La miel producida en el departamento Metán volvió a destacarse en el ámbito internacional gracias al trabajo y la dedicación del apicultor Claudio Quiroga, quien obtuvo el sexto lugar en la categoría mieles ámbar oscuro en la Expo Maciá 2026, realizada en Entre Ríos. Con 29 años de trayectoria en la actividad, Quiroga continúa cosechando reconocimientos fruto de su esfuerzo constante. Sus colmenas, ubicadas en Paso del Durazno, el paraje El Tajamar en Metán y también en El Galpón, son el origen de mieles de excelente calidad que posicionan a la región como un referente en la producción apícola.

Desde sus comienzos con apenas cuatro colmenas hasta consolidarse como uno de los productores más destacados de la región, la historia de Claudio Quiroga es un ejemplo de esfuerzo, pasión y aprendizaje constante en la apicultura salteña. En diálogo con Gente de Salta, el productor repasó su participación en la Expo Maciá 2026, su trayectoria y el trabajo detrás de una miel de alta calidad.
Quiroga contó que su vínculo con el evento de Entre Ríos viene de larga data: “En 2003 participé y obtuve un cuarto lugar. Desde ahí siempre me interesó volver”, recordó. Impulsado por su familia, especialmente su esposa e hijo, volvió a presentarse este año: “Ellas son las que más me motivan a mandar muestras porque cada cosecha es distinta”.
Para el apicultor, la clave de la calidad está en varios factores: "La floración es el punto de partida fundamental, ya que define el sabor, el color y las propiedades del producto. A esto se suma la influencia del clima, que impacta directamente en la producción y en las características finales de cada cosecha. Sin embargo, el apicultor destacó que el trabajo y la responsabilidad en todo el proceso son determinantes, desde el manejo de las colmenas antes de la floración hasta el momento de la cosecha. “La zona y el trabajo que se realiza con responsabilidad es lo que nos da los resultados”, resumió, al señalar que incluso entre mieles de una misma provincia pueden existir grandes diferencias según estos factores.
En su caso, trabaja en zonas cercanas a ríos y fincas que tiene una amplia vegetación, lo que aporta características únicas a la miel. Durante todo el año, hay dos floraciones, que “son bien marcadas”, una en septiembre y octubre, y otra entre febrero y marzo.
“Hay una variedad tremenda de flores: chañar, mistol, eucalipto, citrus, quebracho, enredadera, dientes, león, sauce. Eso marca la diferencia”, detalló.
Actualmente, Quiroga maneja cerca de 400 colmenas, lo que implica una estructura de trabajo exigente. “Es un trabajo pesado, no cualquiera lo hace. Hay que bancarse el calor, las picaduras y el esfuerzo físico”, afirmó. Durante la cosecha, trabaja con un equipo de cinco personas que se encargan de todo el proceso, desde la recolección hasta la extracción.
El nombre de la miel “Rosalinda” tiene su origen en los comienzos mismos del emprendimiento, cuando el apicultor apenas contaba con cuatro colmenas y compartía sus días con un amigo con quien también iba al colegio. En esas reuniones cotidianas frente a su casa, surgió la idea de ponerle un nombre a la miel, buscando que fuera fácil de recordar, atractivo y que pudiera asociarse con el mundo de las abejas y las flores. Fue entonces cuando, inspirados en una novela de la actriz Thalía. Así nació “Rosalinda”, una nombre que se mantuvo intacto a lo largo de casi 30 años.
Un trabajo exigente: cómo es la cosecha de miel desde adentro
La cosecha de miel es un proceso complejo que requiere experiencia, coordinación y un equipo altamente preparado. Claudio Quiroga destacó que uno de los mayores desafíos de la apicultura es contar con personas capacitadas para este tipo de tareas: “Es gente muy especial para trabajar con la abeja”, explicó, al remarcar que no se trata de un trabajo cualquiera.
El proceso implica largas jornadas en condiciones exigentes, con altas temperaturas y el riesgo constante de picaduras. “Es un trabajo pesado, en medio del calor y con trajes. No es fácil”, señaló. Durante la cosecha, Quiroga trabaja junto a un equipo de cinco personas, donde cada uno cumple un rol específico: desde la extracción de los cuadros hasta la carga, el traslado y el proceso final de la miel.
“Yo soy el que va con la pinza y los demás chicos se encargan de golpear, cosechar, cargar, acomodar y extractar. Es todo un proceso”, detalló. La tarea requiere precisión y coordinación, ya que cualquier error puede afectar tanto la producción como la seguridad del equipo.

