La cámara se enciende y del otro lado mamá corta las verduras para la ensalada. La nena pasa corriendo en malla enteriza hacia la puerta del patio, directo a la pileta, donde su hermano mayor flota con antiparras mientras canta: “Febo asoma, punto y coma, los zapatos de mi abuelo son de goma”. La cámara nunca deja de seguirlos, moviéndose todo el tiempo con la definición de una papa.
Los que hoy somos adultos tenemos pilas de cassettes que registran momentos mundanos: tardes en el patio, cumpleaños mal iluminados, vacaciones en la costa. También algunos VHS y DVDs que colegios y academias extracurriculares se encargaban de producir. Porque llevar la cámara, enfocar y lograr que se escuchara algo decente era una pequeña odisea técnica.

Hoy la escena es distinta. Recitales, actos escolares y espectáculos internacionales están minados de celulares en alto. Un bosque de pantallas que muchas veces impide que la fila de atrás pueda siquiera ver lo que la audiencia tiene adelante… o filmarlo.
Pero la diferencia más extraordinaria aparece después, cuando todo ya fue grabado. Mamá y papá dedicaban tardes enteras a sentarse con el mate y mirar esos videos que habían tenido el privilegio de registrar —porque grabar era excepcional. Hoy, en cambio, grabar se volvió un acto automático que produce archivos infinitos que casi nunca se vuelven a ver. En otras palabras, el momento de gloria del video es cuando se está filmando; después se pierde en un océano de otros registros que tampoco serán revisitados.
En algún momento dejamos de registrar los momentos para recordarlos y pasamos a grabarlos para demostrar que estuvimos ahí. Y sí, en muchos casos tiene que ver con la necesidad —de los más chicos y de los no tan chicos— de mostrar estatus y aumentar el valor percibido frente a una audiencia que, siendo honestos, probablemente no lo valga tanto.
Pero no todo es pose. Hoy quiero hablar de otro fenómeno que afecta a muchos: el miedo a perder el recuerdo. El problema es que, cuando nos dedicamos a guardarlo, dejamos de vivirlo, aunque esté pasando ahí mismo, a centímetros, y podamos verlo en 8K con solo bajar las manos.

Un estudio de la psicóloga Linda A. Henkel, publicado como The Photo-Taking Impairment Effect, mostró que las personas que fotografían objetos en un museo recuerdan menos detalles que quienes simplemente los observan. Cuando confiamos en que la cámara guardará el momento, el cerebro tiende a relajarse: delega la tarea de recordar.
Por miedo a olvidar hasta lo más mínimo, terminamos perdiéndonos la oportunidad de conectar con el ahora. Con el hijo vestido de gaucho, con el bigote pintado con corcho quemado, que desde el escenario busca desesperado la sonrisa de mamá y papá.
Nos acostumbramos tanto a entender cómo funciona un disco duro que empezamos a esperar lo mismo de la memoria: guardar todo, acumular registros, tener siempre una copia por si acaso.
Pero la cantidad brutal de archivos termina por abrumarnos: videos, capturas de pantalla, comprobantes de transferencia, imágenes que llegan por WhatsApp. Un océano de cosas guardadas que rara vez volvemos a ver. Y entonces pasa algo curioso: terminamos no viendo absolutamente nada porque hay demasiados registros. Porque la mente no es un disco duro. No se activa con un scroll.
Algo parecido advertía hace décadas la ensayista Susan Sontag en On Photography: cada vez que fotografiamos algo, de algún modo lo transformamos en un objeto que podemos acumular. La cámara convierte la experiencia en archivo. El celular simplemente llevó esa lógica al extremo.

Además, compartir esas grabaciones en familia ya no es lo mismo. No hay tardes frente al televisor viendo los videos de las vacaciones. El teléfono se pasa de mano en mano como si fuera una bomba, unos segundos cada uno, y la experiencia es otra. Casi diría que ya ni vale la pena.
No grabes. Robbie Williams viene una vez cada diez años y la cuenta oficial va a subir el recital completo. Mirá a la nena bailar una canción de María Elena Walsh. Pasaste días preparando el disfraz y la ilusión: merecés verlo en alta definición. Vas a recordar lo importante, te lo prometo. Y si no, siempre habrá otros veinte padres grabando.
Registrar el presente es hermoso. A todos nos gustaría guardarlo perfecto, como una reserva de luz para cuando el futuro se ponga oscuro. Pero lo que realmente queda no vive en la nube ni en el carrete del teléfono. Vive en la memoria, que se activa con mucho menos: un olor, una canción, un abrazo o el recuerdo repentino de una sonrisa.
El recuerdo empieza cuando bajamos el celular.