SociedadLa generación que espera

¿Independizarse en Salta deja de ser una meta y pasa a ser un privilegio? Todas las preguntas y todas las respuestas

En Salta, más del 63% de los jóvenes de 25 a 35 años sigue viviendo con sus padres: “Trabajo para ayudar en casa y cursar todo junto es imposible. Independizarme, por ahora, ni lo pienso”, explica Ana, 30 años.

Silvia Guzmán Coraita
por Silvia Guzmán Coraita 26 Enero de 2026
26 Enero de 2026
Una situación cotidiana de una madre conviviendo con dos de sus hijos (IA)
Una situación cotidiana de una madre conviviendo con dos de sus hijos (IA) .

En los últimos años, cumplir el sueño de la juventud—vivir solo, alquilar una vivienda propia y volar del nido familiar—se ha vuelto cada vez más difícil. Para muchos jóvenes, la meta no es solo la independencia, sino también la comodidad y la privacidad. Sin embargo, en la búsqueda de este equilibrio, no es raro que opten por compartir la vivienda con amigos cercanos, combinando así independencia y compañía.

La economía del país, marcada por la inestabilidad de hace muchos años, dificulta aún más alcanzar esta autonomía. Conseguir la vivienda propia, algo que generaciones anteriores podían lograr con relativa facilidad, hoy requiere sacrificios importantes. Muchos jóvenes deben trabajar en más de un empleo, retrasar la formación de una familia o reducir otros aspectos de su vida personal para poder acceder a un techo propio. La independencia deja de ser un derecho al alcance de todos y se convierte en un desafío que exige esfuerzo, planificación y, a veces, renuncia.

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En Salta, más del 63% de los jóvenes de 25 a 35 años sigue viviendo con sus padres (Imagen ilustrativa)

En 2025, según un informe de Fundación Tejido Urbano el 38,3% de las personas de entre 25 y 35 años no logró independizarse. Detrás de ese porcentaje hay 1,8 millones de jóvenes adultos que siguen viviendo en el hogar de origen. No porque no quieran irse, sino porque no pueden. Y aunque el número parece apenas peor que el de 2024, la estabilidad es engañosa: lo que no cambia es un problema que ya se volvió estructural.

La dificultad para acceder a un empleo estable sigue siendo la principal barrera. La desocupación entre quienes no se emanciparon duplica a la de quienes sí lo hicieron. Nace otro tema en cuestión y es que tener trabajo, hoy, no garantiza nada, pero no tenerlo directamente cancela cualquier proyecto de autonomía. Incluso cuando hay empleo, los ingresos no alcanzan: los jóvenes ganan, en promedio, un 10% menos que el conjunto de la población económicamente activa. Y los que logran independizarse lo hacen, muchas veces, desde la fragilidad: trabajos independientes, cuentapropismo, ingresos inestables, riesgo permanente.

 “Me independicé porque soy freelance y gano bien algunos meses, pero vivo con miedo”, admite Sofía, 34. “Si un mes baja el trabajo, sé que no llego”.

La informalidad tampoco ayuda. Y acá tenemos otro problema más y es que más de un tercio de los jóvenes trabaja sin derechos laborales plenos. ¿Cómo firmar un contrato de alquiler, planificar gastos o sostener servicios básicos en ese contexto? Solo para cubrir lo mínimo —alquiler y servicios— se necesitan cerca de $800.000 mensuales. Una cifra que vuelve abstracta cualquier idea de “vivir solo” para la mayoría.“Cuando hice las cuentas, entendí que no era un problema personal”, dice Federico, 27, quien se fue a vivir con Sofía, recientemente. “No era que yo administraba mal. Era que el número no cerraba”.

En este escenario, la casa familiar se transforma en refugio, pero también en frontera. Se posterga la salida, se estira la convivencia, se mezclan roles. Muchos jóvenes trabajan para sostener el hogar en el que viven, aun cuando eso implique demorar la finalización de estudios universitarios. Estudiar, paradójicamente, duplica las probabilidades de no emanciparse. No porque no sirva, sino porque el sistema obliga a elegir entre formarse o sobrevivir.

La situación se agrava cuando se mira el mapa. El problema no se distribuye de manera pareja. En el Norte Grande, la no emancipación alcanza niveles alarmantes. En Salta, más del 63% de los jóvenes de 25 a 35 años sigue viviendo con sus padres. En Santiago del Estero, la cifra es aún mayor. No se trata de elecciones culturales ni de comodidad: es un patrón de desigualdad territorial que se repite y se profundiza.

 “Trabajo desde los 22, nunca estuve desocupado, pero siempre en negro o por contrato”, dice Martín, 29 años. “¿Quién te alquila así? Nadie. Y si lo hacen, te piden un ingreso que no tenés”.

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La casa familiar se transforma en refugio, pero también en frontera (imagen ilustrativa con IA)

La casa familiar se transforma en refugio, pero también en frontera

Muchos jóvenes trabajan para sostener el hogar en el que viven, aun cuando eso implique demorar la finalización de estudios. “Estudio desde hace años, pero de a poco, explica Ana, 30. “Trabajo para ayudar en casa y cursar todo junto es imposible. Independizarme, por ahora, ni lo pienso”.

El mapa del país profundiza las desigualdades. En el Norte Grande, la no emancipación supera ampliamente el promedio nacional. En Salta, más del 63% de los jóvenes de 25 a 35 años sigue viviendo con sus padres. “Acá el problema no es solo el alquiler, es el trabajo”, señala Diego, 35. “Los sueldos son bajos y las oportunidades pocas. Irse solo no es un proyecto, es una fantasía”.

Independizarse dejó de ser un rito de paso para convertirse en un indicador social. Ya no habla solo de madurez o deseos personales, sino de acceso a derechos básicos: trabajo, vivienda, ingresos dignos. Cuando una generación entera no puede irse, no es que no quiera crecer. Es que el sistema no la deja avanzar.

La pregunta, entonces, no es por qué tantos jóvenes siguen en la casa de sus padres, sino qué modelo económico y habitacional estamos construyendo si independizarse se vuelve un privilegio y no una posibilidad real.

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