En ese sentido, la protección es fundamental. Los trabajadores utilizan equipamiento completo que cubre todo el cuerpo: trajes especiales, guantes y caretas. “La seguridad es lo máximo”, afirmó Quiroga. Gracias a la experiencia del equipo y al manejo adecuado, incluso lograron realizar cosechas sin incidentes: “En la última no le picó a ninguno, y eso es raro, porque siempre alguna picadura hay”.
Otro elemento clave en el proceso es el uso del humo, una herramienta esencial para trabajar con las abejas. “El humo es la base, sirve para tranquilizarlas”, explicó. Para generarlo, se utilizan materiales naturales como hojas de pino, pasto, viruta o cartón. La técnica también es importante: el humo debe ser abundante pero suave, sin calor excesivo, para no dañar a las colmenas ni alterar su comportamiento.
Así, entre técnica, experiencia y trabajo en equipo, la cosecha de miel se consolida como una tarea tan demandante como precisa, donde cada detalle influye directamente en la calidad final del producto.
Los comienzos
El camino no fue fácil. “Empecé cambiando una guitarra por cuatro colmenas”, contó entre risas. Durante años recorrió kilómetros en bicicleta para atenderlas, hasta que logró crecer de a poco.
Con 53 años y a punto de cumplir 54 el 2 de abril, Claudio Quiroga lleva casi toda una vida dedicada a la apicultura, una actividad que descubrió siendo muy joven y que terminó convirtiéndose en su verdadera pasión. Su historia no comenzó de manera tradicional en el campo, sino a partir de distintas influencias que lo fueron acercando al mundo de las abejas: un curso que realizó su padre en el INTA y el entusiasmo de familiares que ya trabajaban con colmenas.
“Me fueron contagiando la pasión”, recordó. El punto de partida fue tan particular como simbólico: cambió una guitarra por cuatro colmenas, y con eso dio sus primeros pasos. Desde entonces, todo fue esfuerzo. Recorría cinco kilómetros en bicicleta todos los días para atenderlas y hasta cargaba los cajones de miel de regreso, en un sacrificio que marcó sus inicios.
Con el tiempo, y a medida que su producción crecía, también lo hicieron sus herramientas: primero una moto, luego otra de mayor cilindrada, después un auto y finalmente una camioneta. El salto clave llegó en 2003, cuando tras obtener premios en concursos nacionales y del Mercosur, recibió un crédito que le permitió invertir y consolidar su actividad. “Fue un empujón grandísimo”, aseguró, al destacar que aún conserva parte de aquellas primeras máquinas y vehículos.

A partir de allí, su crecimiento fue sostenido: de cuatro colmenas pasó a 10, luego a 20 y así hasta construir el emprendimiento que hoy maneja, basado en el trabajo constante, la experiencia acumulada y una pasión que, lejos de apagarse, sigue siendo el motor principal de su historia
También atravesó momentos críticos: “En 2012 perdí casi todas mis colmenas por las lluvias. Me quedé sin nada, pero con el apoyo de mi familia volví a empezar”.
Uno de los momentos más difíciles de su trayectoria llegó en 2012, cuando estuvo al borde de perderlo todo. Las intensas lluvias afectaron gravemente su producción y provocaron una pérdida masiva de colmenas: “Perdí más de 400 entre distintos campos, prácticamente me quedé sin nada”, recordó.
El golpe fue duro, pero no definitivo. Con el apoyo de su familia, Quiroga logró recomponerse y volver a empezar, en un proceso que marcó un antes y un después en su forma de trabajar. A partir de esa experiencia, decidió avanzar hacia una mayor autonomía en la producción.
Hoy, su sistema es completamente integral: “Ahora hago todo el ciclo completo: cría de reinas, multiplicación de colmenas, todo”, explicó. Este cambio le permitió dejar atrás la dependencia de proveedores externos. “Antes era mucho más difícil porque había que comprar reinas o núcleos. Hoy todo eso lo produzco yo”, señaló.

