Entre la memoria gaucha, la poesía popular y el rito colectivo de las carpas, la obra de Abel Mónico Saravia sigue explicando una parte esencial de la identidad cultural de Salta.
Abel Segundo Mónico Saravia nació en Salta el 24 de agosto de 1928 y falleció el 4 de febrero de 2008. Poeta, abogado y profundo conocedor del mundo rural, fue una de las voces que mejor supo traducir en palabras y canciones la vida del gaucho salteño, sus rituales, sus alegrías y también sus excesos.
Criado en una familia numerosa y atravesado desde niño por la experiencia del campo, pasó su infancia en los puestos de la estancia Gualiama, en la zona de Rosario de la Frontera. Allí aprendió a montar, a pialar, a leer el monte y a escuchar. Esa capacidad de observación —más tarde convertida en poesía— sería una de las marcas centrales de su obra.
Estudió en colegios salesianos y luego se trasladó a La Plata, donde inició Ingeniería Mecánica antes de inclinarse por la Abogacía. Alternó los estudios con guitarras, peñas y reuniones de salteños y jujeños, un combo que demoró su título pero consolidó su vocación artística. De regreso en Salta ejerció como abogado, aunque su verdadero legado quedó en la poesía y la música folklórica.
Desde joven escribió zambas, chacareras, gatos, guaranias y polcas. Su producción fue tan vasta que aún hoy aparecen poemas inéditos entre papeles olvidados, escritos hasta poco antes de su muerte. Entre sus obras más recordadas está La Cerrillana, una zamba que ya forma parte del cancionero afectivo de la provincia.

Las carpas salteñas: carnaval, desorden y celebración
Para Mónico Saravia, no se puede entender el fenómeno de las carpas sin comprender el sentido profundo del carnaval. No como simple festejo, sino como un rito cíclico, ancestral, donde el orden social se suspende y la alegría se vuelve norma.
El carnaval —explicaba— representa una alteración del orden establecido, un tiempo donde las jerarquías se confunden, los roles se invierten y la vida celebra su propio exceso. En Salta, ese espíritu tomó una forma particular: las carpas.
En la ciudad, el carnaval se asoció históricamente a los corsos, herederos de tradiciones europeas. Pero en paralelo aparecieron las carpas, espacios populares donde se mezclaban el baile, las máscaras, el juego con agua, harina o pintura y la música hasta el amanecer.
En otros puntos de la provincia y del norte argentino, el carnaval se fusionó con ritos precolombinos ligados a la tierra y a las cosechas, donde el agua tenía un sentido purificador y simbólico, muy anterior a cualquier festejo urbano.
En las carpas convivían copleros, bagualeros, cantores con caja y conjuntos folklóricos, mientras corrían la chicha y la aloja. Ya a fines del siglo XIX, la Municipalidad autorizaba su instalación en zonas como el Campo de la Cruz. Eran famosas las carpas de Cerrillos, Campo Quijano, San Lorenzo, La Silleta y Rosario de Lerma.
Durante tres días, todo era fiesta. Collas con faldas multicolores se mezclaban con cajetillas del centro, caballos atados a los palenques, empanadas, papel picado y agua perfumada. Y, como momento culminante, llegaban las “pechadas”: jinetes que se enfrentaban en juegos peligrosos, entre risas, pintura y gritos, no siempre exentos de peleas, rebencazos y corridas policiales.
Pero incluso después del caos, la música volvía a sonar y el baile seguía, como si nada hubiera pasado. Así era el carnaval. Así lo contó Mónico Saravia.
La Cerrillana, una zamba que también es memoria
Ese mundo popular quedó condensado en versos que todavía hoy se cantan. En La Cerrillana, Abel Mónico Saravia dejó una postal íntima y colectiva a la vez:
“Cómo olvidarte, Cerrillos,
si por tu culpa tengo mujer.
Morena cerrillana,
con alma y vida te cantaré.
Todos los carnavales
para Cerrillos te llevaré.”
No es solo una canción. Es una declaración de pertenencia, una forma de decir que el carnaval, las carpas y la memoria popular siguen vivos mientras alguien los cante.
Y en eso, Abel Mónico Saravia todavía está presente.

