Un informe elaborado por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires encendió una señal de alarma sobre la salud mental en el país: el 6,5% de la población argentina enfrenta riesgo de desarrollar un trastorno mental, en un contexto atravesado por dificultades de acceso al tratamiento, problemas de sueño y el uso intensivo de tecnologías digitales.
El relevamiento, basado en 2.213 encuestas a nivel nacional, ofrece una radiografía detallada del estado psicosocial de cara a 2026. Los investigadores analizaron variables como ansiedad, depresión, riesgo suicida, hábitos cotidianos y uso de redes sociales e inteligencia artificial, con una conclusión central: la juventud y la percepción de bajo nivel socioeconómico son los principales factores de vulnerabilidad.
El grupo de entre 18 y 29 años presenta los niveles más altos de ansiedad, depresión y riesgo suicida, superando ampliamente a los mayores de 60 años. Esta tendencia también se repite entre quienes se identifican como parte de sectores sociales más bajos. “A menor nivel socioeconómico y menor edad, mayor ansiedad y depresión”, sintetiza el informe.
Aunque el malestar psicológico no es un fenómeno nuevo, el estudio advierte que los niveles actuales se acercan a los registrados durante los primeros meses de la pandemia de COVID-19, lo que sugiere un retroceso en la recuperación del bienestar emocional tras ese período crítico.
Uno de los puntos más preocupantes es el acceso a la salud mental. Solo el 29,15% de los encuestados se encuentra en tratamiento psicológico, mientras que entre quienes no lo están, el 50,05% considera que lo necesita pero no puede acceder. La principal barrera es económica: el 43,44% señala que no puede pagar la atención. A esto se suman problemas de horarios, falta de cobertura y escasez de opciones gratuitas.
El informe también pone el foco en el impacto de la tecnología. El 97,19% de los participantes utiliza redes sociales y un 58,98% herramientas de inteligencia artificial. Si bien la mayoría prefiere el contacto humano para recibir ayuda, un 7,37% optaría por la IA antes que por un profesional. Este grupo presenta niveles más altos de sufrimiento psicológico en todas las escalas evaluadas.
En términos generales, el uso frecuente de inteligencia artificial aparece asociado a mayores niveles de ansiedad y malestar emocional, aunque no se registran diferencias significativas en depresión respecto a quienes no la utilizan.
El estudio también destaca el rol de los hábitos saludables. El 60,85% de los encuestados realiza actividad física, lo que funciona como un factor protector frente al malestar psicológico. En cambio, quienes no practican ejercicio muestran niveles más elevados de ansiedad y depresión.
Frente a los problemas emocionales, además de la consulta profesional, aparecen otras estrategias como el uso de medicación para dormir o reducir la ansiedad, incluso sin receta, y la práctica religiosa.
Finalmente, los autores subrayan la necesidad urgente de implementar políticas públicas activas en salud mental, orientadas tanto a la prevención como a la ampliación del acceso a tratamientos. También advierten que la digitalización plantea un escenario ambivalente: si bien puede profundizar ciertos malestares, también ofrece herramientas para desarrollar nuevas formas de asistencia y contención psicológica.