SociedadUna historia de lucha y esperanza

Jesús Arancibia, el vendedor salteño que pelea todos los días contra la enfermedad sin perder la sonrisa

Tiene 46 años, vive en barrio Santa Ana I y hace siete años depende de diálisis para seguir viviendo. Aun así, sale a trabajar todos los días como vendedor ambulante para sostenerse solo mientras espera un trasplante de riñón.

Redacción  Gente de Salta
por Redacción Gente de Salta 12 Marzo de 2026
12 Marzo de 2026
Alfredo, vendedor ambulante
Alfredo, vendedor ambulante .

En las calles de la ciudad de Salta hay historias que muchas veces pasan desapercibidas. Entre el movimiento del centro, los comercios y la gente que va y viene, está  Jesús Alfredo Arancibia, un vendedor ambulante de 46 años que, con un bolso lleno de mercadería que lleva en su hombro y una sonrisa constante, recorre cuadras ofreciendo medias, artículos de limpieza o lo que deba vender según el cambio de temporada. Para muchos es simplemente “el vendedor de siempre”. Pero detrás de ese saludo amable hay una historia de lucha, enfermedad y una enorme voluntad de seguir adelante.

Jesús es trabajador independiente desde hace una década, hace siete que su vida cambió para siempre cuando le diagnosticaron insuficiencia renal crónica terminal, una enfermedad que obliga a que su sangre sea limpiada por una máquina tres veces por semana. Desde entonces depende de la diálisis para vivir.

“Estoy por cumplir siete años de diálisis. Mis riñones ya no funcionan. Son pequeños, como una pasa de uva”, explica a Gente de Salta con naturalidad, sin ocultar lo que atraviesa.

La única alternativa para mejorar su calidad de vida es un trasplante de riñón. Mientras espera esa posibilidad, Jesús organiza cada aspecto de su rutina alrededor de los tratamientos médicos: tres veces por semana pasa cuatro horas conectado a una máquina en el hospital Oñativia. Pero eso no lo detiene. Los días que no tiene diálisis trabaja desde la mañana hasta la tarde. Y los días en que sí tiene tratamiento, sale a vender antes de ir a diálisis, luego vuelve descansa un par de horas y si necesita vuelve a a salir a vender.

Su principal ingreso es una pensión mínima por discapacidad de alrededor de 300 mil pesos. Pero esa cifra no alcanza para cubrir gastos básicos. Por eso, cada jornada se convierte en una batalla silenciosa. “Yo no vivo de mis hijos, vivo de mí. Todos los días salgo a trabajar”, dice con orgullo.

Alfredo, vendedor ambulante
Jesús, vendedor ambulante

Jesús vive en barrio Santa Ana I, en su propia casa. Allí intenta llevar una vida lo más normal que se pueda, mientras espera el trasplante. Pero la vivienda necesita mejoras importantes para poder afrontar la recuperación si llega el órgano que espera. “Estoy por pedir ayuda a la municipalidad o al IPV para que me hagan una habitación y un baño adecuados. Cuando estás en lista de espera para un trasplante necesitás un ambiente especial. Donde yo vivo tengo un pozo ciego y eso me complica mucho”, explica.

En el hospital Hospital Oñativia, donde realiza sus sesiones de diálisis tres veces por semana, Jesús reconoce el acompañamiento del personal médico. “Me atienden espectacularmente. Nos dan la medicación y nos cuidan mucho”, dice con gratitud. Sin embargo, el tratamiento también tiene una cara difícil. Con el paso de los años fue viendo cómo algunos compañeros de sala dejaban de asistir. “Uno llega y ve el sillón vacío y eso te apena”, relata. En ese espacio compartido, donde durante horas las máquinas reemplazan el trabajo de los riñones, también se tejen historias de lucha y despedidas. “He visto compañeros que se fueron por otras enfermedades o porque psicológicamente no pudieron más”, cuenta.

La pandemia fue uno de los momentos más duros. Mientras el mundo atravesaba el miedo al virus, dentro del hospital la situación también era tensa. Jesús recuerda escenas que todavía lo conmueven: “Pasé todo ese proceso. Vi cómo se llevaban a algunos compañeros en bolsas. Es muy fuerte vivir algo así”. Aun así, cada semana vuelve a ocupar su lugar frente a la máquina, con la misma convicción de seguir adelante.

La decisión de enfrentar la enfermedad con actitud

Para Jesús, salir a trabajar no es solo una forma de ganarse la vida: es también una manera de sostenerse emocionalmente. “El trabajo me mantiene fuerte, psicológicamente bien. Me gusta hablar con la gente. Mientras pueda caminar, voy a seguir”, dice mientras recuerda todo lo que le tocó atravesar. 

-En el brazo se te nota una marca muy particular. ¿Se debe al mismo procedimiento para poder colocar una fístula?

