En el día a día atravesamos innumerables situaciones en las que la comunicación falla: mensajes que no llegan, ideas mal interpretadas o emociones que no logran transmitirse. ¿Somos realmente conscientes de cómo hablamos? En ese escenario, la oratoria deja de ser una habilidad exclusiva de grandes oradores para convertirse en una herramienta clave de la vida cotidiana.
Lejos de limitarse a hablar en público frente a una audiencia, la oratoria se manifiesta en instancias mucho más frecuentes: una reunión de trabajo, una entrevista laboral, una presentación académica o incluso una conversación importante. En todos esos espacios, la forma en que nos expresamos no solo transmite información, sino también confianza, claridad e intención.
“Uno de los principales obstáculos es el miedo. No necesariamente el pánico escénico clásico, sino una suma de inseguridades: nervios, ansiedad, falta de confianza”, afirmó Setti.
Sin embargo, especialistas coinciden en que el desarrollo de una buena comunicación no depende de eliminar ese miedo, sino de aprender a gestionarlo y enfocarse en las propias capacidades.
En ese camino, hay aspectos concretos que pueden marcar la diferencia. El uso del tono de voz, las pausas y el ritmo no son detalles menores: influyen directamente en cómo se percibe el mensaje. Hablar con claridad, cuidar la dicción y manejar los tiempos ayuda a generar mayor impacto y credibilidad.

A esto se suma un punto central: la coherencia. No alcanza con “qué” se dice, sino también “cómo” se dice. “La elección de palabras, el lenguaje corporal y el estado emocional deben acompañar el mensaje. En definitiva, la comunicación efectiva no se mide por lo que uno intenta expresar, sino por lo que el otro realmente entiende”, dijo la licenciada.
La práctica aparece como otro factor determinante. La oratoria no es un talento innato reservado a unos pocos, sino una habilidad que se entrena. Hablar más, animarse a participar, preguntar y exponerse son pasos necesarios para ganar experiencia y mejorar progresivamente.
También resulta clave tener un propósito claro. Saber qué se quiere comunicar permite ordenar las ideas, estructurar el discurso y generar un impacto concreto en el interlocutor. Recursos como ejemplos, metáforas o storytelling pueden potenciar ese objetivo y hacer el mensaje más memorable.

En paralelo, la empatía y la interacción juegan un rol fundamental. Involucrar al otro, escuchar activamente y hacer preguntas relevantes no solo mejora la comunicación, sino que fortalece los vínculos y el entendimiento.
Finalmente, hay dos aspectos que suelen marcar el verdadero crecimiento: aceptar el error y fortalecer la autoconfianza. Equivocarse forma parte del proceso, y aprender a transitarlo sin frustración permite avanzar. En lugar de enfocarse en la exigencia, el desafío es apuntar a la mejora continua.
Para Setti, un mundo donde la comunicación es cada vez más determinante, desarrollar la oratoria no es un lujo, sino una necesidad. “Porque, en definitiva, hablar mejor no solo mejora lo que decimos: también transforma las oportunidades que somos capaces de generar”, concluyó.