La crisis, lejos de frenarlo, terminó consolidando un modelo de trabajo más sólido y autosuficiente, que hoy es una de las bases de su crecimiento.
Hoy, además de producir miel, se especializa en la cría de reinas y el desarrollo genético de las abejas. “Antes trabajábamos con la abeja criolla, que es más agresiva. Hoy buscamos una abeja más mansa y productiva”, explicó. Incluso, produce miles de reinas por año, lo que lo posiciona como referente técnico en la actividad.
Del laboratorio natural a la colmena: el delicado proceso de cría de reinas
El proceso de producción y mejora genética en la apicultura es tan preciso como delicado, y requiere conocimientos técnicos, experiencia y un seguimiento minucioso en cada etapa. Claudio Quiroga lo explica desde la práctica, con años de aprendizaje, prueba y error: “Muchos de los errores que se cometen hoy yo ya los cometí, por eso trato de transmitirlo como consejo”, señaló.

Uno de los puntos centrales es la selección de la abeja. Durante años trabajó con la abeja criolla, propia de la zona, que si bien es resistente desde el punto de vista sanitario, presenta dificultades: “Produce, pero no rinde, es defensiva y muy enjambradora”, explicó. Por eso, el objetivo fue mejorar genéticamente las colmenas: “Hoy tengo una abeja mucho más mansa y productiva”.
Ese salto fue posible también gracias al aprendizaje junto a otros productores y especialistas. Quiroga destacó la ayuda de un colega de La Pampa y el contacto con un apicultor de España, quien le enseñó —incluso a la distancia— una técnica clave: la transferencia de larvas con aguja china, una práctica que en su momento no era común en la región.
El procedimiento comienza con la selección de una “colmena madre”, elegida por sus mejores cualidades: producción, mansedumbre y sanidad. A partir de allí, cuando la reina inicia la postura de huevos, a los tres días se realiza la transferencia de una larva recién nacida, utilizando una herramienta muy fina —similar a una pequeña espátula— que permite manipularla con extremo cuidado.
Esa larva se coloca en una cúpula especial, donde será criada como futura reina. Luego se introduce en una colmena destinada exclusivamente a su desarrollo, donde las abejas obreras completan el proceso hasta formar la celda real. Todo está estrictamente controlado: “Hay que llevar un registro exacto de fechas, porque el nacimiento se da a los diez días y se mide prácticamente por hora”, detalló.
Antes de ese momento, el apicultor debe preparar un “núcleo”, es decir, una nueva colmena con abejas y crías, donde se introducirá la futura reina. Cuando nace, se integra a ese nuevo grupo y da origen a una colmena completamente nueva, cerrando así el ciclo.
El proceso, que combina técnica, precisión y conocimiento del comportamiento de las abejas, es una de las claves que le permitió a Quiroga crecer y consolidar su producción. “Hoy hago todo: crío reinas, multiplico colmenas. Es un sistema completo”, resumió, dando cuenta de un trabajo que, aunque invisible para muchos, es esencial para el desarrollo de la apicultura.

La apicultura, sin embargo, no está exenta de riesgos. Quiroga relató situaciones extremas: “He visto animales muertos y personas al borde de la muerte por ataques de abejas. Es un animal para respetar”, advirtió. Por eso, insiste en la importancia de la seguridad y el conocimiento en el manejo.
Para Claudio Quiroga, hablar de abejas es hablar del equilibrio mismo de la vida. Su importancia va mucho más allá de la producción de miel: son responsables de entre el 60% y el 70% de la polinización, un proceso clave sin el cual se perderían frutas, árboles, cultivos y hasta la base de la alimentación animal. “Sin abejas, el sistema empieza a caer”, resume. Pero además, su valor también crece en el campo de la salud, donde cada producto de la colmena —miel, polen, propóleo— revela nuevas propiedades y beneficios. Sin embargo, hay algo aún más profundo que lo impacta: la forma en que se organizan, trabajan y conviven. En cada colmena hay orden, cooperación y un propósito común. “Si nosotros copiáramos aunque sea un poco cómo viven las abejas, el mundo sería distinto”, reflexiona. Y en esa idea simple pero potente, deja una enseñanza que trasciende la apicultura: entender a la naturaleza no solo como recurso, sino también como ejemplo.
“Sin abejas no hay polinización, y sin polinización no hay alimentos. Es así de simple”, sostuvo. Según explicó, gran parte de la producción agrícola depende de su trabajo. Además, resaltó sus beneficios para la salud: “La miel, el propóleo, el polen… cada vez se descubren más propiedades”.
Con casi 30 años de experiencia, Quiroga no duda en definir su oficio como una vocación: “Es una pasión. Si uno copia la organización de las abejas, el mundo sería distinto”, reflexionó.
Su historia, marcada por el esfuerzo y el aprendizaje, es también un reflejo del potencial de las economías regionales y del valor de quienes trabajan en silencio, pero con impacto directo en la vida cotidiana.