En el barrio Primera Junta en Salta hay chicos que pasan hambre, familias que parecen olvidadas, pero que no pierden la ilusión y Cristina Mamani no es indiferente a esta realidad, la vive a diario, la siente en la piel y en el alma y por ello no se queda de brazos cruzados. Pero, ¿cómo se puede ayudar siendo tan humilde como ella?.
Sin ayuda de ninguna institución, pero sí de algunas mamás abrió hace 20 años, el comedor “Por una sonrisa”, igual a esa sonrisa con la que nos abre las puertas del lugar para contarnos cómo subsisten. Comenzaron en inmediaciones del vertedero, en medio de la basura, y con el tiempo y el traslado se fueron transformando en un oasis al dolor.
Un trabajo a pulmón para alimentar a quienes más lo necesitan
No solo recibe donaciones de la gente que ya conoce su historia, no es la primera vez que la cuenta a algún medio, pero esta vez con Gente de Salta, Cristina abre su corazón para contarnos por qué decidió ayudar al más necesitado, qué siente cuando no tiene nada y qué ilusiones guarda todavía en su corazón.

A pocos kilómetros del centro salteño, bajo el mismo cielo, a unos 20 minutos en auto desde la Catedral de Salta, Cristina vende productos en la feria de Solidaridad en la zona sudeste de la Capital, tres veces a la semana, para poder comprar insumos para el comedor. Su objetivo es claro: garantizar que nadie se quede sin comer. “Alimentamos abuelos, niños, gente con discapacidad, embarazadas, todo aquel que necesita un plato de comida”.
Actualmente, el comedor recibe decenas de personas por día, un número que refleja la creciente necesidad que existe en ese y otros barrios de la periferia. Sin embargo, Cristina no solo busca alimentar, sino también brindar un espacio de contención. “Quiero darles una sonrisa a las personas, esto es más que un comedor”, afirmó.
Con los años, la historia de esta mujer que recogía junto a otras vecinas diferentes objetos del Vertedero San Javier para luego restaurarlos y venderlos, se hizo tan popular que la empresa a cargo de la planta cerró en forma definitiva el ingreso y ya no pudieron recuperar ningún otro elemento.
Como una gran luchadora de la vida Cristina no baja los brazos y sigue instalándose cada lunes, miércoles y viernes en la feria de barrio Solidaridad, en una extensa jornada que va desde las 8 de la mañana y hasta las 21, allí llega para vender todo lo que la gente le puede donar, con el objetivo de lograr unos cuantos pesos que al día siguiente le permitan preparar otra vez un plato caliente a su gente.

Es martes por la mañana y llegamos al comedor “Por una sonrisa”, Cristina se alegra al vernos y nos abre gentilmente su casa, el olor a comida casera era exquisito, como esas recetas de mamá o la abuela, con las que inmediatamente uno se remonta a la niñez, donde la única preocupación que existía era seguir jugando.
Contrario a eso, todos afuera de la de Cristina esperan ansiosos la hora del almuerzo, y no faltan uno o dos que tocan la puerta de casa para asegurarse que están cocinando. Niños, mujeres con cochecitos, jóvenes y abuelos, no hay una edad específica, ya que, en una realidad económica tan difícil, todos llegan con una misma necesidad: saciar el hambre.
Generosamente, Cristina les prepara un “plato fuerte” de comida, en esta ocasión guiso y siempre que puede, sopa también, “aunque sea de verduras”, explica, y dice que lo importante es que la gente se lleve algo “calentito en sus estómagos”.

