Empezó con una pregunta simple: ¿por qué algunas plantas se marchitan enseguida y otras no? De ahí derivaron cuatro décadas de investigación, semillas que ya se venden en Brasil y despiertan interés en Estados Unidos y Australia, y ahora un premio internacional que la ubica entre las cinco mejores científicas del mundo.

Raquel Lía Chan, investigadora del CONICET y directora del Instituto de Agrobiotecnología del Litoral, en Santa Fe, desarrolló junto a su equipo semillas transgénicas de trigo y soja modificadas a partir de un gen de girasol. Ese gen activa en las plantas un mecanismo de respuesta al estrés hídrico, volviéndolas más tolerantes a la escasez de agua. El Premio Internacional L’Oréal-UNESCO reconoció el hallazgo por transformar “los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola”. El galardón está dotado con 100.000 euros.

A finales de 2021, cuando la Agencia de Bioseguridad de Brasil aprobó la venta de harina de trigo transgénico HB4 el nombre con el que se conoce la modificación genética que Chan descubrió, el teléfono de la investigadora no dejó de sonar durante días. Las semillas nacidas en un laboratorio a 450 kilómetros al noroeste de Buenos Aires comenzaban a ganar terreno en los mercados sudamericanos.
El premio vuelve a ponerla bajo los focos en un momento políticamente incómodo. Chan no elude el contexto: los recortes presupuestarios del gobierno de Javier Milei al sistema científico, afirma. Entre 2012 y 2016, cuando ella misma dirigió el CONICET, la inversión en ciencia representaba el 0,3% del PBI un porcentaje que ya consideraba insuficiente. Hoy ronda el 0,15%. La caída de becas y financiamiento de proyectos en curso aceleró una fuga de cerebros que no se detiene.
“Para dejar de ser un país pobre hay que hacer ciencia”, dice, categórica. Y agrega autocrítica: los investigadores deberían comunicar mejor su trabajo y su valor para el desarrollo del país.
Chan también sale a dar batalla en otro frente: el de la percepción pública de los transgénicos. “Se los asocia con una mala palabra”, reconoce, pero atribuye ese rechazo al desconocimiento antes que a evidencias científicas que demuestren daño. Para ilustrarlo, apela a un ejemplo que pocas veces aparece en este debate: “El primer transgénico fue la insulina”. La hormona que hoy usan millones de diabéticos para regular la glucosa se produce a partir de un organismo genéticamente modificado, una alternativa que reemplazó la extracción del páncreas del cerdo. Chan confía en que, más pronto que tarde, los mismos recelos que hoy rodean a los cereales modificados terminarán por disolverse.
Porteña de nacimiento, santafesina por elección, Chan estudió Química en Israel, hizo el doctorado en Rosario y el posdoctorado en Francia antes de instalarse en Santa Fe cuando la Universidad Nacional del Litoral creó la carrera de Biotecnología en los años noventa. Se define a sí misma y a su equipo no como genios, sino como personas apasionadas, resilientes y trabajadoras. “Es un reconocimiento a todo el equipo”, repite cada vez que alguien le pregunta por el galardón.