Informados de todo, conscientes de nada

El gran problema de nuestra época no es la falta de información. Es que estamos tan ocupados consumiéndola que hemos dejado de pensar qué hacer con ella.

Silvia Guzmán Coraita
por Silvia Guzmán Coraita 17 Junio de 2026
17 Junio de 2026
Informados de todo, conscientes de nada.
Informados de todo, conscientes de nada. (IA)

Vivimos en la era de la información. Nunca antes la humanidad tuvo acceso a tantos datos, imágenes, opiniones, estadísticas y noticias en tiempo real. Nunca antes supimos tanto sobre lo que ocurre en cada rincón del planeta. Y, sin embargo, nunca pareció tan difícil comprender qué está pasando realmente.

Durante siglos, la noticia cumplió una función noble. Informar era una herramienta para preservar hechos importantes, para que ciertos acontecimientos no cayeran en el olvido. La información permitía tomar decisiones, ejercer derechos y construir ciudadanía. Estar informado era una necesidad vinculada a la vida pública.

También cumplía una función social. Saber qué ocurría en el país o en la ciudad era parte de la conversación cotidiana. La noticia ayudaba a conectar personas, a generar debates en una mesa familiar, en un café o entre amigos. La información era un puente.

La revolución digital, las redes sociales y la globalización de la información transformaron radicalmente nuestra relación con las noticias. Ya no esperamos el diario de la mañana o el noticiero de la noche. Ahora vivimos dentro de un flujo permanente de información. Las noticias no terminan nunca. No hay pausa. No hay silencio. No hay tiempo para pensar.

El filósofo Byung-Chul Han advierte sobre este fenómeno en su libro "Infocracia". Según explica, hemos dejado atrás la sociedad disciplinaria que describía Michel Foucault, aquella donde los individuos eran controlados a través de instituciones que moldeaban cuerpos obedientes para la producción industrial. Hoy el control es más sofisticado. Ya no nos obligan a consumir información. Lo hacemos voluntariamente.

Según el ensayista surcoreano el sistema explota la libertad en lugar de suprimirla y controlando nuestra voluntad en el plano inconsciente: “Los medios de comunicación son como una Iglesia: el like es el amén. Compartir es la comunión. El consumo es la redención. El consumo y la identidad se aúnan. La propia identidad deviene en una mercancía”.

Byung-Chul Han, ganador del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025.
Byung-Chul Han, ganador del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025.

Creemos que somos libres porque elegimos qué leer, qué mirar y qué compartir. Sin embargo, estamos atrapados en una dinámica que nos exige producir opiniones constantemente. Comentamos, reaccionamos, compartimos, discutimos. Nos convertimos al mismo tiempo en consumidores y productores de información.

La pregunta entonces ya no es qué noticia estamos viendo. La verdadera pregunta es por qué sentimos la necesidad de estar informados minuto a minuto.

¿Qué buscamos realmente cuando actualizamos una pantalla cada pocos segundos?

Quizás no buscamos información. Quizás buscamos tranquilidad. La ilusión de que, si sabemos todo, podremos controlar algo. Tal vez buscamos pertenecer a una conversación colectiva para no quedar afuera. Tal vez buscamos sentir que participamos de la historia aunque sólo la observemos desde un teléfono.

La sobreinformación no está produciendo ciudadanos más reflexivos. Está produciendo individuos agotados. Saltamos de un escándalo a otro, de una tragedia a otra, de una polémica a otra. Todo es urgente y, precisamente por eso, nada permanece. Paradójicamente, cuanto más sabemos, más olvidamos.

Cada noticia desplaza a la anterior. Cada indignación tiene una fecha de vencimiento. Los temas desaparecen antes de ser comprendidos. La velocidad se convirtió en enemiga de la profundidad.

Por eso hoy abundan los programas que informan, pero escasean los espacios que interpretan. Sobran los datos y faltan las preguntas. Se multiplican los análisis de coyuntura, pero disminuyen las reflexiones sobre el sentido de lo que ocurre.

La noticia nos dice qué pasó.

La interpretación intenta responder por qué pasó.

Y la comprensión busca algo todavía más complejo: preguntarse qué significa para nosotros.

Quizás allí se encuentre uno de los grandes desafíos del periodismo del futuro. No competir por quién informa primero, sino por quién ayuda a comprender mejor. No sumar más ruido a un mundo saturado de estímulos, sino ofrecer contexto, perspectiva y pensamiento. Porque una sociedad no se vuelve más inteligente por recibir más información. Se vuelve más inteligente cuando aprende a distinguir lo importante de lo accesorio, lo verdadero de lo falso, lo urgente de lo trascendente.

Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos si estamos informados para entender el mundo o si simplemente consumimos información para no quedarnos solos frente al silencio.

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