Cuando la memoria se distorsiona y la humanidad se apaga

Por Silvia Guzmán Coraita

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Cada 24 de marzo debería ser un punto de acuerdo básico en la Argentina. Un día para recordar el horror, para reafirmar el Nunca Más y para sostener una memoria colectiva que no admite relativizaciones. Sin embargo, hoy vuelve a instalarse un discurso peligroso: el de la llamada “memoria completa”, una idea que, bajo apariencia de equilibrio, reabre debates que la democracia ya había saldado.

¿Qué le pasa a este gobierno que decide tensionar uno de los consensos más profundos de la sociedad? ¿Qué necesidad hay de volver a discutir lo indiscutible? Porque el golpe de Estado de 1976 no fue una guerra entre iguales. Fue terrorismo de Estado. Y cada intento por diluir esa responsabilidad no es ingenuo: es político.

Pero la preocupación no se agota en la Argentina. La sensación de que los tiempos oscuros no quedaron atrás, sino que mutaron, es cada vez más difícil de ignorar. Hoy la violencia no siempre se expresa con botas en la calle, pero aparece en discursos que deshumanizan, en la naturalización del odio, en la pérdida de empatía. Vivimos una época en la que la ética parece diluirse, donde la moral se vuelve relativa y donde lo humano, en muchos casos, retrocede.

La escritora Rita Segato lo expresó con una crudeza que duele: “No quiero pertenecer a esta especie humana siniestra… me declaro exhumana”. Es una frase extrema que interpela. Porque para llegar a ese punto hay una acumulación de frustración, de desencanto, de ver cómo la violencia se normaliza.

Y esa contradicción se vuelve aún más brutal cuando se observa la sensibilidad selectiva de nuestra época. Una historia emotiva —como la historia del Monito Punch, rechazado por su madre y manada— puede conmover masivamente. Sin embargo, tragedias humanas de una magnitud estremecedora, como el genocidio en Gaza —con miles de niños muertos—, no generan una reacción colectiva sostenida. No se trata solo de indiferencia, sino de una desconexión tan profunda como inquietante.

Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué nos está pasando como sociedad? ¿En qué momento empezamos a retroceder en términos de conciencia histórica? Porque volver, 50 años después, a discutir teorías como la de los “dos demonios” —o sus nuevas versiones— no es un detalle menor. Es un síntoma.

En ese sentido, vale recordar lo que sostuvo Ricardo Gil Lavedra, uno de los jueces del histórico Juicio a las Juntas: “La teoría de los dos demonios no existe, no son comparables”, y llamó a fortalecer la memoria. No es una opinión más: es la voz de alguien que estuvo en el momento fundacional de la justicia argentina.

La memoria no es un relato opcional. Es un límite. Es lo que impide que una sociedad vuelva a cruzar ciertas líneas. Por eso, cuando se la relativiza, cuando se la discute desde lugares de poder, lo que está en juego no es el pasado: es el futuro.

La oscuridad no irrumpe de golpe

 Se instala de a poco, en silencio, mientras dejamos de mirar, de sentir y de recordar. Se filtra en los discursos que relativizan, en las palabras que empiezan a justificar lo injustificable, en los gestos cotidianos que naturalizan la violencia. Avanza cuando la memoria se vuelve incómoda y entonces se la discute, se la diluye o se la convierte en un relato más. Crece cuando la empatía se fragmenta, cuando algunas vidas duelen y otras no, cuando el horror deja de escandalizar porque se vuelve parte del paisaje.