Todos se acercan con sus recipientes a retirar la comida. Cristina ya los conoce, sabe cómo se conforma cada familia, habrá conversado infinidad de veces con cada uno, conoce sus historias como la palma de su mano.
Por cada familia se entregan de cinco porciones en adelante.
Y los observo en silencio, algunos con la cabeza baja como si la dignidad se fuera a perder en ese simple acto de recibir un plato de comida. No hay de qué avergonzarse, me repito por dentro como un grito silencioso que quisiera que escucharan.
El sueño detrás de la mujer generosa
De familia numerosa, en total fueron 14 hermanos, Cristina recuerda una infancia más que difícil, “mi mamá me mandó a trabajar a los 7 años de empleada doméstica y con mis hermanos comíamos en un comedor”. Desde ese entonces se propuso que cuando fuera grande tendría el suyo propio y así nació “Por una Sonrisa”, a metros del vertedero San Javier.
Hago una pausa en la historia del comedor, la miro a los ojos y con una pregunta sencilla toco uno de sus sentimientos más íntimos: ¿Cuál es el sueño de Cristina".
Con lágrimas corriendo por su rostro me dijo que nunca antes le habían preguntado por ella.

“Yo me olvidé de mí hace como 20 años, abandoné mi persona y si hablamos de cosas simples me gustaría poder ir a la peluquería, arreglarme las manos, pero son cosas que no puedo hacer porque antes están los chicos y no puedo gastar lo poquito que gano trabajando”, explica.
Insisto y le pido que me cuente cuál es su sueño.
“Poder subirme a un avión y viajar, si es con mi familia mejor, con eso sería muy feliz”, me dice segura.
Cristina afirma que otro de los grandes anhelos es tener en condiciones su casa, poder terminarla o ampliar la cocina que muchas veces le queda chica a la hora de cocinar a tantas personas.
“Soy un cielito escondido, son 20 años y espero que me den una mano para seguir ayudando, no es para mí, es para ellos, ellos son el futuro nuestro”, expresó Cristina tratando de mostrar cómo se siente emocionalmente luego de tantos años de ayudar al prójimo. En su mirada también se nota cierta desesperanza por tantos políticos que alguna vez visitaron su comedor, se “sacaron la foto y nunca más aparecieron”, relata a Gente de Salta.
También recuerda las incontables noches sin dormir, esas en donde la angustia o la desesperación invaden ante la incertidumbre de que, al otro día falte el alimento, ante esto le pregunto, ¿Cuántas porciones prepara por día?, “no llevo la cuenta, lo que hago es bendecir la olla cada mañana y que Dios provea y te puedo asegurar que así no falta la comida”, describe con fe inquebrantable.

La Navidad, el evento más esperado del año
Evento aparte y uno de los más esperados del año, tanto por Cristina como para los que asisten, es la Navidad.
Mientras el común de la gente se preocupa por cómo estará el tiempo, dónde preparar la mesa, afuera o adentro de casa, en Primera Junta se vive una verdadera fiesta de solidaridad.
Desde temprano, un grupo de hombres y mujeres, con Cristina al mando, prepara el 24 de diciembre, lo que será la cena de Nochebuena.
Todo es entusiasmo, Cristina corre por cuanta donación le puedan hacer, mientras el grupo se encarga de organizar, cocinar y tener todo listo para que las puertas del comedor se abran para recibir a sus invitados de honor.
Cuando por fin todos reciben su ración y retiran su regalo del árbol de Navidad, recién Cristina siente “alivio y respira” porque un año más pudo cumplir con la ilusión de sus chicos, “ellos son mi debilidad”.
Sin embargo, reconoce que no faltan esos días “grises” donde llora en soledad, cuando nadie la ve, donde libera de las angustias, el dolor, el cansancio y las frustraciones, luego se mira al espejo y se habla. No se vence, sigue adelante.

Cómo ayudar a “Por Una Sonrisa”
A Cristina no le gusta pedir por qué siente que “molesta” pero aclara que todo lo que llega a su comedor lo recibe con los brazos abiertos porque la necesidad es grande y los chicos saben la hora exacta en que ella tiene lista la comida. También aprovecha la ocasión para invitar a toda la comunidad a conocer la realidad del merendero y colaborar con alimentos y artículos de limpieza.
“Si quieren sumar con mercadería, sal, aceite, leche, grasa, artículos de limpieza, todo lo que la gente pueda dar será bien recibido”, indicó.


