El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl LX volvió a demostrar que no es solo entretenimiento. Esta vez, el centro de la escena no estuvo en el marcador ni en las jugadas, sino en el enfrentamiento abierto entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el artista puertorriqueño Bad Bunny, protagonista de un show histórico y profundamente incómodo para la Casa Blanca.
Como era de esperar, Trump —que ni siquiera estuvo presente en el estadio y siguió el partido desde una fiesta privada en Florida— descargó su furia contra el show de Bad Bunny con una violenta catarata de críticas en Truth Social, donde calificó la actuación como “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”, en un mensaje cargado de enojo que volvió a exhibir su rechazo frontal a todo aquello que desafíe su idea de identidad, cultura y poder.
A través de su red social Truth Social, Trump no ahorró calificativos y disparó sin filtros: “¡El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores de la historia!”. Para el mandatario, la actuación fue “repugnante”, “incomprensible” y especialmente inapropiada “para los niños pequeños que lo ven en todo Estados Unidos y en el resto del mundo”.
No fue un exabrupto aislado. Trump ya había cuestionado con dureza la elección de Bad Bunny como figura central del evento, a la que definió como “una horrible elección”. Tras el show, redobló la apuesta: aseguró que se trató de “una bofetada a la grandeza de Estados Unidos” y sostuvo que no representa “nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”.
Detrás de la furia presidencial aparece algo más profundo que una crítica artística. Bad Bunny no solo rompió récords de audiencia: marcó un hito al convertirse en el primer artista en protagonizar el show de medio tiempo del Super Bowl con un repertorio íntegramente en español, un gesto cultural potente en un país atravesado por el debate migratorio y la identidad latina.
Su show, íntegramente en español, fue una celebración vibrante de la diversidad musical latina, con un recorrido que fusionó reggaetón, salsa y trap, y contó con la participación de figuras internacionales como Lady Gaga y Ricky Martin, además de cameos de Pedro Pascal, Karol G, Cardi B y Jessica Alba. En uno de los momentos más potentes de la noche, Bad Bunny resignificó el “God Bless America” al incluir a todo el continente: “Dios bendiga América, ya sea Chile, Argentina”, expresó, mientras enumeraba a más de 20 países de América del Norte y del Sur.
El propio cantante fue explícito en sus posiciones políticas. Crítico de la política migratoria de la administración Trump, el año pasado decidió no llevar su gira Debí Tirar Más Fotos World Tour a Estados Unidos para evitar posibles redadas. Y durante los premios Grammy 2026 lanzó un mensaje directo y sin eufemismos: “No somos salvajes, no somos animales, somos humanos y somos americanos”, seguido de un contundente “fuera ICE”.
Lo que dijo Trump tiempo atrás
Ese posicionamiento encendió alarmas en sectores conservadores y parece haber alimentado el rechazo presidencial. En octubre de 2025, Trump ya había minimizado al artista: “Nunca he oído hablar de él. No sé quién es. No sé por qué lo hacen. Es una locura”, dijo entonces en una entrevista con Newsmax. Meses después, incluso llegó a plantear un boicot al Super Bowl por la inclusión de Bad Bunny y Green Day, ambos críticos de su gestión.
“Estoy en contra de ellos. Creo que es una decisión terrible. Lo único que hace es sembrar odio”, declaró al New York Post, sumando también cuestionamientos a la sede del evento en California.
Mientras Trump habla de decadencia cultural y afrenta nacional, millones de espectadores celebraron un show que, más allá del gusto musical, expuso un cambio de época: el escenario más visto del mundo convertido en plataforma de identidad, idioma y protesta. El miedo que dejó flotando la reacción presidencial no es solo al artista, sino a lo que representa: una cultura que ya no pide permiso para ocupar el centro.