-Esto que se ves, es una callosidad, se llama aneurisma. Es parte de la fístula, que es el acceso vascular por donde me hacen la diálisis (la fístula arteriovenosa es una conexión directa entre una arteria y una vena, generalmente en el brazo que deja marcas). Acá es donde me pinchan para sacar la sangre. La sangre entra a la máquina, la máquina la limpia y después vuelve al cuerpo. En realidad, esa máquina hace el trabajo que ya no pueden hacer mis riñones. Limpia las toxinas y el exceso de líquidos que mi cuerpo ya no elimina. Una persona con riñones sanos orina normalmente y así elimina todo eso. Yo ya no. Por eso todo lo que como o tomo influye mucho en mi salud. Si no me cuido, las toxinas se acumulan en el cuerpo y también los líquidos, y eso provoca hinchazón, sobre todo en los pies. Por eso tengo que ir sí o sí a diálisis tres veces por semana, para que la máquina haga esa limpieza que mi organismo ya no puede hacer por sí solo.

Su historia también está marcada por una pérdida profunda: en 2015 murió su hija de 15 años, tras sufrir convulsiones y paros respiratorios, un golpe que dejó una huella imborrable en su familia. Hoy es padre de tres hijos adultos —Eduardo, Ariel y Alejandro— que trabajan y hacen su propia vida. “Ellos son independientes también, y yo trato de arreglármelas solo”, afirma.

Separado desde hace diez años de la mamá de sus hijos, mantiene con ella una relación cordial. La enfermedad, sin embargo, le cambió muchas cosas: debe seguir una dieta estricta, aunque muchas veces los alimentos que necesita son caros. “Busco lo más sano que puedo”, cuenta. Por eso caminar la ciudad también forma parte de su tratamiento: dice que moverse lo ayuda a eliminar líquidos que su cuerpo ya no procesa. Así recorre el centro salteño, entrando a estudios jurídicos, comercios, oficinas o golpeando puertas en los barrios, lugares donde muchos ya lo conocen por su educación y su trato respetuoso. Hay jornadas en las que vende poco o nada, pero no se rinde. 

El precio de la mercadería que vende es accesible, pensado para que la gente pueda comprar algo al paso. “Las medias las vendo a tres mil pesos los tres pares, y las más largas a cinco mil. Los repasadores están a mil pesos cada uno y los bóxer a cuatro mil quinientos”, cuenta. En su bolsa también lleva otros artículos de uso cotidiano, como bolsas de consorcio, trapos de piso y distintos productos de limpieza que ofrece mientras recorre las calles del centro.

“Si llevo algo para comer, ya es suficiente”, asegura. 

Ahora enfrenta otro desafío: el 1 de abril deberá someterse a una cirugía por una hernia, y mientras tanto sigue trabajando para juntar dinero y poder descansar durante la recuperación. En medio de todo, encuentra fuerza en su familia: es el menor de siete hermanos y, desde que se enfermó, dice haber sentido más que nunca su apoyo. Cuando habla del futuro lo hace con realismo, pero también con fe. Sabe que un trasplante no significará una cura definitiva, aunque sí la posibilidad de dejar la diálisis y mejorar su calidad de vida. Hasta que ese día llegue, Alfredo seguirá haciendo lo que mejor sabe: caminar, trabajar y conversar con la gente. “A mí el encierro me mata. Prefiero salir, trabajar o dar una vuelta por la plaza”.

Vendedores ambulantes
“A mí el encierro me mata. Prefiero salir, trabajar o dar una vuelta por la plaza”.

-Pasás muchas horas en la calle trabajando y recorriendo distintos lugares de la ciudad. ¿Cómo es ese trato con la gente? ¿La calle suele ser dura o también encontrás gestos de solidaridad y buena onda en el día a día?

-Sí, es amigable. Porque siempre yo he tratado a las personas con educación y respeto. Eso es lo importante. Y la humildad. Uno siempre con educación y respeto puede llegar a cualquier parte. No importa la clase social que uno tenga. Yo siempre me caracterizo así. Y la gente me conoce por eso.

Y así, con su bolso de mercadería, pies hinchados y saludos que se repiten en cada esquina, Jesús Alfredo Arancibia sigue caminando las calles de Salta como lo hace desde hace años. La vida le dio golpes duros: la enfermedad, la pérdida de una hija, las horas interminables de diálisis, la incertidumbre de un trasplante que todavía no llega. Pero también le dejó algo que él decidió no perder: las ganas de seguir adelante

En medio de esas batallas silenciosas que muchas personas libran todos los días, su historia recuerda que el destino puede cambiar de un momento a otro y que nadie está a salvo de los “cachetazos” de la vida. Aun así, Jesús elige levantarse cada mañana y salir a pelearla con dignidad. “Yo vivo el día a día. No pienso en mañana. Mientras pueda caminar y saludar a la gente, voy a seguir peleándola”, dice. Y en esas palabras simples, dichas sin dramatismo, se esconde una de las lecciones más profundas: que incluso cuando todo parece cuesta arriba, siempre hay una forma de seguir caminando.

Quienes deseen colaborar con Jesús para ayudarlo a atravesar este momento y afrontar sus gastos pueden hacerlo a través de una transferencia al alias jesus.886, a nombre de Jesús Alfredo Arancibia. Cualquier aporte, por pequeño que sea, puede significar una ayuda importante en su día a día

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