Sauzal Bonito, una pequeña localidad rural de Neuquén a orillas del río Neuquén, se convirtió en los últimos diez años en uno de los símbolos más incómodos del desarrollo energético argentino. Mientras Vaca Muerta sostiene más de la mitad del gas y el petróleo que consume el país y aparece como una tabla de salvación para una economía crónicamente falta de dólares, este pueblo comenzó a temblar literalmente.
Desde el inicio de la explotación no convencional mediante fracking en yacimientos cercanos como Fortín de Piedra, los vecinos registran cientos de sismos, muchos de ellos perceptibles, que dejaron viviendas agrietadas, algunas inhabitables, y una comunidad atravesada por el miedo y la desconfianza.

“Mi casa me la partieron”, resume Carlos Pérez, vecino histórico y ex trabajador petrolero, que invirtió toda una vida en su vivienda. Como él, otros habitantes relatan escenas similares: camas que se mueven de madrugada, paredes que se abren, botellas que caen, niños aterrados. Según especialistas de la Universidad del Comahue, en la zona se registraron más de 500 movimientos sísmicos en una región sin antecedentes históricos, un fenómeno conocido como sismicidad inducida.
La industria y el gobierno neuquino reconocen impactos, pero relativizan las causas. Argumentan que Neuquén es una zona sísmica natural, que influyen las represas y que faltan redes de monitoreo para establecer responsabilidades concluyentes. Las empresas petroleras, en tanto, evitaron responder públicamente sobre el caso.

Mientras tanto, el Estado provincial optó por soluciones parciales: desde 2024 se entregaron algunas viviendas nuevas, calificadas como antisísmicas, a familias cuyos hogares quedaron en riesgo. Sin embargo, muchos vecinos denuncian criterios discrecionales, falta de asistencia a quienes denunciaron el problema y una fractura social dentro del propio pueblo.
El conflicto expone una tensión estructural del modelo energético argentino: un consenso político casi absoluto a favor del fracking, sostenido por gobiernos de distinto signo desde 2013, frente a comunidades locales que pagan los costos ambientales y sociales del desarrollo. En Sauzal Bonito, ese costo se mide en grietas, mudanzas forzadas, pérdida de calidad de vida y una sensación persistente de abandono.

“Acá el mensaje es que nos vayamos y nos callemos”, dicen los vecinos. Vaca Muerta avanza, pero no todos viajan en el mismo vagón del progreso.

