir los ojos de los ciegos y sacar a los prisioneros de sus celdas, a los que viven en tinieblas de sus mazmorras", pero haciéndolo sin agresividad y con gran gentileza.

Reconociendo que el Siervo debe ser un buscador de vida en medio de la oscuridad del mal, el predicador señaló que tal misión no es fácil de asumir.
En la segunda canción, el Siervo, tras esforzarse por cumplir su misión, experimenta la amarga sensación de que todo su esfuerzo por hacer el bien ha sido en vano, pensando que el bien sembrado no parece dar fruto.
"Es una crisis que, tarde o temprano, afecta a cualquiera que haya elegido seguir al Señor: la sensación de dar vueltas en círculo, de no llegar a ninguna parte, de permanecer fiel a algo que no produce ningún resultado visible", reconoció.
Pero en realidad, insistió el padre Pasolini, es solo una impresión.
En el tercer cántico, el Siervo se da cuenta de que aquellos a quienes desea ayudar responden con hostilidad, ira e incluso violencia. Sin embargo, el predicador observó que el Siervo continúa por el camino indicado por el Señor sin huir.
En la cuarta canción, advirtió el padre Pasolini, ocurre algo impactante. "La violencia infligida al Siervo es tan intensa que desfigura su rostro, dejándolo irreconocible, casi como una ruina humana".
Sin embargo, precisamente en ese camino, dijo, ha aprendido a no devolver el mal que recibe.
Tras reflexionar sobre cada una de estas canciones, el padre Pasolini nos recordó de forma contundente que Jesús no solo las escuchó, sino que las interpretó y las vivió plenamente.
Con plena confianza en la voluntad del Padre, el Señor, dijo el predicador papal, transformó su crucifixión en un acontecimiento de salvación.

Lamentó que el mundo, ante el mal, solo conozca dos caminos: rendirse al mal o devolverle el golpe, y dijo: "Lo vemos cada día, en las guerras, en las divisiones, en las heridas que marcan las relaciones".
"Jesús", señaló el padre Pasolini, "rompió esta cadena no imponiéndose con mayor fuerza, sino aceptando lo que le sucedió y reconociendo en ello la "puntuación" de amor y servicio confiada a su vida".
"Así, al recorrer el Camino de la Cruz", dijo Cristo, "aprendió la obediencia más difícil: la del amor al prójimo, incluso cuando el prójimo aparece como un enemigo".
El predicador capuchino lamentó que vivamos en un mundo donde la voz de Dios ya no guía el camino común de la humanidad como antes. "Las guerras no cesan, las injusticias se multiplican y los más vulnerables son quienes pagan las consecuencias".
Dijo que era como si faltara una palabra o canción unificadora capaz de guiar a la humanidad hacia un mundo más justo y fraterno.
"Y sin embargo, precisamente en este escenario", se maravilló, "se puede observar algo sorprendente: una multitud silenciosa de personas que optan por escuchar una voz diferente, que algunos reconocen claramente como la voluntad de Dios", mientras que "otros la perciben como un profundo e ineludible llamado de la conciencia".

El padre Pasolini añadió que algunos eligen escuchar esta canción. "Son hombres y mujeres que caminan, a veces sin siquiera darse cuenta, por el mismo camino que el Siervo del Señor".
"No realizan hazañas extraordinarias", dijo, "sino que simplemente se levantan cada día e intentan que sus vidas sirvan no solo a ellos mismos, sino también a los demás" y que gracias a ellos "el mal no tiene la última palabra y la historia no termina en violencia".
“Esta multitud da testimonio de que los cánticos de ese Siervo, en quien Dios se complace”, elogió, y agregó: "siguen resonando en el corazón humano, esperando solo a alguien dispuesto a traducirlos en la partitura concreta de su propia vida, incluso cuando esto signifique cargar con la cruz".
Ayer como hoy, recalcó, el mundo necesita ser salvado de la violencia del mal, de la injusticia que mata, de las divisiones que humillan.
"Pero esta salvación no descenderá de lo alto, ni puede garantizarse mediante decisiones políticas, económicas o militares", sino que, como observó el padre Pasolini, "el mundo se salva continuamente por aquellos que están dispuestos a adoptar los cánticos del Siervo del Señor como la forma en que viven sus vidas".

Según dijo, esto es lo que hizo el Señor Jesús cuando se tomó en serio la voluntad del Padre, aceptándola como una "partitura" que debía cumplirse hasta el final, "con fuertes clamores y lágrimas", y esta noche, añadió, "la 'partitura' de la Cruz también se nos confía a nosotros".
"Podemos recibirlo libremente si aceptamos que no hay circunstancia difícil que no podamos afrontar, ningún culpable al que debamos señalar con el dedo, ningún enemigo que pueda impedirnos amar y servir", insistió el predicador pontificio.
En cambio, debemos comprender, recalcó, que "solo nosotros, al elegir no devolver el mal, al permanecer pacientes en las pruebas, al creer en el bien incluso cuando la oscuridad parece engullirlo todo, podemos convertirnos en esos siervos que el Señor desea usar para traer la salvación al mundo".
"En tiempos como los nuestros, tan desgarrados por el odio y la violencia, donde incluso se invoca el nombre de Dios para justificar guerras y decisiones de muerte", dijo, "los cristianos estamos llamados a acercarnos a la Cruz del Señor" y debemos hacerlo sin miedo y con plena confianza, "reconociendo en ello el trono desde el cual se aprende a reinar poniendo la propia vida al servicio de los demás".
"Si nos mantenemos firmes en nuestra confesión de fe, nuestros días darán voz a cantos de alegría y sufrimiento, esa misteriosa partitura de la Cruz en la que se pueden reconocer las notas del amor más grande", concluyó.
